POLÍTICA EXPRÉS | * Infancias desahuciadas: la tragedia del cáncer infantil en Oaxaca

POLÍTICA EXPRÉS | * Infancias desahuciadas: la tragedia del cáncer infantil en Oaxaca

La crisis hospitalaria en Oaxaca ha dejado de ser un tema técnico para convertirse en una tragedia humana. Las muertes de niñas y niños con cáncer por falta de tratamientos son un reflejo del abandono institucional y la insensibilidad del gobernador Salomón Jara ante el sufrimiento más cruel: el infantil.

El desabasto de medicamentos oncológicos no es nuevo, pero su persistencia habla de una administración incapaz de dar respuesta a lo esencial. Organizaciones como Nariz Roja denuncian una situación alarmante. Sin quimioterapias, sin continuidad, sin esperanza. El Estado ha fallado en su deber más básico: proteger la vida.

Alejandro Barbosa, líder de Nariz Roja, ha denunciado que el gobierno de Oaxaca ha ignorado los llamados, ha minimizado el problema y ha permitido que el sistema de salud colapse sin consecuencias. Mientras otros estados generan acuerdos y soluciones, en Oaxaca se multiplican los funerales infantiles.

El Hospital de la Niñez Oaxaqueña, que debería ser un refugio de vida, es hoy símbolo del abandono. Las protestas de familiares, que claman por medicinas que no llegan, contrastan con la versión oficial de que todo está bajo control. La realidad los desmiente con cifras y lágrimas.

El gobierno de Salomón Jara ha optado por la negación y la propaganda. Habla de logística y procesos, mientras en las salas de espera hay madres que ven morir a sus hijos sin una sola dosis de esperanza. ¿Qué puede ser más indigno que una infancia desahuciada por negligencia política?

La intervención presidencial llega tarde y con promesas que no aterrizan. Claudia Sheinbaum asegura que el 96% de los medicamentos ya fueron comprados. Pero si la distribución no funciona, esa cifra es un dato inútil. El cáncer no espera licitaciones ni discursos. Mata en silencio, todos los días.

La sociedad civil ha sido más eficiente que el aparato estatal. Nariz Roja, con recursos limitados, ha logrado abastecer una parte de lo que el gobierno no puede o no quiere. ¿Por qué una organización puede lograr lo que un gobierno entero no hace? La respuesta salta a la vista: falta voluntad, sobra desinterés.

David Kershenobich, secretario de Salud, también ha sido omiso. El diálogo ha sido superficial, sin resultados tangibles. El centralismo en las decisiones sanitarias sigue demostrando que Oaxaca, como siempre, está al final de la lista. Pero ahora, el costo se mide en vidas de niños, no en estadísticas.

Las familias oaxaqueñas ya no confían en sus instituciones. Ven en las organizaciones civiles su último refugio. Esta ruptura entre ciudadanía y gobierno no es ideológica, es profundamente ética. ¿Qué gobierno puede llamarse humanista si permite que mueran niños por falta de medicamentos que prometió tener?

Oaxaca vive una emergencia sanitaria que ha sido normalizada por la retórica oficial. No hay mayor fracaso para un gobierno que permitir la muerte de los más vulnerables por omisión. Salomón Jara tiene una deuda de sangre con la infancia oaxaqueña. Y esa deuda no se salda con excusas.

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