
Oaxaca frenó su desarrollo económico por décadas y condenó al 80% de su población a la informalidad laboral
Durante cinco décadas, Oaxaca ha sostenido su crecimiento económico sobre dos pilares principales: turismo y mezcal. Aunque ambos sectores generan riqueza y visibilidad internacional, la falta de diversificación productiva terminó por limitar el desarrollo integral del estado, manteniéndolo rezagado frente al centro y norte del país, de acuerdo con datos del INEGI.
Sin proponérselo, Oaxaca construyó una economía dependiente de actividades rentables pero insuficientes para absorber su fuerza laboral. El resultado está a la vista: cerca del 80 por ciento de su población ocupada trabaja en la informalidad, reflejo de una estructura productiva incapaz de generar empleos formales, estables y bien remunerados.
Hace tres décadas, la economía oaxaqueña era predominantemente rural y de subsistencia. Agricultura tradicional, ganadería, café y cultivos básicos sostenían a miles de familias. Sin embargo, la baja productividad, la dependencia del temporal y el deterioro de los suelos impidieron que el campo se convirtiera en un verdadero motor competitivo de desarrollo.
En los años noventa, el sector primario representaba más del 20 por ciento del Producto Interno Bruto estatal y empleaba a más de la mitad de la población rural. Aun así, ni siquiera producía suficientes alimentos para el consumo local, obligando al estado a depender de mercados externos.
Con el paso del tiempo, Oaxaca transitó hacia una economía de servicios. El turismo creció con fuerza en destinos como Oaxaca de Juárez, Puerto Escondido y Bahías de Huatulco. Paralelamente, el mezcal dejó de ser bebida regional para convertirse en producto global, detonando exportaciones y atrayendo inversión nacional e internacional al sector.
El problema no fue el crecimiento de estos sectores, sino la dependencia excesiva en ellos. Turismo y mezcal generaron riqueza focalizada, pero no detonaron cadenas industriales amplias. Gran parte del valor agregado quedó concentrado en pocos actores, mientras amplias regiones serranas y rurales siguieron atrapadas en pobreza estructural persistente.
Hoy Oaxaca produce más del 90 por ciento del mezcal nacional. Ese auge trajo empleos, exportaciones y derrama económica, especialmente hacia Estados Unidos. Sin embargo, también generó efectos adversos: monocultivos de agave, presión ambiental, gentrificación y concentración de ganancias, reproduciendo desigualdades en vez de corregirlas de fondo.
La geografía también ha jugado en contra. Con un territorio 70 por ciento montañoso y 570 municipios, muchos pequeños y aislados, Oaxaca enfrenta enormes costos logísticos. Llevar infraestructura, servicios y conectividad a comunidades dispersas encarece cualquier proyecto productivo y reduce significativamente la rentabilidad de nuevas inversiones privadas.
A ello se suman bloqueos carreteros frecuentes, conflictos sociales y tiempos prolongados de traslado. Cada cierre vial encarece mercancías, desalienta inversiones y reduce competitividad. Aunque se han construido supercarreteras, diversos estudios señalan que la infraestructura vial por sí sola no ha logrado romper la inercia del estancamiento económico.
Otro freno histórico ha sido la baja industrialización. Mientras estados del norte y Bajío atrajeron manufactura, clústeres automotrices y cadenas globales, Oaxaca quedó fuera de esos circuitos. La inversión extranjera directa ha sido marginal, reflejando una economía de baja complejidad y escasa capacidad de transformación industrial significativa.
El rezago educativo y social profundiza esa trampa. Aunque hubo avances en cobertura escolar, persisten deficiencias en calidad educativa, deserción y acceso en comunidades indígenas. Las carencias en agua, drenaje, salud y vivienda limitan la productividad, reducen movilidad social y perpetúan ciclos intergeneracionales de pobreza estructural en regiones marginadas.
La gobernanza también pesa. La corrupción percibida sexenio tras sexenio, la incertidumbre regulatoria, el clientelismo político y los conflictos comunitarios elevan los riesgos para inversionistas. No se trata únicamente de falta de recursos públicos, sino de baja eficacia en convertir inversión gubernamental en capital productivo que genere crecimiento sostenido y expansión empresarial duradera.
La apertura comercial también amplió brechas. Mientras el TLCAN benefició al norte por su cercanía con Estados Unidos y mejor logística, el sur-sureste quedó rezagado. Oaxaca, junto con Chiapas y Guerrero, observó cómo la globalización favorecía regiones ya industrializadas, profundizando asimetrías económicas históricas que aún persisten.
Aunque el PIB estatal ha crecido recientemente, incluso por encima del promedio nacional en algunos años, la participación de Oaxaca en la economía mexicana sigue rondando apenas 1.5 por ciento. El crecimiento existe, pero parte de una base demasiado baja para cerrar rápidamente décadas de rezago acumulado.
La paradoja oaxaqueña es que si bien posee riqueza cultural, biodiversidad, recursos naturales y reconocimiento mundial, sus gobiernos no han traducido esas ventajas en prosperidad compartida. Así, sin proponérselo, Oaxaca apostó demasiado a pocos sectores y descuidó diversificación, innovación e industria, condenando a 1.5 millones de oaxaqueños a sobrevivir fuera de la economía formal.

