
POLÍTICA EXPRÉS | * La inseguridad, el abrazo y el espejismo de control en México
El video de un hombre que logra abrazar a la presidenta Claudia Sheinbaum en plena calle, en un recorrido por la Ciudad de México, revela una vulnerabilidad alarmante. Más allá del morbo en redes, el episodio expone la fragilidad del aparato de seguridad nacional en un país donde cualquier descuido puede terminar en tragedia.
El debate entre si fue una falla de protocolo o un montaje político refleja el estado de desconfianza generalizada que domina México. Hoy, cada incidente público se mira con sospecha, porque la narrativa oficial ha perdido credibilidad ante la realidad imparable de la violencia cotidiana.
Mientras el país se conmociona por el asesinato del alcalde Carlos Manzo en Michoacán, la atención se dispersa en polémicas virales. Resulta inquietante que, justo cuando un edil es acribillado por enfrentarse al crimen, el foco mediático se desvíe hacia un “abrazo” inapropiado en la capital.
La teoría del montaje no puede probarse, pero el simple hecho de que sea creíble ya es síntoma del deterioro institucional. Los mexicanos sospechan de todo porque el Estado ha fallado reiteradamente en garantizar justicia, seguridad y transparencia. La impunidad es la regla, no la excepción.
Si aquel hombre hubiera llevado un arma, México estaría de luto. Bastaron segundos para que la seguridad de Sheinbaum quedara expuesta. El país entero habría sufrido un golpe político, social y emocional de proporciones históricas. Ese riesgo es real y constante.
El problema de fondo es que la violencia no discrimina ni respeta jerarquías. Los alcaldes, los ciudadanos y hasta las figuras más protegidas están igual de expuestos. La política de “abrazos, no balazos” se ha convertido en una ironía cruel frente a la ola de homicidios impunes.
La seguridad pública parece más orientada a cuidar la imagen del gobierno que la integridad de la gente. Los asesinatos de autoridades locales, los levantones y los atentados ya no sorprenden. México vive anestesiado, acostumbrado al horror diario, resignado a su propio colapso moral.
Lo ocurrido en Michoacán y el incidente con Sheinbaum son caras de la misma moneda: un Estado rebasado por la violencia. Donde el crimen actúa con libertad y el gobierno responde con discursos y promesas vacías, la confianza se evapora y la indefensión se multiplica.
Si el gobierno federal no rectifica su estrategia, pronto no habrá rincón del país que escape al miedo. La impunidad se contagia, la violencia se normaliza y la autoridad pierde todo respeto. Cada día que pasa sin acción real, México se hunde un poco más en la inseguridad.
Montaje o descuido, el mensaje es el mismo: nadie está a salvo. Ni los alcaldes que denuncian al narco, ni la presidenta que camina entre la gente. En un país donde el crimen dicta las reglas, la inmovilidad del gobierno es más peligrosa que cualquier amenaza armada.

