
POLÍTICA EXPRÉS | *Hipocresía judicial, frivolidad y desencanto: la Suprema Corte pierde autoridad moral ante los mexicanos
La Suprema Corte de Justicia de la Nación atraviesa uno de sus momentos más delicados. Lejos de consolidarse como garante de equilibrios democráticos, hoy es vista por amplios sectores sociales como una institución distante, complaciente y contradictoria. Encuestas recientes reflejan un desencanto creciente ante conductas que parecen privilegiar el poder, no la justicia.
La independencia judicial, pilar indispensable de cualquier democracia, se debilita cuando los ministros parecen más atentos a los intereses del Ejecutivo que al mandato constitucional. Bajo el liderazgo del oaxaqueño y mixteco Hugo Aguilar, la Corte proyecta una imagen de alineación política que erosiona su credibilidad y contradice el espíritu original de la reforma judicial.
El episodio de los zapatos en Querétaro, más allá de lo anecdótico, reveló una cultura interna marcada por jerarquías humillantes y gestos de soberbia. Permitir que colaboradores se arrodillen públicamente para limpiar calzado simboliza una relación vertical incompatible con el servicio público y la ética republicana.
La pasividad mostrada por el ministro ante esa escena reforzó la percepción de indiferencia frente al abuso simbólico del poder. Aunque se intentó minimizar el hecho, el video evidenció una actitud distante. Estos comportamientos alimentan la idea de una élite judicial desconectada de la realidad cotidiana de los ciudadanos.
Iniciar sesiones en su lengua originaria podría ser un gesto poderoso de inclusión. Sin embargo, cuando no existe traducción ni políticas reales de acceso, se convierte en un ritual vacío. La diversidad cultural no se honra con actos simbólicos aislados, sino con reformas profundas que garanticen justicia efectiva para los pueblos indígenas.
La compra de camionetas blindadas de lujo, pese al discurso de austeridad, expuso una contradicción flagrante. Prometer cercanía con el pueblo mientras se adquieren vehículos millonarios resulta ofensivo para una sociedad golpeada por la desigualdad. La posterior devolución solo evidenció una reacción oportunista ante la presión pública.
En materia fiscal y judicial, los fallos recientes refuerzan sospechas de parcialidad. Resoluciones favorables al Estado, incluso en casos controvertidos, sugieren una prioridad recaudatoria sobre la equidad. Cuando la justicia parece subordinada a intereses gubernamentales, se debilita la confianza de inversionistas y contribuyentes.
El manejo de casos juzgados y su posible reapertura también ha generado inquietud. Aunque respetar la cosa juzgada es correcto, hacerlo solo tras presiones políticas deja dudas. La justicia no debería ajustarse al clima mediático, sino sostenerse en principios jurídicos firmes y coherentes.
Las encuestas de opinión reflejan un rechazo creciente hacia la conducta de los ministros. Para muchos mexicanos, la Corte ya no representa un contrapeso, sino una extensión burocrática del poder. Esta percepción mina el respeto institucional y alimenta el escepticismo hacia todo el sistema democrático.
A México le urge una Suprema Corte austera, sensible e independiente, no una atrapada en frivolidades y lealtades políticas. La diversidad y los símbolos no bastan sin integridad real. Recuperar la confianza ciudadana exige congruencia, valentía y compromiso auténtico con la justicia, no con los vientos del poder.

