Las grandes dinastías del deporte no sólo logran trascender gracias a los jugadores sino que los personajes en el banquillo técnico también juegan un papel fundamental. No cabe duda de que los Chicago Bulls son una de las dinastías más importantes y, quizá, la más importante de la NBA. Pero para que esto fuera posible hubo un factor importante, Phil Jackson.

Criado en una familia religiosa que la imponía bastantes restricciones, Jackson fue convirtiéndose en lo que reflejó tanto en su faceta como jugador y como entrenador; en alguien competitivo.

Durante su segundo año en la universidad y ya siendo jugador de basquetbol colegial, Phil probó por primera vez el LSD, también conocido como ácido y se transformó en hippie, desarrollando así otro pensamiento.

Phil Jackson experimento muchos movimientos y religiones, cosa que lo llevó a mejorar en el aspecto de trato con el grupo en su época como entrenador.

Y vaya que lo hizo muy bien, tener entre tus pupilos a un jugador como Michael Jordan no debe ser nada fácil pero Jackson logró que el grupo de los Chicago Bulls, encabezado por MJ y Scottie Pippen, se compenetrara y alcanzara esos tres títulos consecutivos.

“El anillo de campeonato simboliza el estatus y el poder. A nivel psicológico, el anillo representa algo muy profundo: la búsqueda de la identidad en pos de la armonía, la interrelación y la integridad”, menciona Phil Jackson en su libro Once anillos.

Entonces el legendario entrenador realizó un cambio en la forma de pensar de sus dirigidos y los llevó por un camino desconocido que incluía la meditación antes y después de los partidos, entre otros rituales para el grupo.

Todo tiene su final y el de estos históricos Chicago Bulls fue en 1998, con el sexto título en sus manos, Jordan, Pippen, Denis Rodman, Steve Kerr y, por supuesto, Phil Jackson, tuvieron que separarse, no sin antes realizar un último ritual que demostró la personalidad del técnico.

Los jugadores escribieron en un papel lo que significaba para ellos estar en el equipo y, estos escritos, serían quemados para simbolizar el final.

“La sanación procede de dejar espacio para que todo ocurra: espacio para el dolor, para el alivio, para la desdicha y para la alegría”, apunta Phil en su libro.

 

Esta nota originalmente se publicó en Milenio

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