El 16 de septiembre de 1910 parecía que el entonces presidente Porfirio Díaz tenía todo bajo control en su gobierno, pues ese día presenció el desfile militar e inauguró la columna del Ángel de la Independencia, y una noche antes celebró su cumpleaños junto con el primer centenario de este levantamiento armado. Todo esto entre aplausos de sus partidarios.

Pero dos años antes, específicamente en marzo de 1908, comenzó una gran agitación en el país debido ala entrevista que el mandatario tuvo con James Creelman, reportero de la revista británica Pearson’s Magazine. En esa chala, Díaz señaló: «He esperado pacientemente que llegue el día en que el pueblo de la República Mexicana esté preparado para escoger y cambiar sus gobernantesen cada elección, sin peligro de revoluciones armadas, sin lesionar el crédito nacional y sin interferir con el progreso del país. Creo que, finalmente, ese día ha llegado”.

Tras esta declaración, la oposición al presidente que subió al poder por primera vez el 28 de noviembre de 1876 comenzó a prepararse para las elecciones de 1910. Pero Porfirio volvió a reelegirse, junto a Ramón Corral como vicepresidente, lo que desató el enojo de su principal rival político, Francisco I. Madero.

El Plan de San Luis fue la medida que Madero lanzó el 5 de octubre del 1910 para acabar con la dictadura de Díaz; en este documento, el candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista incitó a la gente a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910. Aunque el movimiento no comenzó exactamente en la fecha planteada, pues algunas células maderistas fueron descubiertas antes, como la de Aquiles Serdán, si brotaron varios levantamientos que hicieron eco en todo el país.

Renuncia de Porfirio Díaz

En mayo de 2021, con el país sumido en el ímpetu revolucionario, Díaz, que ya tenía más de 80 años y varios achaques por su edad, comenzó a considerar su renuncia. Para este momento su ministro de Hacienda, José Yves Limantour, ya se había reunido con Madero en el extranjero con el fin de llegar a un acuerdo de paz. Pero para los revolucionarios la tranquilidad dependía de la dimisión del presidente.

Porfirio, presionado por la situación del país, por los intereses extranjeros y por su salud, decidió acceder a la petición de los insurrectos y el 21 de mayo de 1911, a través de su representante Francisco S. Carvajal, firmó los Tratados de Ciudad Juárez, que también estipulaban el cese de hostilidades, amnistía para todos los revolucionarios, pensiones para los familiares de los soldados caídos y el nombramiento de catorce gobernadores provisionales.

El día 24, los medios nacionales dieron la noticia de la salida de Porfirio Díaz, lo que provocó júbilo entre la población descontenta con el dictador. Un día después, el 25, el Congreso aceptó la carta de renuncia del nacido en Oaxaca en 1830, dejando como mandatario interino a León de la Barra.

Carta de renuncia de Porfirio Díaz

A los CC. Secretarios de la H. Cámara de Diputados. Presente.

El Pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de Intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo, es causa de su insurrección.

No conozco hecho alguno imputable a mí que motivara ese fenómeno social; pero permitiendo, sin conceder, que pueda ser culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mi persona la menos a propósito para raciocinar y decir sobre mi propia culpabilidad.

En tal concepto, respetando, como siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución Federal vengo ante la Suprema Representación de la Nación a dimitir sin reserva el encargo de Presidente Constitucional de la República, con que me honró el pueblo nacional; y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerlo sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando sus riquezas, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales.

Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto.

México, Mayo 25 de 1911. Porfirio Díaz

 

 

Esta nota originalmente se publicó en Milenio

 

 

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