
FIN DE SEMANA | * El festejo absurdo que confirmó el dañino culto a AMLO y exhibió su poder transexenal administrado por Sheinbaum
El festejo organizado el sábado 6 de diciembre en el Zócalo de la CDMX fue una demostración innecesaria, costosa y profundamente ofensiva para un país que vive niveles históricos de violencia, impunidad y estancamiento económico. El gobierno de Claudia Sheinbaum desperdició recursos públicos para rendir culto a la personalidad de López Obrador, no para ejercer liderazgo de Estado.
La celebración, disfrazada de acto político festivo, fue en realidad la confirmación de que Morena sigue atrapada en la narrativa del “amado líder”. Sheinbaum no gobierna desde la institucionalidad, sino desde la continuidad simbólica de un proyecto personalista, donde se glorifica a AMLO y se diluye su responsabilidad como presidenta.
El evento no fue un acto de unidad, sino una demostración de sumisión. En lugar de trazar una visión propia frente a los problemas que heredó, Sheinbaum organizó un rito de agradecimiento al expresidente con recursos del erario, enviando el mensaje de que su papel se limita a administrar la prolongación de un sexenio agotado.
Lo más grave es que el festejo ignoró deliberadamente “lo negro” de los últimos siete años de gobierno lopezobradorista: récord histórico de homicidios, desapariciones en ascenso, corrupción en Segalmex, sobrecostos multimillonarios del Tren Maya, opacidad en Pemex y un crecimiento económico que nunca superó la mediocridad ni la desigualdad persistente.
Si la intención era celebrar algo, la pregunta es inevitable: ¿qué festejó Morena el 6 de diciembre? ¿La política de “abrazos no balazos” que dejó más asesinados que los sexenios de Peña Nieto y Calderón? ¿Los desvíos encubiertos, los contratos para amigos, o el fracaso de los megaproyectos que hoy siguen tragando presupuesto sin resultados tangibles?
Comparado con los gobiernos del PRI y PAN, el saldo de Morena es aún más oscuro. Peña Nieto dejó la “Casa Blanca”, Odebrecht y la Estafa Maestra; Calderón inició la espiral de violencia con García Luna. Pero AMLO superó a ambos en volumen de homicidios, percepción de corrupción y deterioro económico, pese a su discurso de pureza moral.
La celebración en el Zócalo tampoco reconoce que Sheinbaum carga ya con su propio saldo negativo: 51 casos de corrupción en su primer año, 40 desapariciones diarias, 23 mil homicidios en 11 meses, militarización ampliada y un crecimiento económico que apenas roza el cero. El festejo, por tanto, fue una cortina de humo más.
El culto a la personalidad es dañino para cualquier democracia, y México ya pagó ese precio con el PRI durante décadas. Hacerlo ahora con AMLO, quien dejó al país con más deuda, más violencia y más impunidad, es repetir la peor tradición política bajo un disfraz progresista que ya no convence ni con acarreados.
Claudia Sheinbaum tuvo la oportunidad de asumir el papel de estadista, marcar distancia, liderar con resultados y dejar atrás el lastre del pasado. Optó por lo contrario: reafirmarse como administradora de un legado fallido, celebrarlo con dinero público y alimentar una narrativa que no resiste la menor evaluación objetiva.
El festejo del 6 de diciembre no fue solo innecesario: fue un acto de negación política, una burla al país que sufre y una confirmación de que, al menos por ahora, Sheinbaum no gobierna para transformar México, sino para preservar la figura de un líder cuyo sexenio fue el más oscuro de los últimos dieciocho años.

