CONTRAFUEGO … “La violencia y la politiquería” – Aurelio Ramos Méndez

CONTRAFUEGO … “La violencia y la politiquería” – Aurelio Ramos Méndez

La violencia y la politiquería

Exaspera el observar la ruindad de nuestra clase política toda, que se refocila en la atroz violencia que desangra al país en lugar de deponer sus apetencias y explorar, conjunta y honradamente, soluciones democráticas para este fenómeno.

Los políticos –de todo pelambre, en el gobierno y en la oposición– usan el problema de la inseguridad pública como arma arrojadiza, en indecente procura de dividendos electorales.

Se muestran distantes años luz de la angustiosa cotidianidad que afrontan los ciudadanos. Y se afanan en tapar evidencias incriminatorias:

Ninguna de las fuerzas que han accedido al poder en lo que va del siglo, en los tres órdenes de gobierno, sobre todo el federal, ha logrado cumplir la obligación primordial de garantizar la seguridad de los mexicanos.

Frente a semejante saldo, lo que procede es la prudencia, la comprensión, el silencio y la colaboración desinteresada con el gobierno de turno, nada de lo cual se ha visto. Al contrario.

Indignantes intentos de sacar raja menudean ante el asesinato de los sacerdotes jesuitas Javier Campos Morales y Joaquín Cesar Mora, y del guía de turistas Pedro Palma Gutiérrez.

Desde las parcelas de la oposición, donde se agazapan fuerzas que no solo fracasaron en el combate sino incluso fertilizaron la delincuencia, se critica la indefendible y ciertamente fallida estrategia del actual gobierno.

Desde la Presidencia y la 4T, se ataja con determinación las impugnaciones y se señalan, con razón, las complicidades, ineptitud y dejadez de anteriores administraciones, en primerísimo lugar el calderonato.

El jefe del Ejecutivo, instalado en su fuerte que es la intransigencia, ya dijo no al cambio de ruta, y hasta desdeñó a sus contradictores: “¡Sigan con su campaña de desprestigio!”.

Las acusaciones vuelan por los aires con inocultable intención, de lado y lado, de ganar votos.

De los políticos y periodistas a los intelectuales y académicos y aun los jerarcas eclesiásticos y las autoridades jesuíticas, todos se llenan la boca con demandas de modificación de la estrategia, pero nadie dice cómo debe ser el nuevo plan.

El debate se agota en la enfadosa, inaguantable cantaleta de ponerle fin a la táctica de “abrazos, no balazos”, que se repite a granel y deja entrever la sanguinaria aspiración de combatir a bala la criminalidad.

Y si con su lenguaje discapacitado Amlo expresa la convicción humanista y democrática de respetar los derechos humanos de los delincuentes, la atmósfera se llena de primitivas recriminaciones y sesgadas interpretaciones de simpatía, amor, pactismo y protección a mafiosos.

El problema de la inseguridad alimenta, ¡cómo no!, ambiciones presidencialistas. De cara a la masacre de Chihuahua, Ricardo Monreal lanzó su atarraya.

Contra la negativa presidencial de hacer cambios, replicó:

“Respeto la decisión del Presidente, pero el Senado va a hacer su trabajo. Su trabajo es precisamente revisar la estrategia y aprobar el Plan de la Guardia Nacional.”

Con celo laboral que no se le conocía, afirmó que no intenta confrontarse con el Presidente, “pero sí es nuestra obligación constitucional la deliberación, el enriquecimiento de los planes de seguridad”.

De ser cierto que el Legislativo cumplirá ahora sí con su trabajo, cabe esperar que del rigor deliberativo que Monreal promueve surgirá, por fin, la imprescindible legalización de las drogas.

Esta medida constituye el único camino seguro para erradicar la violencia que implica el comercio de substancias ilícitas.

Tal como ha quedado demostrado en numerosos países. Y tal como lo propuso, desde hace medio siglo, el sumo sacerdote del neoliberalismo, Milton Friedman.

Mientras las drogas continúen siendo ilegales –se ha dicho hasta el fastidio y la necedad— no habrá estrategia de seguridad que funcione y nuestro país seguirá inmerso en la más espantosa violencia.

La obstinación de Amlo de persistir en el enfoque represivo del problema, con apenas algunas diferencias de matices respecto a sus antecesores, nos tiene hundidos en la barbarie. Con centenares de miles de muertos y en imparable degradación social e institucional.

Esta testarudez ha terminado por sepultar las aspiraciones de grandeza histórica del tabasqueño, hermanándolo no con Hidalgo, Juárez ni Madero sino con algunos de los peores gobernantes.

Nuestros políticos se entretienen alegremente mientras la delincuencia enluta hogares, no en unos cuantos municipios –como buscan hacer creer las autoridades—sino a lo largo y ancho del país.

“El diablo metido a predicador”, el dirigente del PAN, Marko Cortés, expresó que “el pacto de López Obrador con los criminales” ha ocasionado en tres años más homicidios de los que hubo en todo el sexenio de Calderón.

El priista Alejandro Alito Moreno –tan probo él– exigió que el gobierno “resuelva urgentemente la grave crisis de inseguridad”, pues –dijo, sin aportar ni la menor prueba– “no podemos tolerar que México se bañe de sangre al amparo del poder”. 

Y el Presidente, en ociosa autodefensa, consideró “muy ruin” el que a cada hecho de sangre la oposición “lo primero que hace es voltear a ver hacia nosotros”.

Se preguntó si el caso de los jesuitas no es del fuero común y si carece de responsabilidad el gobierno local. Y, apuntó con sorna: “¿Cuánto tiempo (lleva) gobernando el mismo grupo en Chihuahua?”.

¡Ni a cuál irle! Con un mínimo de pudor la oposición debería cerrar el pico y agachar la cabeza.

Con una pizca de honestidad intelectual, el Presidente debería reconocer que, a estas alturas del sexenio, el absoluto fracaso en el rubro de la seguridad es responsabilidad suya y de nadie más.

Frente al escalofriante escenario nacional, nuestra clase política y gobernante deberían hacer un alto para asumir sus culpas sin marrullerías.

Y preguntarse hasta cuándo la grilla de la peor factura suplirá la responsabilidad de contribuir –como debe ser en una democracia– a la solución de los problemas sociales.

BRASAS

Lo dicho: Va por México, se va. O, mejor aún, se fue.

El empresario Claudio X. González ya presentó, vía Twitter, el rediseño de la coalición opositora, de la cual se busca popularizar la denominación Ola Ciudadana.

Como si se tratara de un virus maligno en su quinta ola, la nueva variante del tutiplén de membretes fue anunciada con notorio temor y virtual sigilo.

El cambio de identidad busca disimular el rechazo de Movimiento Ciudadano a sumarse al amontonamiento de rótulos, y esconder a los desprestigiados PRI, PAN y PRD.

Así lo publicó el magnate cuyos dineros constituyen la argamasa del bloque opositor:

“VXM+MC indispensable para echar a Morena en el ’24, pero insuficiente. El elemento activo para el triunfo y para construir un país+parejo y próspero es una soc. civil y una ciudadanía +activa, propositiva y perseverante. El cambio está en nosotros. Hay que crear la ola ciudadana”.

En el afán de disimular la rotunda negativa de MC, Claudio X. develó el tamaño del desafío de desplazar a Morena.

Reconoció a regañadientes la importancia del partido de Dante; pero apuntó que para ganar en 2024 el respaldo de esa fuerza no sería suficiente.

Se necesita –afirmó desesperanzado—el apoyo de la sociedad civil. Tiene razón: con las huestes de VXM alcanza para hacer la ola en el Azteca, mas no para ganar la Presidencia. 

Bien visto el asunto, sin embargo, Claudio X. más que presentar el nuevo camuflaje de la coalición rindió la plaza.

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Se necesita ser empedernido cara dura para intentar imputarles a otros las culpas propias. Y eso trató de hacer, por enésima ocasión, Felipe Calderón.

En el colmo del cinismo y el oportunismo, aprovechó para su inmoral lance el asesinato en Chihuahua de los sacerdotes jesuitas.

Con la audacia del ladrón que para despistar grita “¡atrápenlo!”, publicó en Twitter lo siguiente:

“Ahora el crimen organizado que controla la Sierra Tarahumara alcanzó a la Compañía de Jesús”. Y exigió justicia y expresó condolencias a los jesuitas y familiares de las víctimas.

Se necesita cachaza, total ausencia de escrúpulos –o estar dopado– para tratar puerilmente de engañar a todos los mexicanos con la falacia de que el control del crimen organizado en la Tarahumara –y gran parte del país—no data de muchos años, sino de ahora.

En modo alguno esto significa eximir al actual gobierno de la responsabilidad que le corresponde en la persistente inseguridad y violencia, recrudecidas por la inútil guerra contra el narco.

Que sean la prensa o los ciudadanos comunes quienes critiquen la ineptitud de la 4T frente a la violencia, santo y bueno. 

Pero que quien atribuya culpas sea el mismo que inició la era de sangre equivale a ver al diablo metido a predicador. Es descaro y afán de lavarse las manos ensangrentadas. 

De “¡hipócrita!” no bajaron al exmandatario en las redes usuarios memoriosos que refirieron que durante el calderonato fueron asesinados 17 religiosos.

Y que hasta la jerarquía católica denunció ante Calderón a Genaro García Luna, pero el mandatario le refrendó a éste su respaldo cómplice.

RESCOLDOS

El presidente electo de Colombia, Gustavo Petro, tiene la vista puesta en México. Entre sus principales proyectos de arranque de gobierno, está la asociación de los dos países para producir, en el norte de México, energía solar que se destinaría tanto al mercado mexicano como la venta a los Estados Unidos. Petro asumirá el poder el 7 de agosto y de inmediato planteará la asociación de Ecopetrol con Pemex y la CFE. Su propósito es lograr la transición energética de Colombia, del petróleo y el carbón a las energías limpias. Se propone, además, hacer de su país una potencia en la producción y exportación de hidrógeno verde…

Amlo no anda tan perdido como afirman sus malquerientes. Lo prueba la inminente instalación –en Coahuila y otros puntos del norte– de plantas para la generación de energía solar de exportación a Estados Unidos. Prueba de la importancia que le confiere al aprovechamiento de la cercanía con la potencia vecina. Sin denominarle nearshoring, como dice y repite el ramplón esnobismo de sus detractores…     

Es indefendible el desempeño general de Alejandro Gertz Manero. Los resultados de su gestión son prácticamente nulos y eso basta para que desde hace rato debiera estar en casa, jubilado. Pero acusarlo de presionar a Emilio Lozoya Thalman, padre del exdirector de Pemex preso por ladrón, es algo que no tiene asidero. En los audios filtrados con conversaciones entre Gertz y Lozoya T. puede escucharse a un fiscal digno, franco y enérgico. “¡Escojan a un abogado decente para que los represente!”, le recomienda sin rodeos. El progenitor del delincuente, en cambio, se exhibe maniobrero y obsequioso hasta la abyección.

Esperanzadoras reacciones de la sociedad generaron las agresiones en redes sociales a Jesús Ernesto, el hijo menor del Presidente López Obrador. No todo está perdido. Fueron copiosas las manifestaciones de repudio a la bajeza y cobardía de quienes promovieron el ataque al adolescente. El mandatario recriminó de manera justa, enérgica y atinada la miserable campaña contra el menor.  Es cierto: ¡hasta en las verdaderas mafias la familia es intocable!

En el PRI es peor aceptar un puesto en el servicio público que ser un corrupto, extorsionador, traficante de influencias, operador financiero con recursos de procedencia ilícita, y en suma un cleptómano en fase terminal. Al primero se le expulsa del partido, al segundo se le hace líder. Díganlo si no, Claudia Pavlovich y Alejandro Alito Moreno…

aurelio.contrafuego@gmail.com

 

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