POLÍTICA EXPRÉS | * El ocaso político de Adán Augusto y el costo de las complicidades del obradorismo

POLÍTICA EXPRÉS | * El ocaso político de Adán Augusto y el costo de las complicidades del obradorismo

El futuro de Adán Augusto López Hernández pende de un hilo. El hombre que se asumía como heredero natural del obradorismo enfrenta hoy un jaque mate político. Las investigaciones por vínculos de su círculo cercano con el narcotráfico y el huachicol fiscal lo han dejado expuesto, vulnerable y sin margen.

La detención de Hernán Bermúdez Requena, “El Abuelo”, en Paraguay, representa no solo un golpe al crimen organizado, sino un terremoto en Morena. Bermúdez no era un funcionario menor, sino el exsecretario de Seguridad en Tabasco bajo el gobierno de Adán Augusto, protegido pese a advertencias militares sobre sus nexos criminales.

“La Barredora”, grupo criminal liderado por Bermúdez, se expandió durante la administración de López Hernández en Tabasco, con huellas en Chiapas y Veracruz. La cercanía entre ambos, documentada desde los años noventa, convierte el silencio de Adán Augusto en un pesado lastre. No basta negar: la sombra de complicidad es demasiado larga.

El escándalo golpea al corazón del obradorismo. Tabasco, tierra de origen de AMLO y cuna de Morena, queda exhibida como un enclave donde el crimen organizado encontró acomodo institucional. La narrativa de lucha contra la corrupción está fracturada, y la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta ahora la disyuntiva de marcar distancia o encubrir.

A la crisis se suma otro frente: el “huachicol fiscal”. Investigaciones de la FGR vinculan a Adán Augusto con Saúl Vera Ochoa, empresario tabasqueño que controlaba operaciones ilegales en el puerto de Tampico. Vera, aliado político de López Hernández, impulsó su precandidatura en 2022 y operaba con complicidades en aduanas y Marina.

Este entramado no es anecdótico: la red de Vera conectaba con el difunto Sergio Carmona Angulo, “El Señor de los Buques”, financista de Morena. Las investigaciones apuntan a sobornos millonarios y a la participación de funcionarios federales. Incluso se ha mencionado a un hijo de AMLO en los testimonios judiciales.

La respuesta de Adán Augusto ha sido evasiva y desafiante. Niega conocer a Vera Ochoa y lo relaciona, sin pruebas, con Felipe Calderón. Pero su defensa resulta frágil: no explica por qué un operador tabasqueño tan cercano a su entorno aparecía respaldando pública y financieramente su proyecto presidencial en Morena.

Para Sheinbaum, el dilema es estratégico. Ha prometido “no impunidad”, pero actuar contra un símbolo del obradorismo como Adán Augusto implicaría romper con el legado de su antecesor. El costo político de tolerar silencios, en cambio, sería la erosión de su credibilidad y la confirmación de que la 4T protege complicidades. A la par, liberaría un misil que impactaría en la línea de flotación de Morena y su electorado.

Como fuere, el impacto en Morena es ya devastador. El partido pierde autoridad moral frente a la oposición, que exige la salida de Adán Augusto del Senado y la apertura de procesos judiciales. Más que un golpe aislado, es un espejo incómodo: el obradorismo ya no puede culpar a adversarios del deterioro interno.

El caso Bermúdez y el huachicol fiscal exhiben el talón de Aquiles del obradorismo: la convivencia con el crimen organizado y la corrupción disfrazada de lealtad política. Adán Augusto simboliza ese fracaso. Su caída no será la última, pero sí la más reveladora del ocaso de un proyecto.

 

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