POLÍTICA EXPRES | * Morena intenta diluir mensaje de la Gen Z desviando la atención hacia un freelancer con pasado en el PAN

POLÍTICA EXPRES | * Morena intenta diluir mensaje de la Gen Z desviando la atención hacia un freelancer con pasado en el PAN

La revelación del contrato del joven freelancer Edson Andrade se ha convertido en la maniobra más reciente con la que el régimen intenta diluir el mensaje contundente que dejó la marcha de la Generación Z el sábado pasado. En vez de escuchar a miles de jóvenes inconformes, la presidenta Claudia Sheinbaum busca reducir la protesta a un “montaje”.

El sábado, decenas de miles de jóvenes salieron a las calles impulsados por frustraciones reales: inseguridad, corrupción, falta de oportunidades y un gobierno que, en su opinión, los ignora. La marcha nació en redes sociales, creció orgánicamente y se volvió un llamado generacional. Pero el poder en turno prefiere mirar hacia otro lado.

Esa estrategia tomó forma cuando la diligente nacional deMorena, Luisa, María Alcalde, publicó En redes sociales el contrato de Andrade, un influencer de 24 años, que había trabajado para el PAN meses antes. En vez de responder a la inconformidad juvenil, la dirigencia oficialista lo convirtió en el “villano útil” para intentar deslegitimar la protesta. Es más sencillo atacar a un individuo que escuchar a miles.

El contrato existe y debió ser transparentado por Andrade desde el inicio. Pero usarlo hoy como arma mediática es una jugada vieja: exponer datos personales, insinuar conspiraciones y etiquetar a toda una generación como “manipulada”. Morena reproduce así la misma lógica que criticó por años cuando era oposición.

Por su parte, el PAN tampoco queda limpio. El partido aprovecha el descontento juvenil sin asumir responsabilidad, sin explicar cómo usa influencers y sin aclarar el propósito real de contratos como el de Andrade. Es un oportunismo típico: capitalizar el enojo social mientras se lava las manos ante el caos.

Y en medio de ese juego de poder, el verdadero motor de la marcha queda opacado: miles de jóvenes hartos de que cualquier protesta sea reducida a etiquetas partidistas. Jóvenes que, pagados o no, representan una inconformidad tangible que el gobierno ignora cada vez que intenta convertirlos en peones del tablero político.

La violencia del Bloque Negro añadió otra capa de manipulación. Su irrupción benefició tanto a quienes justifican la mano dura como a quienes quieren desacreditar la protesta. Mientras unos destruyen y otros reprimen, el mensaje central —una generación pidiendo ser escuchada— queda atrapado entre extremos que no la representan.

La policía reaccionó ante agresiones reales, sí, pero también incurrió en excesos. La investigación a 18 elementos muestra que la línea entre contención legítima y abuso se cruzó varias veces. Sin protocolos claros, cada protesta se convierte en un campo minado donde unos violentan, otros reprimen y nadie dialoga.

El gobierno insiste en retratar a los jóvenes como “pagados”, mientras la oposición prefiere presentarlos como “suyos”. Ninguno asume que la Generación Z no quiere banderas ajenas. Quiere ser escuchada en un país donde la política sigue atrapada en la lógica binaria del “nosotros contra ellos”.

Si el poder continúa ignorando esa voz, el riesgo no es que los jóvenes se radicalicen, sino que los vacíos de diálogo los ocupen grupos como el Bloque Negro, cuyo caos no beneficia a nadie. Escuchar evitaría eso. Desviar, doxxear y criminalizar solo agudiza el problema.

La marcha del sábado no fue obra de un contrato, ni de un influencer, ni de un partido. Fue el grito de una generación cansada de ser tratada como amenaza o como botín político. Mientras el gobierno busque diluir ese mensaje, el malestar crecerá. Y serán las calles —no los partidos— quienes vuelvan a recordarlo.

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