Abrazada a su hija, Doña Isabel Domínguez se siente derrotada y llora, llora amargamente  de tal forma que las lágrimas escurren por sus mejillas y mojan el paliacate que a manera de cubrebocas la protege del maldito coronavirus. “Y ahora no tengo nada, todo se hizo cenizas…”.

El olor a quemado inunda el ambiente. En los pasillos sucios por las cenizas hay hombres y mujeres, dueños de los negocios que fueron presas del incendio, que sólo miran los daños dejados por el fuego que inició la noche anterior y fue apagado la madrugada de este jueves.

Doña Isabel Domínguez llora junto a una de sus hijas. Camina de un lado a otro, sin saber qué hacer, pues sus locales fueron devorados por las llamas que afectaron unos 200 locales comerciales.

“Tenía tres locales donde vendía ropa. No pudimos rescatar nada.  En la noche, cuando llegamos, pudimos haber rescatado algo, tal vez mojar las casetas pues las llamas aún no las alcanzaban, pero unos policías no nos dejaron pasar”.

A lo lejos se escucha la remoción de escombros que realizan incansablemente los elementos del Cuerpo de Bomberos, mientras siguen llegando más pipas para acabar de una vez por todas con las brasas.

“Estos locales me ayudaron a mantener a mi familia por más de 20 años; les di estudios a mis hijas, y ahora no tengo nada; todo se hizo cenizas”.

Cerca de escuchan hachazos. Los bomberos rompen la cortina de un local que está cerrado pues adentro hay fuego. Efectivos de la policía vigilan los pasillos, impiden el paso a extraños para evitar la rapiña.

“No sé que voy a hacer; no sé que haremos para salir adelante; perdimos todo, todo el patrimonio que hice en la vida”, señala Doña Isabel y llora, llora amargamente.

TDG / WLT
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