
POLÍTICA EXPRÉS | * Oaxaca vive bajo el desgobierno de Salomón Jara: violencia, bloqueos sin atención y hartazgo social
La gobernabilidad en Oaxaca parece un concepto ajeno para el gobernador Salomón Jara y su secretario de Gobierno, Jesús Romero. Los hechos recientes —ejecuciones, bloqueos carreteros, toma de instalaciones y protestas— son muestra clara de la inacción oficial. Mientras la sociedad sufre, los funcionarios se limitan a mirar hacia otro lado.
Viernes 15 de agosto: tres personas fueron ejecutadas en Atzompa, Juchitán y Tuxtepec. Un bloqueo en la carretera federal 190 en Jalapa del Márquez y otro en la federal 200 en la Costa. Normalistas tomando la terminal ADO y reteniendo pasajeros. Manifestantes pintando el Palacio de Gobierno. Oaxaca vive en un desgobierno cotidiano.
Ante este panorama, resulta indignante la omisión de las autoridades estatales. No hay presencia oportuna de funcionarios para mediar, prevenir o al menos reducir las molestias de la población. El desinterés por atender conflictos se traduce en hartazgo ciudadano y en la percepción de un gobierno inútil.
La falta de vocación de servicio público en la administración de Jara es evidente. Desde el propio gobernador hasta mandos medios, prevalece la indiferencia. Su prioridad no es resolver problemas, sino proteger cuotas políticas, repartirse cargos y desviar el presupuesto gubernamental. Oaxaca, mientras tanto, sigue atrapada en conflictos que se multiplican sin control.
Este vacío de autoridad ha desgastado rápidamente la imagen de Jara. Las encuestas recientes reflejan una caída en su popularidad y la pérdida acelerada de confianza. El pueblo que lo llevó al poder percibe hoy un gobierno insensible, más ocupado en propaganda que en garantizar paz, desarrollo y gobernabilidad real.
El hartazgo social crece a pasos agigantados. La población ya no tolera bloqueos interminables, la violencia sin freno ni la corrupción solapada. El sentimiento generalizado es que el gobierno de Jara no gobierna. Y cuando un pueblo siente abandono, su paciencia se convierte en un clamor por cambio inmediato.
Lejos de atender la conflictividad, Jara y su equipo parecen apostar al desgaste social. La ausencia de soluciones solo multiplica la irritación. Oaxaca, tierra de enorme riqueza cultural y natural, se mantiene atada al atraso por la irresponsabilidad de una clase política que nunca aprendió a servir, solo a servirse.
Los indicadores lo dicen: crisis de seguridad, rezago social, pobreza lacerante (paliada apenas por las transferencias federales), desempleo y obras públicas a medias. A todo ello se suma la incompetencia para garantizar gobernabilidad mínima. En lugar de corregir, Jara opta por justificar y victimizarse, como si Oaxaca no mereciera un gobierno que enfrente los problemas.
Hoy, más que nunca, los oaxaqueños están dispuestos a exigir una renovación de mandato. La paciencia con este gobierno se agotó. Las calles, las voces y las encuestas lo reflejan: la gente quiere un relevo. La democracia permite esa salida, y Oaxaca clama por un cambio urgente.
El desenlace parece inevitable: un gobernador con popularidad en picada, un gabinete sin compromiso, y un pueblo cansado de promesas incumplidas. Si Jara insiste en su indiferencia, el costo político lo pagará caro. Oaxaca no puede esperar más; necesita un gobierno con vocación, compromiso y verdadera voluntad de servicio.

