POLÍTICA EXPRÉS | * El espejismo de la pobreza que “reduce” el INEGI

POLÍTICA EXPRÉS | * El espejismo de la pobreza que “reduce” el INEGI

El anuncio reciente del INEGI sobre la supuesta reducción de la pobreza extrema en México desató aplausos oficiales. Sin embargo, detrás de los números presentados se esconde una realidad incómoda: no significa que millones de mexicanos vivan mejor, sino que las reglas de la medición cambiaron oportunamente.

Hasta hace poco, la medición de la pobreza correspondía al Coneval, un organismo autónomo con credibilidad técnica y sin intereses políticos directos. Su independencia era clave: los datos sobre pobreza no podían ser manipulados al antojo del gobierno. Hoy, con el INEGI al mando, la imparcialidad está en duda.

Aunque las autoridades aseguren que la fórmula sigue siendo la misma, lo cierto es que ahora quien mide es juez y parte. En economía, la independencia del dato es tan relevante como la técnica empleada. Sin autonomía, las cifras pierden valor porque pueden responder a conveniencias políticas.

La línea de pobreza extrema se define por la canasta alimentaria. Si el cálculo de esa línea se hace con precios que no reflejan la inflación real de los alimentos consumidos por los más pobres, automáticamente se reduce la pobreza estadística, aunque la vida de esas familias siga igual de precaria.

Expertos en el tema señalan que este truco equivale a mover la portería en un partido de futbol: no porque se metan más goles, sino porque el campo de juego se ajustó a conveniencia. Así, muchas familias siguen sin recursos suficientes para una alimentación digna, pero en los reportes oficiales ya “dejaron” la pobreza extrema.

Otro sesgo aparece cuando se incluyen los programas sociales en el ingreso. Unos pesos extra en transferencias bastan para empujar a millones justo por encima del umbral. Estadísticamente dejan de ser pobres extremos, aunque en la práctica permanezcan sin seguridad social, salud, vivienda digna o educación.

El propio informe admite que casi la mitad de la población carece de seguridad social y un tercio no tiene acceso real a servicios de salud. Estos datos demuestran que los supuestos avances no corresponden a una mejoría en la calidad de vida, sino a una maniobra contable.

El ejemplo no deja lugar a la duda: si el umbral de pobreza extrema está en dos mil pesos y el gobierno entrega cien pesos más, la familia cruza la línea, pero su realidad apenas cambia. Con esos pesos extra comprará kilo y medio más de frijol, pero seguirá atrapada en la misma precariedad estructural.

Reducir la pobreza de verdad no es alterar fórmulas ni inflar estadísticas con subsidios. Es garantizar acceso a servicios básicos, seguridad social, vivienda adecuada, alimentación nutritiva y educación de calidad. Mientras esos derechos no se cumplan, las cifras oficiales seguirán maquillando una pobreza que en la vida diaria permanece intacta.

El riesgo es grande: un país que presume avances ficticios en la lucha contra la pobreza termina debilitando la confianza ciudadana. Si los datos se convierten en propaganda, los pobres seguirán siendo pobres, aunque en las gráficas gubernamentales parezcan haber desaparecido. Y esa, en los hechos, es la verdadera trampa.

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