
POLÍTICA EXPRÉS | * Un distractor con huaraches para tapar el derroche de la Guelaguetza
En política, los escándalos se gestionan de dos formas: enfrentándolos o desviando la atención. El gobierno de Oaxaca, encabezado por Salomón Jara, parece haber optado por la segunda. Tras una Guelaguetza 2025 que resultó 150% más cara y con menos resultados que años anteriores, la indignación ciudadana crecía. Entonces, de pronto, surgió un nuevo tema en la agenda mediática: la defensa del supuesto “huarache de Yalálag” ante Adidas.
El timing no pudo ser más conveniente. Cuando las críticas al gasto desmedido y opaco en la máxima fiesta del estado estaban en pleno apogeo, las redes estatales y varios medios nacionales comenzaron a inundarse con publicaciones sobre el “saqueo cultural” del calzado “Oaxaca Slip On”. Una narrativa perfecta para despertar orgullo local y movilizar el nacionalismo cultural… aunque, como ahora sabemos, estaba basada en un error.
Artesanos de Villa Hidalgo Yalálag son honestos, como todo serrano bien nacido: el diseño no es suyo, sino de Sahuayo, Michoacán. Huaracheros con décadas de experiencia, como Leonel Aquino, aportaron pruebas históricas que desmontan la versión oficial. Y aun así, el gobernador insiste en llamarlo “estilo Yalálag” y en amenazar con demandas por el uso del nombre “Oaxaca”.
La estrategia es obvia: construir un relato en el que el gobierno aparezca como defensor del patrimonio cultural indígena, aunque la defensa sea de un patrimonio que, en este caso, no le pertenece. De paso, desplazar de la conversación pública cualquier mención al gasto millonario de una Guelaguetza con cifras rojas y resultados mediocres.
No es casualidad que este caso se amplificara en redes sociales manejadas por instancias oficiales, ni que ciertos medios nacionales publicaran notas pagadas sobre el tema. El objetivo: convertir un debate artesanal en un trending topic emocional que tape la pregunta incómoda: ¿dónde quedaron los millones de la Guelaguetza?
El problema es que este montaje termina por traicionar la causa que dice defender. Usar la bandera del respeto cultural como cortina de humo solo desgasta la legitimidad de las luchas reales contra la apropiación indebida. Y, de paso, invisibiliza a quienes sí están peleando por proteger su patrimonio auténtico.
Peor aún, este episodio muestra una peligrosa tendencia: el uso político de las comunidades indígenas como herramientas de propaganda. Hoy es un huarache; mañana podría ser un textil, una danza o una receta tradicional. El patrón es el mismo: fabricar una causa popular para tapar una falla gubernamental.
Mientras tanto, los verdaderos artesanos michoacanos siguen denunciando que Adidas reprodujo su diseño “Pachuco” sin crédito ni beneficios para ellos. Pero esa lucha legítima queda opacada por un gobierno que se apropia de una narrativa que no le corresponde.
La pregunta no es si Adidas incurrió en apropiación cultural —algo que parece claro—, sino por qué el gobierno de Oaxaca insiste en reclamar lo que no es suyo. Y la respuesta apunta menos a la defensa de la cultura y más a la defensa de su imagen política.
Si el gobierno realmente quisiera proteger el patrimonio cultural, impulsaría el Registro Nacional y Estatal de Patrimonio Cultural Inmaterial que proponen las comunidades, en lugar de usar un caso ambiguo como herramienta de distracción. Defender lo propio, no lo ajeno, debería ser la prioridad.
En el fondo, el “caso Yalálag” no es un asunto de huaraches. Es un asunto de prioridades. Y hoy, las del gobierno de Oaxaca parecen más inclinadas a salvar su prestigio que a salvaguardar la cultura.

