POLÍTICA EXPRÉS | * La retórica del agravio: cuando el poder culpa a la prensa para ocultar sus fallas

POLÍTICA EXPRÉS | * La retórica del agravio: cuando el poder culpa a la prensa para ocultar sus fallas

La autollamada cuarta transformación consolidó un estilo de comunicación política que convierte el error en agravio externo. López Obrador lo inauguró; Claudia Sheinbaum lo continúa. Frente a fallas evidentes, el discurso oficial no explica ni corrige: desacredita. Así, la crítica periodística se vuelve enemiga y la responsabilidad pública se diluye sistemáticamente.

En las mañaneras se normalizó la victimización como método. Toda observación incómoda es presentada como ataque coordinado de “conservadores”, “detractores” o medios “fifís”. El recurso desplaza el debate técnico por una narrativa emocional. No importa el hecho; importa el relato que protege al poder y cohesiona a la base gubernamental leal.

El colapso de la Línea 12 del Metro de la CDMX exhibió el patrón. Antes que asumir fallas de mantenimiento, supervisión y diseño, el gobierno habló de herencias, sabotajes y campañas negras. La tragedia humana quedó subordinada a la defensa política. La comunicación no buscó verdad ni justicia, sino blindaje narrativo para los responsables directos institucionales.

Claudia Sheinbaum adoptó la misma matriz discursiva. Como jefa de gobierno y ahora presidenta, respondió a crisis con acusaciones de “guerra sucia”. La continuidad es evidente: cambiar el mensajero para evitar el mensaje. El problema no es el accidente, sino quien lo documenta y pregunta incómodamente con datos verificables públicos.

La relativización es otro recurso central. Ante errores, se invocan “logros mayores” y apoyo popular. Todo se justifica por la causa. Así se construye un falso dilema: o se respalda el proyecto, o se traiciona al pueblo. La rendición de cuentas queda reducida a consigna retórica partidista repetitiva diaria oficial.

Las preguntas plantadas completan el dispositivo. Voces afines permiten respuestas largas, defensivas y acusatorias. No es diálogo: es escenografía. La conferencia matutina deja de ser ejercicio informativo y se vuelve tribunal inverso, donde el poder juzga a periodistas por cumplir su función esencial crítica, democrática, incómoda, necesaria, constante, plural e independiente.

El descarrilamiento del Tren Interoceánico confirmó la lógica. Antes que informar causas, protocolos y responsables, se denunció la “rapiña mediática”. Pero el modelo está ya muy desgastado y la Opinión Pública, harta: cuestionar un proyecto emblemático equivale a atacar a la nación. La seguridad queda en segundo plano frente al control del relato oficial centralizado, opaco. defensivo y recurrente.

Culpar a los medios no corrige vías, hospitales ni trenes. Solo deteriora la deliberación pública. Cuando el poder desacredita sistemáticamente a la prensa, debilita contrapesos y normaliza la opacidad. El periodismo crítico no crea crisis; las revela. Silenciarlo es gobernar a ciegas, sin correcciones técnicas institucionales urgentes medibles, transparentes y reales.

Este estilo comunica fortaleza, pero produce fragilidad democrática. Funciona para cohesionar lealtades, no para resolver problemas. La negación permanente erosiona confianza y aprendizaje institucional. Gobernar implica reconocer límites, asumir errores y corregir. Sin esa ética, la comunicación se vuelve propaganda y la gestión, simulación peligrosa, costosa, persistente, evitable y documentada históricamente.

México necesita gobiernos que expliquen, no que descalifiquen. La crítica no es traición; es servicio público. Si la 4T quiere trascender, debe abandonar la coartada mediática y asumir responsabilidades. La verdad no se administra desde el púlpito presidencial; se construye con hechos, transparencia y autocrítica constante, institucional, plural, verificable, democrática y madura.

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