
POLÍTICA EXPRÉS | * Aumento salarial de Sheinbaum, una maniobra política que disfraza deterioro económico y falta de productividad
El reciente anuncio del gobierno de Morena-Sheinbaum sobre un aumento del 13% al salario mínimo para 2026 llega en el peor clima económico de los últimos años. Con productividad estancada, inversión deprimida e inflación aún vulnerable, este incremento luce más como maniobra electoral que como estrategia real de bienestar.
Aunque el discurso oficial presume un avance histórico en materia salarial, la realidad es mucho menos alentadora. Un decreto no cambia la vida de los trabajadores cuando la economía se encuentra virtualmente detenida, con sectores clave en contracción y con un consumo debilitado que anticipa tiempos aún más difíciles para millones de familias.
El gobierno apuesta a mostrar sensibilidad social mientras evade su responsabilidad en la caída de la inversión fija bruta, que acumula varios meses en números negativos. En vez de crear condiciones para un crecimiento sostenido, opta por la salida fácil: el aumento artificial de ingresos, aun cuando no existe productividad que lo respalde.
Este esquema populista ya mostró sus límites. Años de incrementos por decreto no han generado el dinamismo prometido ni han fortalecido a las pequeñas y medianas empresas, que hoy enfrentan mayores costos, menos ventas y regulaciones cada vez más rígidas. La consecuencia inevitable es más informalidad y un deterioro adicional del mercado laboral.
Sheinbaum presenta el aumento como triunfo social, pero en realidad es un paliativo precario que encubre la fragilidad económica. Con la inflación aún pegajosa y el peso debilitado, cualquier presión adicional sobre costos terminará repercutiendo en precios, despidos o cierre de negocios. Y los trabajadores volverán a quedar desprotegidos.
La narrativa triunfalista no alcanza para ocultar que México transita una desaceleración profunda que roza la recesión. El crecimiento del PIB es marginal y los indicadores adelantados del INEGI llevan meses en zona negativa. La economía no avanza y el gobierno carece de estrategia para reactivarla sin trucos propagandísticos.
Mientras tanto, los programas sociales y subsidios continúan creciendo sin que exista una fuente sostenible de recursos para financiarlos. El déficit fiscal no deja de aumentar y se vuelve insostenible mantener un modelo basado en transferencias cuando la inversión y la productividad siguen desplomándose. No hay milagros macroeconómicos.
En este contexto, el aumento salarial se convierte en un gesto político predecible: se entrega más a quienes menos tienen sin resolver las causas estructurales de su pobreza. La apuesta, se observa, es fortalecer la preferencia electoral mediante una ilusión de prosperidad que no se refleja en la actividad económica real.
La única vía para mejorar de verdad el salario real es impulsar inversión privada, certidumbre jurídica y crecimiento empresarial. Pero el gobierno de Morena insiste en políticas que espantan capital, frenan la competitividad y profundizan la incertidumbre. Sin inversión, no hay productividad; sin productividad, no hay bienestar sostenible.
El aumento al salario mínimo de 2026 será celebrado por el oficialismo como un triunfo para la justicia social. En realidad, es un espejismo que busca votos en un país al borde de la recesión. La gente no vive mejor por decreto. Vive mejor cuando existe una economía capaz de generar oportunidades reales.

