
Oaxaca de Juárez, la ciudad que expulsó a sus habitantes de centro y barrios pintorescos mientras conquistaba al mundo
Por años, el centro histórico de Oaxaca de Juárez fue un lugar para vivir. Hoy, para muchos, es un lugar para visitar. Esa transformación ocurrió lentamente, casi sin que se notara. Primero llegaron algunos turistas más, después los restaurantes, las galerías y los hoteles boutique. Más tarde aparecieron las plataformas de hospedaje temporal, los inversionistas extranjeros y los nómadas digitales. Cuando los antiguos habitantes quisieron darse cuenta, la ciudad donde crecieron ya no les pertenecía.
Hace apenas 25 años, caminar por Jalatlaco, Xochimilco o el corazón del centro histórico de la capital oaxaqueña significaba encontrarse con vecinos sentados en las puertas de sus casas, niños jugando en los parques, talleres artesanales funcionando desde temprano y pequeños comercios que abastecían la vida cotidiana. Eran barrios construidos alrededor de la convivencia, donde la identidad no era un atractivo turístico, sino una forma de vida transmitida entre generaciones.
La declaratoria de Oaxaca como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, en 1987, impulsó un crecimiento turístico que durante años fue visto como una oportunidad económica. La restauración de inmuebles, la llegada de visitantes nacionales y extranjeros y la apertura de nuevos negocios revitalizaron una ciudad que encontró en el turismo una de sus principales fuentes de ingresos. Sin embargo, aquellas primeras señales también sembraron las condiciones para una transformación mucho más profunda.

A partir de los años 2000 el cambio comenzó a acelerarse. La población extranjera residente aumentó de manera exponencial, principalmente procedente de Estados Unidos, mientras inversionistas adquirían casas antiguas para convertirlas en hoteles, cafeterías, galerías o viviendas destinadas al mercado internacional. Lo que antes era patrimonio familiar empezó a convertirse en un activo inmobiliario con alto valor comercial.
Los números reflejan esa metamorfosis. En Jalatlaco existen casos documentados de viviendas cuya renta mensual pasó de aproximadamente mil pesos en 2001 a entre diez y veinte mil pesos en la actualidad. En el centro histórico, alquilar un departamento puede costar entre siete mil 500 y más de 17 mil pesos, cifras que igualan o incluso superan el ingreso mensual promedio de numerosos trabajadores oaxaqueños.
Con el auge de Airbnb, el reconocimiento internacional de Jalatlaco como uno de los barrios más atractivos del mundo y el crecimiento del trabajo remoto después de la pandemia, la presión inmobiliaria alcanzó niveles inéditos. Muchas viviendas dejaron de alojar familias para convertirse en hospedajes temporales con mayor rentabilidad. Aparecieron los hoteles boutique. El mercado comenzó a responder a las posibilidades económicas de visitantes extranjeros y no al poder adquisitivo de quienes siempre habían vivido en la ciudad.

La consecuencia fue silenciosa, pero contundente. Decenas de familias vendieron o abandonaron sus casas ante la imposibilidad de pagar rentas cada vez más elevadas. Artesanos, trabajadores, jubilados y pequeños comerciantes emigraron hacia colonias periféricas, donde el costo de la vivienda seguía siendo accesible. Con ellos también desaparecieron relaciones vecinales, redes comunitarias y formas de convivencia que durante décadas dieron identidad a estos barrios tradicionales.
La transformación no se limitó a la vivienda. Talleres de curtiduría, carpinterías, pequeñas tiendas de barrio y otros negocios orientados a los habitantes fueron sustituidos por cafeterías de especialidad, restaurantes gourmet, boutiques, galerías, bares y espacios diseñados para satisfacer la demanda turística. Las fachadas restauradas embellecieron las calles, pero también modificaron el paisaje urbano y el sentido original de muchos inmuebles históricos.
Mientras la economía turística florecía, el costo de vivir en Oaxaca también aumentó. Restaurantes, mercados, servicios y productos comenzaron a ajustar sus precios al nuevo perfil de consumidores. La presión sobre recursos como el agua potable y los servicios públicos creció conforme aumentaban hoteles, alojamientos temporales y establecimientos comerciales, generando tensiones en una ciudad que ya enfrentaba problemas estructurales de abastecimiento.

Para muchos especialistas, el fenómeno rebasa el simple incremento de rentas. Hablan de una “desposesión simbólica”: el momento en que los habitantes dejan de reconocerse en los espacios donde crecieron porque la ciudad deja de estar pensada para ellos. Las calendas se multiplican para los visitantes, las tradiciones se convierten en espectáculos permanentes y el patrimonio cultural comienza a mercantilizarse como parte de una experiencia turística de consumo.
En los últimos años la inconformidad también ha salido a las calles. Colectivos ciudadanos, vecinos y organizaciones sociales han convocado marchas y encuentros nacionales contra la gentrificación y la turistificación bajo consignas como “Oaxaca no se vende, se defiende”. Sus demandas incluyen regular las plataformas de hospedaje temporal, contener la especulación inmobiliaria y diseñar políticas públicas que permitan a las familias seguir habitando los barrios donde nacieron.
El debate, sin embargo, no admite respuestas simples. La expansión turística también ha generado empleos, recuperado inmuebles deteriorados, fortalecido negocios locales y proyectado internacionalmente a Oaxaca como uno de los destinos culturales más importantes del mundo. El desafío consiste en encontrar un equilibrio entre desarrollo económico y justicia urbana. Después de un cuarto de siglo de transformación, la pregunta sigue sin respuesta: ¿puede Oaxaca capital seguir conquistando al mundo sin terminar expulsando a quienes le dieron identidad?
Fotos: Archivo y Redes Sociales

