
POLÍTICA EXPRÉS | * Propaganda oficialista convierte tragedia ferroviaria en relato conspirativo para encubrir negligencia y corrupción
El descarrilamiento del Tren del Istmo en Nizanda no solo dejó muertos y heridos; exhibió una maquinaria propagandística de la 4T dispuesta a torcer la realidad. En lugar de exigir explicaciones técnicas y responsabilidades administrativas, los voceros del régimen optaron por el libreto conocido: inventar enemigos y gritar sabotaje.
Youtubers, columnistas, influencers y comentócratas afines se apresuraron a culpar al “prianismo”. Sin pruebas, sin peritajes y sin respeto por las víctimas. La tragedia se ha convertido en pretexto político para blindar proyectos emblemáticos y preservar la narrativa de infalibilidad heredada del lopezobradorismo.
Esta estrategia ya fue usada con éxito en el pasado. Andrés Manuel López Obrador construyó capital político a partir de la victimización constante. Todo era complot. Todo era ataque. Pero el México de hoy no es el de 2019. La repetición automática del guion ya no genera empatía, sino irritación.
Pretender que la sociedad acepte la versión del sabotaje sin evidencia es tratarla como incapaz de discernir. Es asumir que la fe política sustituye a los datos. El resultado es el contrario: indignación. Porque frente a cuerpos aplastados y familias rotas, la propaganda suena obscena y cínica.
Hasta este 1 de enero de 2026 no existe una sola prueba que sostenga el sabotaje. La Semar, la FGR y la Agencia Reguladora del Transporte Ferroviario investigan causas técnicas. La “caja negra”, testimonios y análisis preliminares apuntan a velocidad excesiva, fallas mecánicas o infraestructura deficiente.
Sin embargo, los propagandistas prefieren adelantarse al dictamen. Necesitan desviar la atención de posibles responsabilidades por corrupción, negligencia o prisas en la obra. Es una defensa preventiva. La misma lógica usada cuando el Tren Maya acumuló incidentes que el discurso oficial minimizó o maquilló.
Las comunidades indígenas y auditorías de la ASF ya habían advertido irregularidades en la Línea Z: materiales de mala calidad, balasto insuficiente, contratos cuestionables. Esos señalamientos existen, están documentados y resultan más incómodos que un enemigo abstracto convenientemente llamado “oposición”.
Aun así, influencers oficialistas lanzan acusaciones sin sustento contra figuras opositoras, mientras algunos medios afines especulan con un “sabotaje político”. No informan: sugieren. No prueban: insinúan. Es propaganda pura, diseñada para confundir y cerrar filas, no para esclarecer.
Resulta revelador que los verdaderos sabotajes ferroviarios recientes en México estén ligados al crimen organizado y al robo de carga, no a disputas políticas. Confundir esos hechos con Nizanda es deshonesto. Es manipular la realidad para sostener un relato que se desmorona ante los hechos.
La tragedia del Tren del Istmo exige verdad, justicia y rendición de cuentas, no teorías conspirativas. Mientras los propagandistas sigan gritando sabotaje para encubrir fallas oficiales, el costo político crecerá. Porque la propaganda puede torcer el discurso, pero no puede borrar los muertos.

