En Oaxaca, la crisis se agudiza debido a la pandemia provocada por el coronavirus. La economía se pulveriza al provocar el cierre de negocios, así como el desempleo; mientras que miles de personas desean que la actividad comercial vuelva a la normalidad, pues ya no pueden pagar impuestos, recibos de luz eléctrica y rentas elevadas.

En las calles de la ciudad, a diario a parecen letreros de locales en renta. En esos lugares funcionaron cafeterías, salones de belleza, papelerías; ahí se vendía ropa, perfumes y bisuterías. El Covid-19 obligó a sus dueños a cerrarlas; muchos aguantaron, pero al ver que esta novela negra no terminaba, bajaron las cortinas, liquidaron y se fueron a sus casas.

En tanto que el Seguro Social señala que un total de 13 mil 736 trabajadores oaxaqueños se quedaron sin empleo, al ser despedidos de empresas formales, a partir de marzo –cuando iniciaron las medidas sanitarias por la pandemia de Covid19— hasta el mes de junio, en el Mercado de Abasto, los locatarios se muestran angustiados por la pandemia y aseguran “que si no nos mata el virus nos va a matar el hambre».

El pago de impuestos es el tiro de gracia para los compañeros comerciantes, no sólo los que tienen negocios aquí, sino en todo el estado. El gobierno debe cancelar ese pago y refaccionar con apoyos económicos a los comerciantes en pequeño, porque son los más “fregados”, opina Juan Manuel Rivera, quien tiene un puesto de ropa típica.

“Nadie se salva de esta maldita crisis, pero algo debe hacerse porque la pobreza va creciendo. Aquí, cada día, es visible el aumento de personas que están pidiendo limosna, otros que buscan trabajo a cambio de comida, pero no hay empleos. Eso sí, el hambre aumenta, sobre todo en las clases desprotegidas”, sostiene.

“Lo peor es que hay familias que arrastran deudas porque enfrentaron gastos porque un familiar enfermó de Covid y murió; otros porque acabaron con sus ahorros  y no hay para cuando acabe esta pesadilla”.

QUEDARSE EN CASA ES QUEDARSE SIN COMER…

Emanuel Bautista ya no tiene opciones con la “nueva normalidad”. Puede que no salir ayude a muchas personas a evitar el contagio de Covid-19, pero para él quedarse en casa es quedarse sin comer.

El pan típico y chocolate que le ayudan a ganarse el sustento estuvieron en pausa por más de dos meses frente a un semáforo rojo. Por cuatro décadas estos productos se han distribuido casa por casa en Tlacolula, un municipio de los Valles Centrales oaxaqueños, la región más golpeada por la pandemia.

Si Emmanuel no lleva su pan y su chocolate a los hogares de la comunidad es muy difícil, con tantas restricciones, que la gente busque su negocio, el local 480 de la Zona Húmeda de la Central de Abasto de Oaxaca, la más grande de la entidad y la que abastece a todos los mercados del estado desde hace más de 40 años, uno de los principales motores de la economía regional.

Y es que bien podría este panadero de 20 años cargar de nuevo sus panes de cazuela, los tradicionales marquesotes y pan amarillo con algunas medidas de protección, pero ya no tiene dinero para acercarse de nuevo a su mercado y hacer entregas a domicilio.

La nueva normalidad no impidió que este trabajador cerrara su local, pero ya le quitó la mitad de sus ganancias; ahora, con un cambio en la semaforización de rojo a naranja, busca la manera de hacer que el oficio que le heredó su madre lo ayude a revivir el negocio.

Pero Emanuel no es el único. Su historia se repite local tras local en este importante centro de alimentos, cuyos comerciantes intentan de todo con tal de salir al paso con una contingencia sobre sus espaldas, que en Oaxaca tiene más de 10 mil personas infectadas y que ha cobrado  la vida de casi mil personas, de acuerdo con los Servicios de Salud locales.

Por años, la señora Patricia ha ofrecido sus veladoras en la puerta 8 de la Central. Cirios, ceras e imágenes penden aún en su local, intactas por la falta ventas. Ahora son parte decorativa de un puesto de artículos limpieza y algunas botanas, en busca de que las pérdidas dejen al menos unas cuantas monedas a su caja.

Los locatarios también se enfrentan a la estigmatización; de acuerdo con los testimonios recabados por La Razón, cerca de 90 por ciento de marchantes dejó de acudir a la Central de Abasto, considerada uno de los más peligrosos focos de contagio, de ahí que a principios de junio decidieron cerrar durante dos días para hacer una intensa limpia que rescatara la confianza de sus consumidores.

Pero Patricia, de 50 años, no se desanima. Ya padeció la muerte de varios de sus familiares y algunos de los que conoce también sucumbieron a esta extraña enfermedad que llegó desde muy lejos; a pesar de todo, inicia su jornada desde muy temprano, armada con “un molesto cubrebocas” que a veces no la deja respirar; con goggles y guantes se dispone a sanitizar su área de trabajo cada 15 minutos.

“No podemos vivir con miedo, no podemos dejar de trabajar”, insiste, al intentar convencer a sus marchantes que ella y sus compañeros comerciantes también pueden “hacer la nueva normalidad”.

“Miren, también le pusimos un vidrio a alimentos y un letrero para la sana distancia”, contó en un tono perseverante.

“ESTO NOS PASÓ POR NO CREER”

Para Paty, la pandemia llegó hasta aquí “porque se lo permitimos, es algo que ya se veía venir», pues desafortunadamente, en los inicios del brote del Covid-19, eran muchos los locatarios y la gente que se resistían a creer que esto podría ser peligroso, impidiendo que se tomaran medidas con mayor anticipación.

El 23 de marzo de 2020, las autoridades oaxaqueñas confirmaron el primer caso local de coronavirus en el estado, un joven de 22 años que presentó fuertes síntomas desde siete días atrás; antes, la Secretaría de Salud anunció que la enfermedad había llegado, posiblemente de un viajero de Italia, que entonces era el principal foco de la pandemia a nivel mundial.

El pasado 5 de junio, la Central de Abasto —que además un mes antes había padecido un incendio que provocó pérdidas en alrededor de 150 locales— experimentó su primer cierre desde su apertura hace cuatro décadas; sin embargo, de no haberse tomado esta medida, pudo ocurrir lo peor: el cierre total y mayores pérdidas económicas, como ya ocurrió con otros importantes mercados de México: la propia Central de Abasto de la CDMX y los mercados de Lucas de Gálvez y San Benito en Mérida, que debido a los brotes cerraron sus puertas por semanas.

Pero los comerciantes oaxaqueños luchan contracorriente con tal de que sus puertas no se cierren, al grado de que las 14 entradas de la Central lucen blindadas con policías que vigilan que las personas que entran y salen cumplan con el uso correcto de cubrebocas; también se reparte gel y se mide la temperatura, como se hace en las galerías comerciales urbanas.

“SI NO NOS MATA EL VIRUS NOS VA A MATAR EL HAMBRE”

De abril a la fecha, las ganancias de la Zona Húmeda de la Central de Abasto de Oaxaca se desplomaron hasta en 70 por ciento, pero éste no es el único problema. Por mucho tiempo, a los trabajadores no les queda otra que ver cómo sus mercancías se desperdician.

El líder de los comerciantes, José Luis Díaz Cabrera, expresó lo “terrible” que ha sido enfrentar esta realidad, pues muchos o la mayoría de los productos que se expenden aquí son perecederos y no ha habido manera de darles otra salida.

La crisis, dijo, pegó por igual a “los compañeros que tienen la mala fortuna” de manejar giros no esenciales —como la venta de cosméticos o ropa—. Sus negocios ya quebraron o están por hacerlo por la falta de ventas y también porque ya no pueden pagar sus rentas”.

“Dijeran muchos: si no nos mata el virus nos va a matar de hambre», advirtió José Luis, quien lamentó que «el país no está preparado» para la emergencia sanitaria, por lo que considera, éste es un buen momento “para que los gobernantes y la sociedad se unan para hacer frente a la crisis, sin politiporquería. Que dejen de hacer trabajo sucio. Necesitamos que los líderes políticos, religiosos, sindicatos, de todos los giros, se sumen para resarcir este grave problema».

Foto: Alexi Espinoza

“LA GENTE NO TIENE PARA COMPRAR”

José Luis vende carne de cerdo y res, un negocio «muy noble», por la facilidad que se tiene de adquirir menos mercancía para evitar que se eche a perder; pero, aunque la venta de alimentos es un negocio esencial, el golpe económico por el virus ha causado los mismos estragos para todos.

Ya que volvimos, hay mucho temor de la gente por lo que se está viviendo, entonces aunque ya se empieza a salir es muy poco lo que ganamos; la gente tampoco puede comprar lo de antes porque no hay dinero

“Todo se va acumulando, todo: el miedo, las bajas ventas, es mucho», compartió Julissa Cruz López, quien atiende la carnicería El Cerdito y para quien la crisis no merma pese a la reactivación económica que se ha intentado emprender, pues las personas que estaban acostumbradas a comprarle un kilo o hasta dos de carne, “ahora vienen por un cuarto o un medio a lo mucho”.

«Ya que volvimos, hay mucho temor de la gente por lo que se está viviendo, entonces aunque ya se empieza a salir es muy poco lo que ganamos; la gente tampoco puede comprar lo de antes porque no hay dinero por los recortes (…) está muy duro», comentó preocupada. “No falta el cliente que me cuenta que no tiene trabajo y que encima tiene a toda la familia enferma”.

Julissa dice que ya le perdió el miedo al coronavirus, después de que varios miembros de su familia se infectaron, una situación que la obligó a cerrar su local por dos meses. Ahora le teme a las deudas que tiene que pagar: “la factura de los medicamentos para enfrentar la enfermedad, los gastos, la cuenta de la luz”, por la que antes debía desembolsar 3 mil 200 pesos y ahora, pese al cierre, tiene un recibo de 4 mil pesos.

“Se están ensañando, estamos trabajando mucho menos y tenemos que pagar mucho más, la situación no está para esto”.

Esta nota fue publicada con información del diario La Razón

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