«El reposo del guerrero»… la OPINIÓN de Joel Hernández Santiago

«El reposo del guerrero»… la OPINIÓN de Joel Hernández Santiago

Ignacio López Tarso. Xavier López “Chabelo”; Carlos Payan Velver… y algunos personajes más, se han ido en un lapso  breve de tiempo en México. 

Son protagonistas significativos en la vida de este país porque dieron, y dan, otro sentido a la vida individual y colectiva. Son personajes indispensables para entendernos desde otra perspectiva y en un tono que deja lo solemne y aguerrido para otro momento; porque las confrontaciones y polarizaciones inducidas pueden esperar por un momento… un solo momento para ser nosotros mismos, en ellos, en sus personajes momentáneos, en sus obras… 

Esto es así porque toda sociedad, todo país o nación o acaso el rimbombante ideal de una República –que hoy en México está amenazada—tienen momentos de batallas, de luchas, de enfrentamientos y reconciliaciones acaso. Hay momentos en los que se busca la consolidación de sus instrumentos democráticos o la búsqueda del mejor gobierno para todos y no para sectores… 

Pero también, luego de la batalla cotidiana de simpatías y diferencias, hay momentos en que el ser humano requiere descanso, solaz, identidad, refugio y acaso un poco de felicidad que se expresa en una sonrisa o en una carcajada hasta las lágrimas, y si son de regocijo es mucho mejor… 

Y para esto ayuda la convivencia con los seres más queridos en tiempos familiares incomparables; o la intimidad del amor, cuando es amor; y el encuentro con amigos que son tan indispensables como el aire que se respira; o también cuando el encuentro de uno con uno mismo nos otorga estar en paz y sin complicaciones ni bochornos… 

Pero ‘aún hay más’, está el refugio del espectáculo. El espectáculo visto como solaz, como distracción, como encuentro con eso que nos hace dejar a un lado, por el momento, todo aquello que nos aqueja o nos preocupa. Es el espectáculo-artístico-arte, el que nos oxigena y nos recuerda que no todo tiene un solo fin. 

Y en esto hay personajes que lo mismo nos conectan unos a otros a través de obras de cine, teatro, televisión, radio… y por supuesto a través de la prensa escrita que tiene secciones de solaz y brazos abiertos para decirnos: amigos esto es lo que pasa y lo que ocurre, visto desde otra perspectiva, acaso a través de la crónica escrita que es asimismo literatura como deleite e información… 

Y todo esto viene al caso porque, precisamente, como parte de ese solaz, ese momento de introspección y deleite, hay artistas que en México son significativos porque a lo largo de su vida en el arte, ya del cine, televisión, radio, prensa escrita… nos han dado parte de su vida disuelta en obras de arte, en obras de regocijo en obras creativas… 

Ignacio López Tarso murió el 11 de marzo, hace apenas unos días. El actor icónico que nos dejó como herencia personajes inolvidables que están ahí y que estarán ahí en el ánimo nacional y en la realidad de nuestros encuentros con el arte y la cultura. Fue un actor excepcional. Un hombre entregado a su vida en el arte y quien tenía la virtud que tienen los grandes actores del mundo: credibilidad, carisma, entrega. 

No sólo por “Macario” ni como Dionisio Pinzón en “El gallo de oro” o en “Días de otoño”… y tantas películas y obras de teatro o televisión: siempre estaba él ahí y nosotros a gusto con verlo, entenderlo y disfrutar su regalo: el arte. El ahora ya no está. Pero ahí están sus huellas a cada paso nuestro…

Xavier López Rodríguez: “Chabelo”, el niño travieso y rezongón que tanto quisieron muchas generaciones de mexicanos a lo largo de casi siete décadas (comenzó en 1952) y de quien parece intrascendente su personaje pero que es parte de muchos años de encontrarse con él, aquí o allá, pero sobre todo durante 48 años de domingos matinales en los que los niños reían y disfrutaban de las bromas, los chistes, los lloriqueos, los alardes de gran actor del personaje que murió apenas el 25 de marzo pasado. 

Es sorprendente la reacción humana. Es sorprendente cómo este país y esta sociedad agobiada por muchos problemas hoy mismo, se entrega y se despide con ternura de un personaje al que quería-quiere, porque él nos recuerda nuestra infancia y nos recuerda que esa voz de niño malcriado estará siempre en nuestros mejores recuerdos como sociedad y como individuos que, finalmente, somos niños, eternos niños con ínfulas de adultez y madurez. 

Carlos Payán Velver, un periodista de fuste murió el 17 de marzo pasado. Un personaje quien junto con un grupo de periodistas de excelencia, dieron vida a una nueva forma de hacer periodismo en México. En momentos en los que se provenía de un golpe de estado del gobierno de Echeverría (8 de julio de 1976) a la prensa nacional y a la libertad de expresión. 

Surgieron entonces nuevas opciones de hacer periodismo en tiempos de turbulencia política, en momentos en los que la confusión entre libertades era mucha, pero predominó una sola: la de poder expresar y poder decir y pensar y reflexionar y anotar e informar sin temores y sin ambages.

Payán Velver dirigió UnomásUno y luego La Jornada, junto con otros directivos asimismo de relumbrón, los que de forma apasionada se entregaron a hacer periodismo en el sentido estricto del término y el concepto y la tarea y el oficio. Periodismo en serio para todos y con una sola consigna: decir la verdad, siempre la verdad. 

Tres guerreros que ya descansan. Son personajes, como muchos otros en pluralidad y democracia, que son indispensables en tiempos de agobio. 

… Son los que nos señalan otro camino en la vida. Nos dicen que no todo está mal. Que a todo quebranto subyace la posibilidad de la felicidad, de la reflexión o de la risa. Que después de todo, mañana “the sun also rises” que dijera Hemingway.

 

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