Jacinto sepulta a la muerte para sobrevivir

El silbido del viento se escucha entre el corredor de tumbas. El movimiento de las ramas de los árboles: Oyameles, truenos, ahuejotes acompañan el andar de Jacinto, el sepulturero en un panteón de Xochimilco… Un sombrero viejo de paja oculta su rostro ya cansado por el tiempo, los surcos profundizan su edad.

Suspira, limpia el sudor de su frente con un paliacate. Saca una botella de tequila, da dos tragos y advierte que no hay entrevistas. “Está prohibido; si se enteran, me corren”.

Pero, una plática sí se puede, “nomás mire y pregunte; no me tome fotos, hay que respetar a los que están aquí” y señala a las tumbas.

“Ya llevo 17 años en esto y ni pa’ cuando lo deje. Entierro a la muerte para poder vivir”, ironiza.

Jacinto se sacude el polvo con el sombrero. “No importa que seas rico, pobre, licenciado, teporocho, todos llegamos al panteón. ¿Y qué hay? Recuerdos. Los que bien se portan, yo digo, son a los que vienen a ver. Hay de todo, el día que te entierran te lloran, te rezan, te acompañan, pero, ¿luego? A muchos los olvidan, los abandonan. Ve, esta tumba tiene capilla, una plaquita, hay flores, tiene como una semana que las pusieron, está limpia”.

Se pone de pie, saca la botella de tequila y da otro sorbo…

“Mira este montón de hojas, no le pusieron nada, ni ‘entortado’, menos lápida… Yo estuve el día en que enterraron a la ‘doñita’. Ya tenía su edad. Ahí venía un montonal de gente en camiones y coches, hasta un mariachi le trajeron. ¡Qué triste! Lloraban que daban miedo, una señora se ‘estiró’ y se la llevaron a un carro, ya luego volvió y como nada. ¿Y ahora? Sepa dios ‘onde’ quedaron”.

ENTRE TUMBAS

Un hombre se presenta en el lugar. Voz aguardentosa, tez morena… Se acerca a Jacinto y le cuestiona.

¿Pa’ cuándo está esto? ¡No me ‘chingues’, ya llevas una semana en esta madr… y urge! Deja esa botella, que mañana debe de estar terminada–, el sujeto se aleja en una bicicleta.

“Pa’ lo que me va a dar; esté loco ese wey”, susurra el sepulturero.

Gana un poco más del mínimo, lo que deja en un panteón, afirma, “son las talachas”, la remodelación de las fosas, los trabajos externos, por el que hace, señala, “me darán tres mil pesos, pero ese canijo, que hizo el trato se quedará con unos 15 mil libres”. Una fosa con tres gavetas se cotiza en 25 mil pesos.

“Ya depende de cada quién, una lápida te la dejan en unos siete u ocho mil pesos, aunque están las que se pierden, que con una ‘pulidita’ quedan y esas salen en los tres mil quinientos, más unos 800 de la puesta.

Y si el interés es mayor, existen capillas que oscilan entre los 80 mil y 120 mil pesos, dependiendo del acabado que se pida y el tamaño.

NO ME ASUSTAN LOS MUERTOS

El primer día de Jacinto en el panteón le tocó una exhumación. “El encargado nomás dijo, ‘sígueme, vas a sentir la muerte’ y se soltó la carcajada el cabrón”.

Se subió a la camioneta y lo llevaron a una parte alejada del panteón, todavía había espacios…

“Llevé la pala y el pico hasta un montón de hojas; pensé que iba a quitar la basura, pero estaba una cruz de fierro vieja, ya ni se leía lo que decía. ‘Te toca sacarlo’, me dijo el patrón’”.

Comenta Jacinto que el sujeto se alejó y le anticipó que en dos horas ya debía estar listo.

“Ese día me persigné y empecé a escarbar. No sé si sea porque es tierra de panteón, pero se entierra la pala fácil, no llevaba ni la media hora de sacar la tierra cuando llegué a las planchas de cemento, las quité y saqué nomás trozos de madera ya podrida, se me helo el cuerpo cuando vi los huesos del difunto. Lo tenía que sacar y ni modo que entero, tuve que echar a un costal hueso por hueso, lo último fue el cráneo, le faltaban los dientes de enfrente. Ese día no dormí nomás de pensar en el muertito, al otro día le platiqué a mi mujer y ya me quería llevar con el padre pa’ el agua bendita. Se siente mal uno, que te abandonen y un cabrón te saqué de la tierra para que luego de un tiempo te echen al horno y nadie sepa ‘onde’ quedaste”.

El enterrador señala que hay que temerles más a los vivos, “lo de los muertitos está en la cabeza, ¿qué te pueden hacer?”.

¿Qué hay de la venta de huesos en los panteones?

“¿No me digas que eres de esos que buscan una calaca? Si le buscas, igual y sí los hay por ahí, pero aquí, conmigo no tienes chance. En estos años he sabido que de pronto hay huesos y al otro día desaparecen. Los venden, no sé cuánto, pero, yo no lo hago”.

Jacinto suspira, no hay más tiempo para seguir la plática, “es momento de chingarle, que ese wey vendrá en la noche y si no ve el trabajo, no me paga”.

Con información de Excélsior.

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