A 22 millas náuticas de las costas de Yorkshire, Inglaterra, fue encontrado el UC-47, uno de los primeros submarinos alemanes hundido por las fuerzas inglesas durante la Primera Guerra Mundial, en noviembre de 1917; además de torpedos de los que no se sabe si aún están activos.

El hallazgo de la nave de 30 metros de longitud y 5 m de ancho se hizo en abril pasado, cuando un equipo encabezado por el arqueólogo mexicano Rodrigo Pacheco Ruiz, investigador de la Universidad de Southampton, realizaba una inspección de infraestructura subacuática. En abril, cerca del sitio, personal de compañías petroleras —considerado como “key workers”, trabajadores esenciales en México durante la pandemia— llevaba a cabo labores que condujeron hasta la nave.

El submarino, explica Pacheco Ruiz, estaba “marcado” en las cartas náuticas como el UC-47, es decir, solamente un nombre, pero sin descripción, por lo que con ayuda de robots realizaron un mapeo del sitio en tercera dimensión el 25 de abril.

Realizar el mapeo implicó enfrentarse a un primer problema, porque el submarino está en el Mar del Norte, que se caracteriza por ser turbulento, por lo que se dieron cuenta que no podían hacer trabajos de fotogrametría, es decir, reconstrucción de espacios a partir de fotografías. En lugar de la fotogrametría, los especialistas utilizaron tecnología basada en pulsos acústicos, que fue desarrollada en la Primera Guerra Mundial.

“Cuando un sonido rebota en un objeto, se provoca un eco y éste también rebota. El tiempo que se tarda la pulsación acústica en rebotar y regresar al receptor, se mide. Este sistema funciona con miles de sonidos acústicos que logran formar el modelo en tercera dimensión. Cada punto del modelo en 3D es un reflejo acústico y tomamos miles de millones de puntos constantemente. Es decir, utilizamos sonido para darnos cuenta de la forma del lecho marino y del sitio arqueológico”, explica.

Los trabajos se hicieron a través de robots operados desde un barco de 100 metros de longitud que estaba en la superficie y una tripulación de alrededor de 40 integrantes. “Esas embarcaciones son muy caras, rentar el barco cuesta alrededor de 80 mil libras al día. El tipo de tecnología es de punta y se usa para poder tener un mapa del lecho marino con precisión submilimétrica”.

Los ROVs (Remotely Operated Vehicles), señala el investigador mexicano, tienen una especie de “cordón umbilical” que les permite ir a cerca de 4 kilómetros de profundidad, aunque en este caso sólo fueron necesarios 56 metros. Por medio de sus cámaras, los robots pudieron captar aspectos de una nave hecha de metal que lleva hundida casi 103 años; al mismo tiempo se registraron elementos sobre el estado de conservación.

“Hay que pensar que el submarino lleva en el fondo del mar más de 100 años, porque en 1917 se va a pique. El metal es un elemento que bajo el agua sufre la mayor erosión. El año pasado encontramos un barco de hace 500 años que sobrevivió porque está hecho de madera, material que se conserva bien en ámbitos subacuáticos. El metal se corroe y se forman concreciones”.

Pese al turbulento mar, las cámaras captaron que el submarino tiene completos su casco y las hélices de los motores, y se pudo ver que la torre está dañada debido a que una embarcación de la Royal Navy (Marina Real británica) lo embistió. Embarcación histórica El arqueólogo mexicano Rodrigo Pacheco Ruiz explica que el UC-47 era utilizado por los alemanes para construir una barrera de minas, misma que servía para hundir a los barcos del eje de Los Aliados.

“En la embarcación se pueden ver perforaciones circulares, que era donde se guardaban las minas, esas compuertas están intactas. El submarino ha sobrevivido porque se encuentra a 22 millas náuticas de la costa y no es tan fácil bucearlo como otros sitios. En la Primera Guerra Mundial estos submarinos eran parte de la avanzada alemana para evitar que las naciones aliadas estuvieran abastecidas de los recursos primordiales. Además era de los primeros submarinos y los ingleses no sabían cómo reaccionar, porque no había esa inteligencia naval”.

Con el paso del tiempo, la Gran Bretaña aprendió a rastrear y hundir a los submarinos. Rodrigo Pacheco Ruiz señala que en 1918 se creó un grupo de buzos conocido como los “abridores de latas”, que bajaban a recuperar información clave sobre las minas. “A parte de las minas, estos submarinos contenían los papeles oficiales de los alemanes en los que relataban la posición de las minas y eso representaba para la Gran Bretaña información beneficiaria”, dice.

Al conocer la información de los “abridores de latas”, Pacheco Ruiz y su equipo plantearon dos hipótesis: que el submarino pudo ser de los primeros en ser inspeccionado por el grupo de buzos o que nunca ha sido buceado por nadie. “Hemos buscado información pero por el virus SARS-CoV-2 no hemos podido visitar los archivos directamente, sólo hemos podido investigar los archivos en línea. Puede ser que este submarino nunca haya sido penetrado por algunos buzos, por lo que se sugiere que el submarino esté intacto por dentro y que en algún momento se pueda realizar una investigación arqueológica”, indica.

Un riesgo latente Rodrigo Pacheco Ruiz sostiene que los sitios arqueológicos de las dos guerras mundiales están constantemente en el ojo de los saqueadores, porque existen mitos de que las embarcaciones contenían tesoros. “Siempre ha habido un riesgo por los saqueadores, hay tres botes de la misma época más cercanos a la costa de Yorkshire que ya han sido saqueados y devorados por los cazatesoros. Es gente con poco conocimiento arqueológico, que no entiende del proceso de conservación”.

El investigador señala que el problema se agudiza porque después de las 12 millas náuticas, la protección legal del Reino Unido no aplica. “El UC-47 no está protegido, está en aguas internacionales y la ley no lo protege”, destaca. El año pasado, Pacheco Ruiz descubrió en el mar Báltico los restos de un barco de hace 500 años. Al respecto, dice que está en proceso un plan para una segunda temporada que permitirá realizar un muestreo, pero que debido a la pandemia no se ha podido avanzar.

Esta nota originalmente se publicó en Vanguardia
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