¿Alguna vez te imaginaste que nuestros antepasados, mejor conocidos como mexicas, tuvieran dentro de sus aposentos un lugar donde tenían animales en cautiverio? Moctezuma II mantenía uno de estos lugares que abarcaban una gran diversidad de especies y el cual tenía varias funciones en la antigua Tenochtitlan.

De acuerdo con el investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Israel Elizalde Méndez, de los animales que se mantenían en cautiverio se obtenían tanto materiales santuarios como ejemplares que servían como dones en los rituales que se celebraban en el recinto sagrado, pero eso no es todo incluso se señala que los restos de los cautivos eran utilizados para alimentarlos.

​​»El vivario contaba con espacios amplios abastecidos para contener a cualquier tipo de animales, eran atendidos por más de 600 personas que les daban todo tipo de alimento, incluso, las fuentes señalan que los restos de los cautivos sacrificados eran utilizados para alimentar a las fieras. Además, de que también se encontraban personas albinas o con alguna deformación», indicó el investigador.

En un artículo publicado en la revista Arqueología Mexicana, se menciona que el vivario de Tenochtitlan tuvo otro tipo de funciones, pues de acuerdo con fuentes históricas de los siglos XVI, XVII y XVIII, del análisis de los recientes hallazgos arqueológicos realizados por el proyecto Templo Mayor, se puede afirmar que las especies que ahí mantenían los mexicas no eran exclusivamente para el goce de los moradores del palacio y sus visitantes.

Estas especies formaban parte de una red muy importante para el abastecimiento de objetos de uso ritual. En ese lugar, los artesanos obtenían plumas, pieles y huesos para elaborar bienes de prestigio, aunque lo más importante para ellos era el cuidado de los ejemplares que se ofrendaban completos en los depósitos rituales del recinto sagrado.

De acuerdo con el INAH, en la capital mexicana existieron dos espacios para el cuidado de los animales que procedían de tierras lejanas, según un plano de 1524 atribuido a Hernán Cortés. El vivario más importante se encontraba a espaldas del recinto ceremonial, contiguo a la casa de Moctezuma II y tenía una extensión cercana a los 400 metros cuadrados y un aviario localizado en los límites de la ciudad, por donde actualmente se encuentra la Torre Latinoamericana.

El investigador explicó que a este sitio sólo podía entrar el emperador y sus allegados, y contaba con jaulas para los grandes mamíferos construidas con barrotes de madera incrustadas en el piso, las pajareras eran individuales con una parte cubierta para protegerse de la lluvia, y otra en la que las aves podían tomar el Sol; mientras que los reptiles estaban en vasijas acondicionadas con tierra, agua y plumas para que depositaran sus huevos”.

La llegada de los españoles

Cuando llegaron los españoles en 1519, Tenochtitlan contaba al menos con dos espacios para albergar animales: el vivario y el aviario. Al primero, los informantes indígenas de fray Bernardino de Sahagún (sí, el mismo que escribió Historia General de las cosas de la Nueva España) lo llamaban totocalli, que significa la casa de las aves, pero los cronistas europeos al ver que también había otros animales le modificaron el nombre a «la casa de las fieras».

En contraposición al vivario y al oeste del recinto sagrado, se encontraba el aviario, área al parecer destinada exclusivamente al cautiverio de aves. Estaba contiguo a las casas viejas de Axayácatl, que tras la Conquista pasaron a formar parte de las propiedades de Hernán Cortés.

¿Vivario o zoológico?

Como habremos leído este vivario suena a todo, pero no tanto a un zoológico; sin embargo, fue el biólogo Rafael Martín del Campo que en 1943 identificó el vivario de Tenochtitlan como un verdadero zoológico, aunque este no cumpla con los requisitos de un lugar como este.

En el  vivario de animales de Tenochtitlan, si bien servía para el deleite del soberano, su corte y sus invitados, tenía como función principal abastecer a los artesanos y a los sacerdotes de animales completos que eran sacrificados y ofrendados; tal como se ha encontrado en las excavaciones arqueológicas del Templo Mayor.

 

Esta nota originalmente se publicó en Milenio

 

Compartir