Pedro Ángel Palou visita a Lázaro Cárdenas

Pedro Ángel Palou visita a Lázaro Cárdenas

La historiografía mexicana le puso a Lázaro Cárdenas una serie de etiquetas que lo han acompañado a lo largo de la historia, pero poco se sabe de su lado más personal. Las aspiraciones del estadista y las del padre de familia terminan mezclándose en la novela más reciente de Pedro Ángel Palou, Tierra roja, en la que se da ciertas licencias literarias con el propósito de hacer no necesariamente una biografía sino una novela de la época, con toda la complejidad política y la riqueza de su vida nocturna.

—¿Cómo acercarse a un personaje como Lázaro Cárdenas, sobre el que existen tantos lugares comunes?

Es muy complicado porque, como bien dices, es un personaje de nuestra historia del que nos hemos quedado quizá con cuatro cosas: la expropiación petrolera, la llegada de los exiliados españoles de la República, el reparto agrario y la educación socialista. Vamos a los libros de texto y es una y otra vez la misma repetición de estas historias. Sabemos muy poco de su juventud, de su formación militar, de su formación intelectual al lado de Francisco J. Múgica, en la famosa huasteca de los ideales en la que insisto tanto.

Me interesó entrar en ese ser humano a quien Waldo Frank descubre llorando a escondidas en Oaxaca, después de haber visto a una madre indígena mixteca; a ese hombre que en la noche le cuenta un relato de Robert Louis Stevenson a su hijo Cuauhtémoc, que tiene aristas que lo hacen por un lado entra- ñable y por otro complejo, capaz de tomar grandes decisiones políticas sin descuidar su vida familiar.

—¿Cómo escapar a lo simplemente biográfico?

Recordando, por ejemplo, que se escapaba al Nevado de Toluca y se metía a nadar en el más absoluto de los fríos como una muestra de su temple. Pero además, la novela histórica, por lo menos la que a mí me gusta leer y hacer, es una novela que se debe leer desde el presente. Cárdenas me interesa por sí mismo, pero sobre todo por el momento caótico, desmoralizado, del México de 2016. Me parece que es mucho más útil entender a Cárdenas, a su época y a su generación, en la actualidad que en ningún otro momento de la historia reciente de México.

—¿Y cómo acercarse al ser humano?

Tenemos una fuente inagotable con Cárdenas: dejó constancia de su vida en diarios desde que tenía 14 años. Esa grafomanía lo revela en su lado más humano, porque lo vemos discutir sobre política internacional, con una mirada sagaz, y adelantarse a numerosos sucesos de la realidad histórica. Pero también están todas sus diatribas, todo lo que no puede decir en público, porque es un hombre reservado. Le decían El mudo, La esfinge de Jiquilpan, y en privado escribe todo lo que piensa, incluso sobre Calles, antes de expulsarlo del país.

Gastón García Cantú y Cuauhtémoc Cárdenas publicaron en la UNAM (Obras. Lázaro Cárdenas, 1972) una fuente inagotable, que después se complementó con apuntes juveniles. Además, Siglo XXI publicó toda su correspondencia en tres tomos, mucha de ella pública. Entonces tenemos a un Lázaro Cárdenas mucho más humano, a través de sus propias palabras.

—¿Qué es lo que más te interesaba reflejar en Tierra roja?

Sin duda el lado humano, pero también que los mexicanos nos demos cuenta de su estatura política. En cuatro años y medio de su mandato él y su generación cambiaron al país: protagonizó el último momento en la historia de México en que hay un pacto entre gobernado y gobernantes. Y, sin embargo, hubo tanto cambio social, lo que él llamaba “la energía social del pueblo mexicano”, que el conservadurismo y la ultraderecha se afianzaron. Nació el sinarquismo, se fundó Acción Nacional. El último periodo de Cárdenas fue también un momento convulso, no solo por las polémicas internas, sino porque la presión internacional después de la Segunda Guerra Mundial estableció nuevas condiciones.

Al mismo tiempo, me interesaba que su imagen como el mejor presidente de México se confirmara, pero también la del mejor ex presidente, porque gracias a él no tenemos nuestro Guantánamo. Fue la figura moral en los años sesenta.

—En la novela aparece también retratada la vida nocturna.

Por supuesto: ahí está la presencia de Filiberto García, el detective de El complot mongol, que los herederos de Rafael Bernal me permitieron utilizar en una especie de precuela de la novela, con la idea de que el lector vea una época de la vida nocturna de la Ciudad de México, de la nota roja, de los grandes asesinatos, robos, secuestros y la creación de una policía de investigación política.

Muestro un país mucho más rico de lo que una biografía novelada alcanzaría a reflejar. Por eso me interesaba escribir un libro que tuviera mucho de la crónica roja, porque a veces es más fácil ver qué pasa en un país en la sección policiaca que en la de sociales.

Con información de: Milenio

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