POLÍTICA EXPRÉS | * Sheinbaum, entre la presión de Trump y la sombra de AMLO. – El escándalo que vincula a Adán Augusto López con exfuncionarios acusados de nexos criminales estalla en el peor momento.

POLÍTICA EXPRÉS | * Sheinbaum, entre la presión de Trump y la sombra de AMLO. – El escándalo que vincula a Adán Augusto López con exfuncionarios acusados de nexos criminales estalla en el peor momento.

Mientras Trump presiona a México por seguridad, la presidenta Sheinbaum enfrenta su primera gran prueba: decidir si el combate al narco incluye a miembros prominentes de su propio partido.

El New York Times ha revelado una verdad incómoda: el entorno inmediato de Adán Augusto —exgobernador, exsecretario de Gobernación, y actual senador— está implicado en tramas criminales. Aunque aún no se le acusa formalmente, las investigaciones lo acercan peligrosamente al corazón de una red de corrupción que se incubó bajo el cobijo de Morena.

La reacción del gobierno ha sido evasiva. Sheinbaum refuerza operativos contra el Cártel de Sinaloa y presume resultados en la baja de homicidios, pero calla ante los vínculos de su aliado político. Es un silencio que erosiona su legitimidad, y que sugiere que el combate al crimen tiene límites políticos.

Trump, hábil para capitalizar crisis ajenas, ya aprovechó el caso. Ha presionado a México para permitir el despliegue de tropas estadounidenses y amenazado con aranceles si no hay resultados concretos. Su narrativa de “México protector del narco” es peligrosa, pero gana terreno. Y el gobierno mexicano ha quedado a la defensiva.

En este escenario, la negativa de Sheinbaum a investigar a fondo a Adán Augusto no solo es una omisión ética, es una debilidad estratégica. El silencio protege a figuras del viejo obradorismo, pero no construye gobernabilidad ni independencia. México necesita una presidenta que se atreva a cortar con los lastres del pasado.

Romper con López Obrador no implica traicionarlo, sino asumir que su legado también tiene sombras. La defensa de personajes cuestionados, como Hernán Bermúdez o Adán Augusto, muestra el costo de no depurar el poder. La credibilidad internacional no se mantiene a base de lealtades personales, sino de actos de justicia.

Si Sheinbaum no marca distancia con los viejos pactos de impunidad, perderá la oportunidad de renovar el proyecto de la Cuarta Transformación. Su viabilidad como presidenta está en juego: o consolida una ruta propia, o se vuelve rehén de un entorno donde la corrupción se justifica por conveniencia política.

El caso Tabasco no es anecdótico. La protección institucional a Bermúdez durante años, a pesar de informes militares, revela una red de encubrimiento. Que hoy esté prófugo y con cuentas congeladas solo confirma que la justicia llegó tarde. Y que quienes lo nombraron deben rendir cuentas políticas y legales.

México está atrapado entre dos fuegos: la presión de Washington y la resistencia interna a castigar la corrupción. En ese dilema, Sheinbaum debe decidir si lidera con autonomía o se refugia en el guion que le dejó su antecesor. La historia no esperará. La opinión pública, menos.

Hoy más que nunca, el país necesita una presidenta con el valor de incomodar a su propio partido. No basta con bajar homicidios: se necesita romper pactos, investigar a los propios y recuperar credibilidad. La disyuntiva es precisa: continuidad o transformación real. Claudia Sheinbaum está en el umbral de esa decisión.

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