
Anne Carson se enteró del Nobel de Literatura 2026 y dijo que escaparía al bosque
Estaba comiendo galletas, tomaba una taza de té y leía London Review of Books, una de las revistas culturales e intelectuales más importantes de Europa, nacida en 1979, de la que Carson es colaboradora y la cuál ha reseñado y publicado textos de la canadiense. Se trata de una publicación bimestral.
Si la edición que tenía en sus manos era la vigente, la número 17 del volumen 48, publicada el pasado 10 de septiembre, entonces esa revista contiene el texto que Carson escribió sobre el concierto de la cantante española Rosalía en Chicago en junio de este año, titulado “On Rosalia”. En él, a grandes rasgos, Anne relató la resaca posterior a la presentación frente a eufóricos 20,000 asistentes.
En eso, notó que el piso necesitaba ser barrido, así que se levantó para atender el llamado de la escrupulosidad. El teléfono no paraba de sonar, pero ella, acostumbrada a apagarlo cuando recibe llamadas, hizo lo acostumbrado.
Hasta que intervino su esposo, Robert Currie, quien tomó el aparato y consiguió que Carson regresara la llamada. Del otro lado estaba Jenny Rydén, de Nobel Prize, para comunicarle oficialmente la noticia que, pocos minutos después, conocería el mundo entero.
“Es bastante loco”, respondió Carson cuando Rydén la felicitó.
La escritora canadiense, ganadora del Nobel de Literatura 2026, no había preparado una reacción y ahora había dejado el suelo a medio barrer y una revista a medio leer. Tampoco parece haber tenido tiempo de construirla. Cuando Rydén le preguntó por qué todo aquello le parecía tan absurdo, Carson fue directa: “¿Quién esperaría esto, por Dios?”.
“No estoy siendo lo suficientemente efusiva”
Aquella escena estaba lejos de la solemnidad que suele acompañar al anuncio del Nobel. Carson se encontraba en su casa de Reikiavik, frente al mar y con vista hacia el Ártico.
“Sólo estoy comiendo galletas saladas y bebiendo una taza de té. Nada realmente dramático todavía. Todavía es de mañana (…) Me di cuenta de que el piso necesitaba ser barrido, así que me levanté a hacerlo. Luego hubo todas estas llamadas telefónicas”, dijo la poeta antes de ser interrumpida por Currie:
“Yo soy su esposo. Me la debes porque de hecho fui yo quien hizo que te llamara de vuelta”.
A lo que Carson secundó: “él siempre hace eso. Yo desvío las llamadas y me hace devolverlas (…) Lo siento, no estoy siendo lo suficientemente efusiva para ustedes”, dijo durante la conversación. Después de todo, explicó, para ella y aquella región septentrional, era simplemente un día normal.
“Vamos a escuchar el silencio”
Cuando llegó la pregunta inevitable —qué significaba para ella el Nobel—, Anne Carson tampoco ofreció una respuesta ceremonial. En cambio, ella y Currie ya estaban considerando qué hacer con el dinero del premio, los nada despreciables 12 millones de coronas suecas, algo así como 1.2 millones de dólares.
“Sólo estamos pensando en maneras de regalar el dinero. Tenemos un amigo que necesita una casa”, expuso. “Siempre damos mucho a Médicos Sin Fronteras”, agregó. “Sí, quizás hagamos algo así”.
Tampoco había pensado en una celebración. Su respuesta fue más bien poética y obstinada con aquello de ignorar la comunicación remota.
“Vamos a salir a caminar por el bosque para no tener que contestar el teléfono, la verdad. Después vamos a escuchar el silencio”, adujo Carson.
Ese gusto por desarmar las expectativas apareció una y otra vez en la conversación. Al preguntarle cómo describiría su obra para quienes todavía no la conocen, Carson respondió con una palabra: “Inadvertida”.
¿Y por dónde debería empezar un lector que quiera acercarse a sus libros? “No lo sé. Por cualquier parte. La mayoría de la gente lee la autobiografía. La he leído, me parece accesible. Pero no sé. Empieza en el medio, siempre digo eso”.
Y cuando la entrevistadora le pidió que precisara qué significaba eso, Carson respondió: “Lo que sea que quieras que signifique”.
“La vida es aburrida”
La conversación llegó entonces a uno de los asuntos centrales de su obra: la relación entre los clásicos y el presente. Pero Carson rechazó de inmediato la idea de que su trabajo deba justificarse por su “relevancia” contemporánea. En cambio, dijo: “Estoy interesada en que nosotros seamos relevantes para ellos (los clásicos)”.
Tampoco quiso concederle demasiada importancia a otra de las obsesiones que suelen atribuirle: evitar el aburrimiento. No es tan importante, dijo. Simplemente forma parte de las decisiones que toma durante el día: barrer el piso, leer a Homero. “La vida es aburrida”, sentenció.
La también catedrática de Literatura Clásica tampoco ofreció fórmula alguna ni una disciplina, mucho menos una teoría sobre la creación literaria. Sólo repitió la misma instrucción que había dado unos minutos antes: “Empieza en el medio”.
La periodista le preguntó finalmente sobre su postura para evitar el aburrimiento y por qué era tan relevante para ella, a lo que Carson dijo:
“A nadie le gusta aburrirse, ¿no? ¿Tú no intentas evitarlo? (…) Simplemente es un criterio para decidir qué hago después durante el día, ya sabes: barrer el piso, leer a Homero. Es cuestión de evitar el aburrimiento buena parte del tiempo. La vida es aburrida”.
Al fondo de la llamada, mientras Rydén se despedía, los teléfonos de Carson seguían sonando. El Nobel acababa de entrar en su casa y seguramente ansiaba escapar de él: caminar por el bosque, dejar el teléfono atrás y escuchar el silencio.

