
POLITICA EXPRÉS | * La 4T frente a la Generación Z: deslegitimar para no escuchar
La convocatoria juvenil para marchar el 15 de noviembre en la CDMX desde el Ángel de la Independencia hasta el Zócalo capitalino ha puesto en evidencia un fenómeno que el gobierno de la 4T no sabe cómo procesar: una generación que ya no se conforma con discursos y exige resultados. Seguridad, empleo, transparencia.
Lo que surgió como una movilización ciudadana sin partidos, inspirada en protestas juveniles globales, fue rápidamente etiquetada por el gobierno de Claudia Sheinbaum como una “falsa manifestación”, “inflada por bots” y financiada con “dinero oscuro”. La descalificación inmediata revela miedo político disfrazado de prudencia institucional.
En lugar de atender el mensaje, el gobierno decidió desacreditar al mensajero. Jóvenes organizados vía TikTok, Discord y X fueron reducidos a una conspiración de la ultraderecha. Con ello, la 4T repite el mismo patrón que tanto criticó en el pasado: negar la legitimidad de la inconformidad social.
El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, se convirtió en un símbolo del hartazgo que la administración federal ha intentado minimizar. La violencia y la impunidad son realidades cotidianas para una generación que creció entre promesas incumplidas y gobiernos que siempre culpan al pasado.
La reacción oficial no fue diálogo, sino desprecio. Sheinbaum y su equipo insinuaron que detrás de las convocatorias había intereses del PRI, PAN o empresarios incómodos. Pero al hacer eso, no sólo desacreditaron una protesta: descalificaron la posibilidad de que los jóvenes puedan movilizarse sin tutelas políticas.
Resulta paradójico que un gobierno que se dice progresista y defensor del pueblo ataque a quienes representan el futuro de ese mismo pueblo. En vez de tender puentes con una generación que exige rendición de cuentas, la 4T prefiere blindarse tras su narrativa de pureza moral y persecución mediática.
En Nepal, las protestas de la Gen Z provocaron un cambio real: forzaron la caída de un primer ministro y tumbaron un gobierno corrupto. Allá, la respuesta fue represión, pero también capitulación ante la fuerza de la calle. En México, la estrategia es más sutil: deslegitimar antes de escuchar.
Lo que el gobierno no entiende es que esta generación no busca venganza, sino coherencia. No está pidiendo puestos ni privilegios, sino un país funcional. Al acusarlos de manipulados, la 4T les niega su derecho a la indignación, y con ello, confirma precisamente lo que ellos denuncian: soberbia y desconexión.
La marcha del 15, con sus banderas de One Piece ondeando en el aire, no es una farsa digital: es un recordatorio de que la juventud mexicana también sabe organizarse, expresarse y reclamar sin intermediarios. Es una generación que no cree en líderes, pero sí en causas. Y eso asusta al poder.
Si la 4T persiste en su estrategia de descalificar en lugar de escuchar, sólo alimentará la distancia con quienes deberían ser su mayor esperanza. Ignorar a la Generación Z no la silenciará; la fortalecerá. Porque en México, como en el resto del mundo, los jóvenes ya no piden permiso para exigir futuro.

