
POLÍTICA EXPRÉS | * La caída de Maduro desatará un efecto dominó que reconfigurará el tablero político en América Latina
La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses este 3 de enero de 2026 desencadenó un terremoto político cuyos efectos se extienden mucho más allá de Venezuela. El epicentro del sismo está claro, pero sus ondas expansivas ya golpean a México, Cuba y Nicaragua, obligando a sus gobiernos a reacomodarse ante un nuevo equilibrio regional.
Para Claudia Sheinbaum, el impacto es inmediato. Su gobierno respondió condenando la operación estadounidense como una agresión que viola la soberanía regional, reafirmando la doctrina Estrada. Esta postura fortalece su credibilidad ante la izquierda latinoamericana, pero tensará al máximo su relación con la administración Trump, que ya ha insinuado acciones intervencionistas en México.
El riesgo para Sheinbaum es doble: mientras defiende principios históricos de no intervención, se expone a represalias diplomáticas y económicas en temas como migración y seguridad. La captura de Maduro podría además generar nuevas oleadas migratorias venezolanas que presionen la frontera sur mexicana, situación que Washington podría utilizar como moneda de negociación.
En el plano interno, el episodio polariza aún más a México. La base de Morena celebra la postura soberanista del gobierno, pero sectores conservadores y proestadounidenses la atacan como defensora de un régimen autoritario. La narrativa trumpista podría amplificar rumores infundados que busquen justificar una mayor injerencia en asuntos mexicanos.
La dimensión más sensible del efecto dominó aparece en la relación México-Cuba. La caída del principal aliado y proveedor energético de La Habana deja al régimen cubano peligrosamente expuesto. Sin el petróleo venezolano, Cuba entra en una fase crítica que recuerda al Período Especial de los 90, pero con mucho menos margen de maniobra.
Ante esta crisis, Cuba podría presionar a México para incrementar su apoyo energético o diplomático. Esto pondría a Sheinbaum en una encrucijada: sostener a Cuba como gesto ideológico y humanitario, o ceder a la presión estadounidense y evitar sanciones. En ambos escenarios, México se arriesga a perder equilibrio regional y capital político interno.
Estados Unidos, con Marco Rubio al frente de la diplomacia, ve la caída de Maduro como un paso hacia el debilitamiento definitivo del castrismo. La Habana lo sabe: informes señalan contactos discretos con Washington para evitar un colapso absoluto. Esta fragilidad alimenta el temor de que Cuba sea el siguiente objetivo en una campaña de redefinición geopolítica.
El temblor también sacude a Nicaragua, cuyo régimen depende simbólicamente del bloque bolivariano. La captura de Maduro debilita el eje que legitimaba a Ortega y aisla aún más a un gobierno ya sumido en crisis interna. La posibilidad de sanciones más duras o episodios de desestabilización incrementa el riesgo de fracturas dentro del sandinismo.
Venezuela, mientras tanto, entra en su momento más incierto desde 1999. La salida abrupta de Maduro abre la puerta a un gobierno de transición, pero también a disputas internas, intervención extranjera y una reconfiguración total del mapa político. Este vacío redefine las alianzas y obliga a cada país a recalcular prioridades.
En el centro de todo, México enfrenta el mayor dilema estratégico de su política exterior reciente: defender la tradición soberanista o adaptarse a un Estados Unidos agresivo y determinante. El efecto dominó no solo reacomoda piezas, sino que redefine las reglas del juego. La región entra en una etapa de volatilidad donde cada movimiento tendrá consecuencias inmediatas y profundas.

