La reina Isabel II cumple 95 años este miércoles, cuatro días después de enterrar a su esposo el príncipe Felipe, sin ningún tipo de celebración pública en el que será su primer cumpleaños sin él en más de siete décadas.

En un momento sombrío para la monarca, aún en periodo de luto tras haber perdido al hombre con el que estuvo casada 73 años, su cumpleaños -que habitualmente se celebra con disparos de salvas y la presentación de un nuevo retrato- debe restringirse este año a los muros del castillo de Windsor.

Es “un día privado para ella y así es como debe ser”, afirmó Joe Little, director de la revista Majesty, considerando que la reina debe estar “personalmente devastada” pero eso no repercutirá en su reinado, que desde su llegada al trono en 1952 ha batido todos los récords de longevidad.

Isabel II y su marido, el duque de Edimburgo, fallecido el 9 de abril, dos meses antes de cumplir los 100 años, se habían instalado en Windsor, un castillo casi milenario, desde el inicio de la pandemia.

La muerte de Felipe, al que ella había descrito como su “fuerza y apoyo”, dejó un “enorme vacío” en la vida de la soberana, según uno de los hijos de la pareja, el príncipe Andrés.

Debido al coronavirus, se canceló al igual que el año pasado el gran desfile militar que se organiza todos los años como celebración del cumpleaños de la monarca en junio, para aprovechar el buen tiempo pese a que este tenga lugar el 21 de abril.

El evento, conocido como “Trooping the colours” (marchar con las banderas) y originado en preparativos bélicos del siglo XVIII, suele reunir a cientos de militares y miles de espectadores.

Para sustituir este evento anual, se está estudiando la posibilidad de celebrar un desfile en Windsor, precisó el Palacio de Buckingham.

Fue allí donde el sábado, Isabel II dio una imagen impactante durante la ceremonia fúnebre de Felipe, limitada a 30 invitados íntimos debido a las restricciones contra el covid-19, que hicieron que la monarca, vestida de luto con sombrero y mascarilla negra, tuviera que sentarse completamente sola.

Sus allegados, entre los que se encontraba su nieto el príncipe Enrique, llegado poco antes desde California -donde permaneció su esposa Meghan, que no viajó por estar embarazada-, tuvieron que sentarse distanciados en los bancos de la inmensa capilla gótica San Jorge.

Según la prensa, Enrique, que en el funeral de su abuelo apareció por primera vez en público con la realeza desde que él y Meghan decidieron abandonar la monarquía, podía quedarse en el Reino Unido para el cumpleaños de Isabel II.

Todas las miradas estuvieron centradas él y su hermano Guillermo, segundo en la línea sucesoria al trono, durante la ceremonia del sábado, en la que desfilaron tras el féretro separados por su primo Peter Phillips.

Al término del entierro, sin embargo, los dos salieron de la capilla charlando junto a la esposa de Guillermo, Catalina, en una aparente relajación de las tensiones provocadas por la explosiva entrevista televisiva en que Enrique y Meghan denunciaron, entre otras cosas, racismo en el seno de la familia real.

Según la prensa, el príncipe pasó varias horas con Guillermo y su padre, Carlos -el heredero al trono de 72 años-, alimentando las especulaciones sobre una posible reconciliación

 

Esta nota originalmente se publicó en Noticieros Televisa

 

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