
POLÍTICA EXPRÉS | * Defender el alma de los textiles y los diseños oaxaqueños
Cada vez que una marca internacional se “inspira” en los textiles o diseños oaxaqueños, surge una pregunta inevitable: ¿quién gana con ello? La respuesta es casi siempre la misma: las grandes marcas. En cambio, los pueblos que resguardan estos saberes milenarios no reciben ni reconocimiento, ni beneficio económico.
La reciente colección de Adidas con Willy Chavarría, basada en huaraches oaxaqueños, reaviva esta discusión. Bautizados como “Oaxaca Slip On”, los zapatos no fueron presentados en México ni elaborados con participación de artesanos locales. Una apropiación clara, aunque maquillada como homenaje o reinterpretación cultural.
Este caso no es el primero. Zara, Anthropologie y Patowl han sido señaladas por usar patrones tradicionales sin autorización, especialmente de comunidades indígenas oaxaqueñas. En 2021, Zara fue acusada por utilizar símbolos mixtecos originarios de San Juan Colorado, Oaxaca, en un vestido sin ofrecer crédito ni compensación.
El problema va más allá del plagio. Es una cuestión de desigualdad. Las grandes marcas explotan estéticamente una identidad colectiva que no les pertenece, y la convierten en producto vendible sin reinvertir en las comunidades que les dan origen. La tradición se convierte en mercancía, vaciada de su sentido.
¿Qué hacer ante esta realidad? Los artesanos deben organizarse, crear cooperativas y proteger legalmente sus diseños mediante figuras como las denominaciones de origen o marcas colectivas. El aislamiento los deja vulnerables; la organización les permite negociar, exigir y, sobre todo, ser dueños de su patrimonio.
El gobierno, por su parte, tiene la responsabilidad de acompañar con políticas públicas eficaces. Necesitamos leyes que protejan el arte popular como propiedad intelectual comunitaria, y que penalicen el uso no autorizado de símbolos culturales. La promoción del turismo debe incluir también la protección del patrimonio intangible.
La sociedad oaxaqueña debe asumir también un papel activo. Es hora de fortalecer el consumo local, valorar lo hecho en casa y exigir respeto por las raíces. Mientras compremos sin preguntar de dónde viene un diseño o a quién beneficia, seguiremos siendo parte del problema.
La apropiación cultural no es un simple malentendido estético. Es un fenómeno que refleja las relaciones de poder, donde unos pueden tomar libremente lo que otros han preservado con esfuerzo, identidad y memoria. Revertirlo implica cambiar la lógica extractiva por una de colaboración y respeto mutuo.
Existen caminos posibles hacia una apropiación justa. Marcas como Levi’s han trabajado directamente con comunidades para crear colecciones que les retribuyan de forma real. No se trata de cerrar puertas, sino de construir puentes donde las comunidades no solo sean fuente de inspiración, sino también socias activas.
El textil oaxaqueño y sus diseños no necesitan que lo salven las marcas extranjeras: necesita respeto, reconocimiento y reciprocidad. Preservar su alma implica que el beneficio llegue a quienes mantienen viva la tradición. Solo así será posible transformar la apropiación en colaboración, y la explotación en dignidad compartida.

