POLÍTICA EXPRÉS | * Emboscada planificada  y narrativa de distracción: la izquierda mexicana se quitó la máscara

POLÍTICA EXPRÉS | * Emboscada planificada y narrativa de distracción: la izquierda mexicana se quitó la máscara

Algo se rompió definitivamente el 15 de noviembre en la Ciudad de México. La marcha de la Generación Z —pacífica, legítima y multitudinaria— terminó convertida en un caos que no puede explicarse sin un componente interno: la emboscada no fue accidental. Todo apunta a una operación autorizada desde los gobiernos de Sheinbaum y Brugada.

La evidencia acumulada desmonta cualquier relato oficial de espontaneidad. La presencia de encapuchados violentos justo en los accesos controlados, la ausencia deliberada de rutas seguras y el cerco policial diseñado para generar pánico revelan un patrón premeditado. No fue desorden ciudadano: fue ingeniería política para sabotear una protesta juvenil inédita.

Lo más grave es la rapidez con la que Morena abandonó cualquier aspiración de justicia social para abrazar el manual autoritario: fabricar culpables para desviar la atención. Primero atacaron a jóvenes; luego a repartidores, estudiantes y fotógrafos; después a supuestos infiltrados pagados. Hoy culpan a empresarios, partidos, colectivos y a quien convenga.

La narrativa contra Ricardo Salinas, ONG internacionales, el PAN, el PRI, Alessandra Rojo de la Vega o Mauricio Tabe, entre muchos otros, no es casualidad. Es una estrategia de saturación mediática para enterrar el verdadero escándalo: que un gobierno que se dice progresista habría autorizado una emboscada contra ciudadanos que protestaban pacíficamente por inseguridad y corrupción.

Los testimonios son incontestables. Detenciones indiscriminadas, golpes, incomunicación, robo de celulares, imputaciones absurdas como tentativa de homicidio a estudiantes o repartidores. No todos eran “vándalos”. Muchos solo grababan o corrían para ponerse a salvo. El operativo fue masivo, desproporcionado y diseñado para criminalizar a la marcha completa, no a los agresores reales.

El testimonio y análisis de Alberto Capella confirma lo que miles sintieron: la violencia fue colocada estratégicamente. Sin protección real, con vallas en forma de trampa y un único acceso saturado, la multitud quedó expuesta a un embudo perfecto para sembrar caos. Nada de esto ocurre por accidente. Es diseño operativo, no coincidencia.

Capella lo explica sin titubeos: la 4T usa una “autocracia pasiva”. No te prohíben marchar, pero te fragmentan con miedo. No te reprimen frontalmente, pero manipulan el entorno para que todo parezca un estallido espontáneo. Luego culpan a terceros para legitimar detenciones y evitar que la protesta se convierta en símbolo nacional.

Es demoledor para la izquierda mexicana, que durante décadas se presentó como defensora de libertades y voz de los marginados. Hoy se comporta como lo que juró combatir: un aparato que persigue jóvenes, manipula relatos, infiltra violencia y pretende borrar la causa legítima que originó la marcha: inseguridad, corrupción y hartazgo generacional.

La reacción oficial confirma que algo quieren ocultar. Minimizar la protesta como “operación de bots”, negar el uso de fuerza excesiva, blindar a mandos responsables y judicializar selectivamente a inocentes muestra un intento burdo de tapar una conspiración que, de comprobarse, pulverizaría cualquier discurso moral de la autoproclamada “cuarta transformación”.

Lo ocurrido el 15 de noviembre es un punto de quiebre. No es una marcha más; es evidencia de que el poder en turno está dispuesto a usar represión encubierta para silenciar disidencias. La emboscada destruye el romanticismo democrático de la izquierda gobernante y expone la verdadera prioridad: imponer, no escuchar.

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