Muchos piensan que escribir sobre arte, cualquiera puede hacerlo. Grave error. Escribir sobre este tema es, quizá, de las empresas más difíciles y por lo general los historiadores del arte se quedan en malos artesanos, es decir, sin arte y sin historia…”, sentenció Eduardo Matos en su introducción a aquella exposición en el Palacio de Bellas Artes en 1980. Por primera vez se exhibían los descubrimientos que hacían él y su equipo en las excavaciones del Templo Mayor.

Y es que los museos, en particular los de arqueología, son verdaderos retos para nuestros conceptos. Desde la indiscutible y envidiable maestría en las técnicas y manejo de materiales, pero que eligieron temáticas y estilos distintos, hasta el cuestionamiento que enfrentan nuestras definiciones sobre lo que entendemos como arte y belleza. Pocas cosas como el arte demuestran cómo hemos entendido el orden y función del mundo y cómo han cambiado estas explicaciones.

Pecado occidental

Regresando a las atinadas líneas del profesor Matos, las expresiones prehispánicas comparten la esencia de lo considerado como arte, pero no se debe caer en el error de hacer comparaciones superficiales con otras expresiones artísticas, ni clasificarlas en etapas evolutivas lineales. No hay algo como “arte primitivo” ni “artes avanzadas”, hay expresiones artísticas acordes con la forma de pensar y vivir en determinadas sociedades; citando el mismo escrito: “Mal hace quien trate de penetrar en el arte prehispánico con visión occidental. Lo que en esta última es válido, puede no serlo en aquél. De ahí la necesidad de conocer profundamente el todo social en donde surge un arte determinado, pues ello dará la pauta para comprender sus manifestaciones. Es así como debemos ver el rostro de los dioses antiguos: libres de pecado occidental”.

REALIDAD AUMENTADA. Relieve de Tláloc-Tlaltecuhtli

A sus 33 años, el Templo Mayor es joven, en comparación con otros museos centenarios cuyas colecciones han forjado la iconografía social de la vida nacional. Las labores arqueológicas que comenzaron en 1978, tras el  hallazgo de la diosa de la Luna, hermana y eterna rival de Huitzilopochtli, han provisto una colección artística e iconográfica que ha dejado azorados a los investigadores. Las poderosas líneas y sugerente femineidad proveen a Coyolxauhqui esa inolvidable sensación que todos hemos experimentado al estar frente a ella: yace ante nosotros una verdadera diosa. Artistas gráficos, escultores, pintores, entre otros, hicieron suya esa imagen admirada después de haber estado por cientos de años oculta entre los restos del corazón de una de las capitales más poderosas.

Arquitectura sobreviviente

Acompañándola surgieron piezas de compleja iconografía y manufactura: las máscaras olmeca y teotihuacana, un intrincado relieve de los dioses Tláloc y Tlaltecuhtli superpuestos, el Dios del Fuego, la estela de Mayahuel ,diosa del Pulque, y la escultura del caracol. Sin olvidar las variadas representaciones de las ollas Tláloc y al famoso guerrero Águila, emblema de exposiciones arqueológicas a nivel internacional. Tampoco debemos obviar la arquitectura sobreviviente a la destrucción de 1521 que permite aprender de técnicas constructivas, recuperar la escasa pintura mural de estilo mexica y los verdaderos revivals de estilos comprendidos, como neotoltecas y neoteotihuacanos.

Los trabajos no se han detenido; en 2018 celebramos 40 años de constante labor de sus investigadores. Leonardo López Luján tomó la batuta del proyecto arqueológico y los hallazgos no se hicieron esperar. Las excavaciones en la Casa de las Águilas arrojó un inusitado número de esculturas exentas, entre las que destacan dos que representan al dios de la muerte. En 2007, el Programa de Arqueología Urbana encontraría la masiva escultura de la diosa de la tierra, Tlaltecuhtli, y ahora bajo la dirección de Raúl Barrera ha logrado recuperar las sorprendentes almenas en forma de caracol cortado que formaran parte de la fachada del Calmécac. Por su parte, los estudios de Adrián Velázquez en los objetos de concha y la restauradora Lourdes Gallardo han permitido la reconstrucción de objetos suntuarios, como el extraordinario patrón de la prenda ritual conocida como «epnepaniuhqui», por citar ejemplos de piezas que se alojan en el Museo.

Simbolismos

No debemos olvidar la advertencia inicial: para comprender y apreciar el arte prehispánico hay que conocer a aquellos hombres y mujeres que lo realizaron y su contexto social, además de considerar la participación de estas obras dentro del complejo superestructural que las produjo. Tampoco debemos olvidar el contexto del cual provienen los objetos. En nuestro caso, de uno eminentemente ritual: nos encontramos dentro del recinto sagrado de la antigua Tenochtitlan, en su templo más importante donde depositaron ofrendas que sirvieran de vehículo para comunicarse con sus dioses Tláloc y Huitzilopochtli. Los investigadores se han dedicado a comprender el simbolismo y significado de estas piezas en su contexto, y nos permiten reconstruir parcialmente el mundo mexica, como los trabajos de Carlos González, Juan Alberto Román Berrelleza y Ximena Chávez.

Gracias a la labor de los investigadores y restauradores, ahora tenemos mayores conocimientos sobre el entorno social y las técnicas utilizadas en la elaboración de las piezas. Trabajos como los de Emiliano Melgar y Adrián Velázquez nos han llevado a comprender el tiempo requerido y las herramientas utilizadas.

Así, el Museo del Templo Mayor asume una labor doble, posible de realizarse gracias a Eduardo Matos y quienes han formado parte de su equipo: permite el deleite de la colección y también ofrece conocimiento a los interesados en aprender más sobre la religión, política, economía y pensamiento del mundo mexica.

 

Esta nota originalmente se publicó en El Heraldo de México

 

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