CONTRAFUEGO … Columna del periodista Aurelio Ramos Méndez

CONTRAFUEGO … Columna del periodista Aurelio Ramos Méndez

LA REVOLUCIÓN DE LA CLAYUDA

La inauguración del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles desató potentes vientos que conformaron una corriente de chorro, susceptible de ser aprovechada para impulsar una movilización social y gubernamental capaz de revertir la aberración de denominar tlayuda a la clayuda.

Ya corrió mucha agua bajo el puente en torno al repulsivo clasismo y racismo, la estupidez de la aporofobia y el supremacismo en general, escondidos en pliegues no muy profundos de nuestra sociedad y exhibidos en la apertura de aquella terminal aérea.

Vale por ello explorar otra vertiente del mismo tema, la conveniencia de corregir el disparate de haber remplazado la letra C por la T en el voquible que designa a ese ancestral manjar. 

Corrección que es menester emprender, así parezca más fácil quitarle a la clayuda el asiento –el sedimento del chicharrón– que la T para devolverle la eufonía.

La sabrosa megatortilla del Valle de Oaxaca fue fantasiosa pero fulgurante protagonista de aquel evento, en el cual la ignorancia puso su parte y la confundió con otro preparado, uno del Valle de México.

Cualquiera que se haya comido una clayuda en la capital oaxaqueña sabe que la tortilla azul de maíz resquebrajado con nopales, que la admirable doña Lupita Piña vendió afuera del nuevo aeropuerto, también puede llamarse clayuda pero es otra cosa.

El supino desconocimiento de la riqueza culinaria de Oaxaca –sin duda la capital gastronómica de México por la variedad de sus ingredientes y el talento de sus aplicaciones– hizo que funcionarios del gobierno de ese estado, a principios de los 90, modificaran la armoniosa denominación de la clayuda.

Hablar bien, vale decirlo sin resabio alguno de clasismo, constituye en efecto un privilegio de clase. Habla bien quien fue a la escuela y tuvo acceso a los libros y la cultura.

Pero el idioma, en última instancia –dicen especialistas–, constituye un sistema vivo y por lo mismo cambiante, en el cual acaba por imponerse el uso que, con sus virtudes, errores o defectos, le dan los hablantes.

Sirva este aserto como consuelo para referir el extendido y nada eufónico error de pronunciación, consistente en trocar la P por la C para –por ejemplo– decir “sectiembre” o “pecsi”, en lugar de septiembre y Pepsi, o la T por la C inicial de Tlalnepantla –“Clanepantla”–, y la C por la T en el gazapatón “tlayuda”.

Tras el vendaval contra el supremacismo sobrevino esta vez la impostura.

Periodistas que han hecho del glamur menos que de la competencia profesional elemento capital de su fama y fortuna, salieron con el cuento de que son genuinos gourmand de las garnachas. 

Y que, asimismo, son fanáticos de la majestuosa tortilla entre blandita y tostada, de aroma estupefaciente –más aún si es de maíz nuevo—, untada de asiento y con hebras de quesillo o queso fresco de Etla. Aunque nadie nunca los haya visto clayudeando por Jalatlaco, el antiguo barrio de curtidurías de la Antigua Villa de Antequera.

Joaquín López Dóriga se declaró adicto, también, a las garnachas.

De los tacos, sopes, huaraches, chalupas, tlacoyos y gorditas, a las quesadillas, tostadas, flautas, chimichangas, pambazos y pozoles, pasando por los panuchos, las picaditas, los molotes, corundas, cemitas y tamales.

Antojitos, todos estos, que comparados con la señorial clayuda prueban sin embargo cómo es posible, con los mismos ingredientes básicos, preparar dos alimentos tan nada que ver.

El famoso comunicador aprovechó el viaje para tundir al Presidente López Obrador por haber eludido meterse en el espeso caldo de corrupción en que flotan Julio Scherer y Alejandro Gertz, y en cambio, haber defendido a las garnachas y la soberana clayuda.

Con apoyo en opiniones de nutriólogos, Amlo había dicho –con lamentable validación de la T– que “las tlayudas son lo más nutritivo que puede haber”. Lo cual resulto malsonante y excesivo, sí, pero no mentiroso.

“Y es que hay prioridades…”, escribió a su vez, con sorna y usando el indigesto que galicado, el reportero que fue consentido de José López Portillo.

“Así documentó que, como Presidente, tiene otras cosas más importantes que atender…”, añadió, corrosivo, El Güero de Jolopo.

Sí, el mismo que suele destinar valioso tiempo de televisión a asuntos realmente importantes, como mostrar con desparpajo sus calcetines llamativos y costosos.

Condescendiente se mostró igualmente Adela Micha, ensalzando a esa verdadera reina del sur que es la clayuda. Lo hizo, menos mal, sin su fastidioso datismo, esa propensión a la desagradable repetición de sinónimos que la caracteriza.

No halló sinónimos, claro, por la sencilla razón de que incluso en el lenguaje la deliciosa ambrosía oaxaqueña carece de equivalentes o analogías…

Azucena Uresti –oriunda de los pagos donde, según Vasconcelos, termina la cultura gastronómica y empieza la carne asada–, exigió con talante de inimputable, de quien no tiene conciencia del alcance de sus actos, que el Presidente le explicara dónde estuvo el clasismo en el hecho de haber informado sobre la venta de clayudas en Santa Lucía.

Poco de qué hablar en este caso, si se trata de la comunicadora que en su noticiero confundió las apetitosas pero modestas doradas con la regia tortilla oaxaqueña, reservada para acompañar otras exquisiteces tales como tasajo, chorizo, cecina o chapulines. Y, nada más.

Porque no son clayudas esas tortillas pasadas de tueste y tirando a duras, sin sobriedad ni majestad, especie de dorilocos, a las que se les pone de todo, apelmazado y en exceso, que ya han hecho carrera en el mercado.

Y tampoco lo son esas obleas aderezadas no con una deliciosa salsa de chile de onza o de jitomate y chile de agua, sino con mejunjes industriales ricos en benzoato de sodio y dióxido de silicio, para colmo emplatados como crepa, doblados en dos o cuatro.

La ensoñación colectiva de la clayuda en los andenes del primer aeropuerto construido en el país en casi un cuarto de siglo, representa una oportunidad de oro para la reivindicación de la correcta denominación de esa sabrosura.

El pueblo oaxaqueño y sus instituciones e instancias de democracia representativa, empezando por el gobernador Alejandro Murat, deberían acometer sin dilaciones tal propósito.

Deberían emprender algo así como la Revolución de la Clayuda. Movimiento éste que, aun sin haber comenzado, ya reportó su primera escaramuza.

En el mercado popular de la colonia Progreso Nacional, en la capital del país, un letrero –no es guasa– anuncia a modo de venganza y celebración de la clayudera C: “Se venden clacoyos”.

BRASAS

“Un error”, lo consideró el Presidente, pero fue, sin atenuantes, una perfecta estupidez.

El haberse adelantado el mandatario al anuncio oficial de aumento a las tasas de interés por el Banxico pudo haber causado un cataclismo económico.

¿Ignora el Jefe del Ejecutivo lo delicado del asunto?

¿Ya olvidó, o nunca supo, que un madrugador anuncio de devaluación detonó el error de diciembre, tumba política de Jaime Serra Puche?

La primicia de nuestro lengüilargo gobernante por fortuna no tuvo los alcances de la estulticia que en 1994 derrumbó los indicadores económicos pegados con babas, herencia de Carlos Salinas. 

En el pecado llevó Amlo la penitencia. Dotó de abundante parque a sus adversarios, tuvo que disculparse con Victoria Rodríguez Ceja y confundió a sus simpatizantes.

Federico Arreola escribió que el Presidente “echó de cabeza” a Rogelio Ramírez de la O, al haber dicho que este funcionario, concurrente legal a las juntas de Banxico, fue quien le informó del acuerdo relativo a las tasas.

Cabe semejante dislate sólo si el director de SDP Noticias cree que el titular de Hacienda acude a las reuniones del Banco por mera ociosidad y para conocer información de consumo personal, no institucional ni compartible con su jefe.

En idéntica necedad se instaló Carmen Aristegui, duro y dale con que Ramírez de la O violó la ley y debe ser sancionado por haberle informado a su superior jerárquico.

¡Hasta los barones de la Asociación de Bancos y los funcionarios del Banxico minimizaron la bobada presidencial, pero la influyente periodista –famosa por su atafagante verbosidad— hizo tiras con el pellejo del Peje!

Le ha llovido, merecidamente, al tabasqueño. Podría decirse que “el que tiene boca, se equivoca”. Pero resulta más atinado ponerlo en palabras de Aguilar Camín:

“¡Por pendejo!”

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Artistas y ambientalistas de coffe shop desplegaron una intensa campaña de racismo medioambiental.

Se proponen privar a los mayas y habitantes del sureste en general del usufructo sustentable de sus recursos naturales.

Con el cuento chino de proteger la selva, los mantos freáticos y el aire limpio, azuzados por quien sabe quién, se atravesaron de patas y manos con un video en contra del Tren Maya.

El racismo ambiental, como se sabe, consiste en esa práctica nefasta de someter a los pobres y comunidades indígenas y marginadas a los intereses de los grupos dominantes en el aprovechamiento de sus recursos.

Llama la atención, en este escenario, el que no se haya visto a ninguno de esos ambientalistas de ocasión oponerse a la conversión de zonas precaristas en enormes basureros de nuestras grandes ciudades.

Tampoco se les ha escuchado propuesta alguna para al menos habilitar rellenos sanitarios en zonas de lujo como Polanco o Las Lomas de Chapultepec.

Menos aún dieron señales de vida ante el uso del terrible glifosato en nuestros campos.

Ni ante el envenenamiento del aire y el agua de pueblos enteros por la acción de la industria alimentaria, porcina o avícola.

Y no se les vio oponerse al boom de la minería –gran parte ilegal–, a pesar de que, de acuerdo con cálculos de la Agencia Internacional de Energía, una mina afecta la biodiversidad en un radio de 70 kilómetros a su alrededor.

Dato que, por cierto, obliga a prever las consecuencias de los planes para incrementar las energías limpias –tan caros a los adversarios del actual gobierno–, pues ello requerirá ingentes volúmenes de minerales tales como litio, cobre, cobalto, níquel, tántalo y la serie de elementos contenidos en las llamadas tierras raras.

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Con escándalo reaccionaron malquerientes de la 4T al ver en un documental al general Gustavo Vallejo dándole la bienvenida a una estatua ecuestre de Felipe Ángeles, en el AIFA: “¡Es un honor recibirlo!”

Menos histrionismo y más memoria.

O, ¿no los fiscales de Carlos Salinas, Antonio Lozano y Pablo Chapa, enredaron a propósito los casos Colosio, Posadas y Ruiz Massieu, apoyados en testimonios de brujos y videntes como La Paca?

¿No en tiempos de López Portillo el ilusionista Uri Gueller entraba y salía de Los Pinos?

Y, ¿no mediante rituales de magia negra, en África, que incluían el sacrificio de leones, Elba Esther Gordillo conjuró los maleficios de Ernesto Zedillo?

La superstición, el chamanismo, esoterismo, taumaturgia, brujería, hechicería, las aptitudes paranormales y otras yerbas, han sido siempre un recurso de personajes del poder para engañar incautos. Lo que no es privativo de nuestros lares ni de nuestros días.

En Venezuela Maduro conversa con pajaritos y en Colombia Álvaro Uribe sostiene amenas pláticas con estatuas.

Y la prensa más atenta a lo verdaderamente importante en nuestro país pilló a Amlo usando “su corbata de la buena suerte” en la inauguración del AIFA. 

Para no hablar del espiritista Francisco I. Madero, que sostenía ardorosos debates con el difunto Benito Juárez.

Lo del general Vallejo fue apenas un recurso retórico distorsionado y magnificado por el rencor contra la 4T.

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RESCOLDOS

Más tardó el Presidente en decretar la conversión del Lago de Texcoco en Área Natural Protegida, que Lilly Téllez en hacer las cuentas de la lechera. “Se revertirá esta decisión”, publicó la senadora en sus redes. Y “el NAIM será realidad y el primer vuelo será a Canadá”, añadió, como vendiendo la leche cuando aún no tiene la vaca. Pobre…

El fiscal Alejandro Gertz Manero se ha vuelto insostenible en su cargo. No sólo por su pleito con Julio Scherer ni su inmenso y obscuro patrimonio o sus cruentas pugnas familiares, sino por sus nulos resultados en el combate a la corrupción. Resultado, claro, de su distracción en asuntos personales. ¿Actuará el Presidente? Corren apuestas…

aurelio.contrafuego@gmail.com

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