
POLÍTICA EXPRÉS | * El caso del huarachero de Yalálag a quién por decir la verdad en la disputa con Adidas la Profepa le clausuró su taller
La clausura de la Huarachería Aquino en Villa Hidalgo Yalálag, en la Sierra Norte de Oaxaca, huele a represalia política. No es casualidad que Leonel Aquino, artesano huarachero, haya sido castigado justo después de sostener públicamente que el modelo “Pachuco”, clonado por Adidas como “Oaxaca Slip On”, no nació en Oaxaca, sino en Sahuayo, Michoacán.
Aquino tuvo la osadía de contradecir al gobernador Salomón Jara y a autoridades municipales, quienes se empeñaron en adjudicar la autoría del diseño a Yalálag. Esa defensa de la verdad le costó caro: la Profepa, con Guardia Nacional incluida, selló su taller bajo un aparente argumento de legalidad ambiental.
La dependencia aseguró haber encontrado pieles de especies protegidas como pitón, mantarraya, caimán y venado cola blanca. Sin embargo, la coincidencia temporal con la polémica desatada convierte la clausura en un acto profundamente sospechoso y reprobable. ¿Es realmente un operativo ambiental o un ajuste de cuentas político contra un artesano que dijo la verdad?
La denuncia ciudadana que detonó la acción ocurrió el 25 de agosto, apenas dos días antes del operativo. Demasiada precisión en los tiempos para ser coincidencia. El mensaje es una intimidación: quien contradiga la palabra del gobernador corre el riesgo de perder no solo su credibilidad, sino también su sustento.
En redes sociales, la indignación es evidente. Cientos de usuarios cuestionan la selectividad de la Profepa, recordando que mercados enteros en México trafican especies protegidas a plena luz del día sin que se les toque. Pero contra un huarachero que se atrevió a hablar, la fuerza pública cae sin piedad.
La doble moral institucional es intolerable. Mientras grandes comercios ilegales operan con impunidad, un taller artesanal es convertido en ejemplo. La Profepa pretende vender legalidad, pero lo que transmite es complicidad con un gobierno que necesita silenciar a quienes desnudan sus mentiras y exhiben su oportunismo cultural frente a Adidas.
Aquino se convirtió en un símbolo incómodo. No solo desmintió una narrativa oficial construida para sacar provecho político y económico, también evidenció la facilidad con que las autoridades manipulan la identidad cultural de Oaxaca para fines ajenos a los pueblos. Y por eso hoy su taller permanece cerrado.
La infamia no es solo contra un hombre y su oficio; es contra la verdad. Un gobierno que persigue al artesano que se atreve a hablar destruye la confianza ciudadana y manda un mensaje de miedo: aquí no hay lugar para la disidencia, solo para la obediencia ciega.
Los oaxaqueños merecen respeto y transparencia. Silenciar a un huarachero porque su testimonio incomoda al gobernador es una traición a la cultura que dicen defender. Si las instituciones se prestan a estas represalias, dejan de ser guardianes de la ley para convertirse en verdugos de la verdad y la dignidad.
El caso de Leonel Aquino será recordado como una infamia: la del poder que, incapaz de defenderse con argumentos, recurre a la fuerza para callar a un artesano. Un huarache puede parecer pequeño, pero cuando simboliza la verdad, se convierte en una piedra imposible de ocultar bajo la alfombra.

