Tras recibir la vacuna contra el covid-19, doña María Antonia, de 120 años, se hizo más popular. Es reconocida como una persona amable, fuerte y cariñosa con su familia… la llaman “la abuelita de Amoxoyahuatl”, comunidad del municipio de Platón Sánchez, en Veracruz.

Sonriente y de buen humor, doña María Antonia dice estar consciente que ha vivido muchos años, y por eso no recuerda muchos hechos históricos, pero tiene muy presente cuando se casó, cuando instalaron la primera escuela cerca de su casa y los balazos durante la Revolución Mexicana. Otros hechos que narra es una epidemia que mató a sus padres y la hambruna de una época de mucha pobreza durante su niñez.

Doña María Antonia tuvo que tramitar una nueva acta de nacimiento debido a que la anterior, por el paso del tiempo, ya era ilegible. (Jesús Quintanar)

La abuelita de Amoxoyahuatl no habla español, aunque sí lo entiende, pero se comunica con su familia en náhuatl; algunos bisnietos ya no lo han aprendido. Le sobreviven tres de sus siete hijos, tiene 44 nietos y 130 bisnietos, “y los que faltan, a muchos primos y familia ya les perdimos la pista”, dice Antonio García, uno de los nietos más cercanos.

Su acta de nacimiento, que ya es un documento actual, pues “la anterior ya no se veía y quién sabe dónde quedó”; dice muy claramente: Fecha de nacimiento: 13 de junio de 1900.

Luego de que la Secretaría del Bienestar difundió en redes el momento de su vacunación, MILENIO fue a buscarla. Una familia numerosa y amable nos recibió, y doña María Antonia se mostró emocionada, pero dijo no entender porqué tanto alboroto, pues toda su familia “está repartida en toda la República” y la buscan de muchos lugares.

Le sobreviven tres de sus siete hijos, tiene 44 nietos y 130 bisnietos. (Jesús Quintanar)

“Ahora que recibí la vacuna estoy contenta, pero yo siempre estoy de buen humor. Me siento fuerte”, expresó en un dialecto que han aprendido todos sus hijos y la mayoría de los nietos para comunicarse con ella.

Al principio se muestra un poco callada, pero ya encarrerada nos habla sobre su vida, lo difícil que fue quedar huérfana y más tarde viuda a edad temprana. Una de sus hijas tenía tres meses cuando murió su esposo, y esa hija también ya falleció. Aún así guarda buen ánimo y lo mostró durante su cumpleaños de junio pasado, en donde bailó con sus nietos.

Tiene muy presente la época de la Revolución Mexicana. “Estando en el monte con mi familia, dormidos, porque dormíamos en el monte por miedo, se escuchaban los balazos de los enfrentamientos, y siempre estábamos inquietos que en algún momento nos fueran a encontrar. Predominaba el miedo en la gente y todos nos apurábamos a terminar nuestras labores para comer temprano e irnos al monte. No alcanzaba la comida, nos daban dos tortillas a cada quien, a mis hermanos, y eran tortillas que hacíamos con semillas de árbol, no de maíz”.

“Qué eso es lo que recuerda, que ha pasado mucho tiempo y que se le olvida”, dice su nieto Antonio, quien traduce.

Comenta que cuando era joven tardaba medio día caminando para ir desde su comunidad hasta Huejutla, ciudad más cercana, y se tenían que quedar a dormir para evitar que los sorprendiera la noche en el regreso. Ahora, en automóvil está a una hora.

Ante risas continuas de la abuelita de 120 años, la conversación se hace amena. “Ella come muy sano, nada de chatarra ni refrescos”, dice uno de sus nietos ante la pregunta de cuál es el secreto para llegar a esa edad, y antes de soltar la carcajada ella aclara: “me gusta comer de todo, y como muchas enchiladas, me gustan las enchiladas”.

A sus 120 años goza de la vida, en su cumpleaños del año pasado departió con su familia y hasta a bailar se puso. (Jesús Quintanar)

Sentada en el sillón, narra cuando trabajaba en el campo y también cómo elaboraba artesanías.

“Yo estoy muy bien, me siento muy bien, lo único que me duele un poco es donde me pusieron la vacuna, pero estoy tranquila todo bien (…) muchas gracias por venir a visitarme, querían saber cuántos años tengo, tengo 120, les agradezco mucho”, refiere al despedirse sonriente.

 

Esta nota originalmente se publicó en Milenio

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