De sucesor inesperado a presidente absoluto: el ascenso implacable de Nicolás Maduro en Venezuela / II de III

De sucesor inesperado a presidente absoluto: el ascenso implacable de Nicolás Maduro en Venezuela / II de III

Cuando Hugo Chávez murió en marzo de 2013, millones lloraron en la calle y millones más temieron el futuro. Maduro apareció ante las cámaras con voz temblorosa, prometiendo continuar el legado del “comandante eterno”. En aquella imagen nacía un líder improvisado, sostenido por la nostalgia popular y el aparato militar chavista.

El duelo nacional impulsó a Maduro en las elecciones de abril de 2013, que ganó por un margen mínimo, apenas visible entre denuncias de fraude. Su victoria no fue un mandato, sino un aviso del país dividido que heredaba. Aun así, asumió el poder convencido de ser elegido por el destino.

Desde el inicio, Maduro eligió el control antes que la reconciliación. Purga tras purga, fue sustituyendo técnicos por leales, críticos por aduladores y expertos por operadores ideológicos. Reforzó alianzas con Cuba, Rusia e Irán, que vieron en él un instrumento útil para proyectos geopolíticos enfrentados a Estados Unidos.

La economía comenzó a desplomarse bajo decisiones torpes y corrupción creciente. La inflación se transformó en hiperinflación, los anaqueles se vaciaron y el éxodo masivo de venezolanos se volvió tragedia continental. En lugar de rectificar, Maduro achacó la crisis a conspiraciones extranjeras, sanciones imaginarias y supuestos “golpes económicos”.

Para mantener el poder, construyó un sistema de dependencia. Los CLAP repartían comida a cambio de lealtad política; los colectivos armados patrullaban barrios para controlar protestas; tribunales y fiscalías se convirtieron en herramientas disciplinarias contra disidentes. Venezuela dejaba de ser democracia y se hundía en un autoritarismo cada vez más descarado.

Su reelección de 2018 fue una obra teatral sin opositores reales. Líderes como Leopoldo López y Henrique Capriles estaban presos o inhabilitados, y la abstención alcanzó niveles históricos. Aun así, Maduro celebró el triunfo como ratificación popular, mientras el mundo denunciaba el fraude y aumentaban las sanciones internacionales.

En 2024 llegó su fraude más burdo. Con María Corina Machado inhabilitada y Edmundo González como candidato opositor, el gobierno manipuló máquinas, cerró centros de votación y retuvo actas. El Consejo Nacional Electoral anunció la victoria de Maduro sin transparentar resultados. La oposición presentó 30 mil actas que mostraban lo contrario.

El mundo reaccionó con indignación. Gobiernos, organismos internacionales y expertos electorales denunciaron el fraude como uno de los más descarados de América Latina. Sin embargo, Maduro resistió gracias al respaldo militar, el control absoluto de instituciones y alianzas externas que lo consideraban útil. Así prolongó artificialmente su permanencia en el poder.

El círculo íntimo del régimen —Cilia Flores, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez y Padrino López— lo protegía mientras tejía redes criminales. Entre corrupción petrolera, oro ilegal, lavado de dinero y narcotráfico, acumulaban fortunas ocultas en paraísos fiscales. La revolución bolivariana se convirtió en un negocio de élites armadas.

Para 2025, la presión internacional era insostenible. Estados Unidos lo acusó de narcoterrorismo, ofreció recompensas y preparó operativos clandestinos. El régimen parecía estable desde fuera, pero por dentro comenzaba a resquebrajarse. Era el inicio del fin: el ascenso improbable de Maduro estaba a punto de transformarse en una caída histórica.

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