CIUDAD DE MÉXICO.

Una fachada revestida de sillares de piedra, una doble escalinata franqueada por cuatro columnas de mármol, mesas con bases en madera tallada, paneles pintados a mano, una monumental vitrina de botica, candiles de cristal, vitrales, barandales, espejos, singulares barriles para mezcal y un kiosco de metal policromado. La Casa Filomeno es un museo en sí misma.

150 piezas del acervo son obras de arte y objetos de uso cotidiano y de charrería que datan de 1880 a 1915

Ubicada en el número 54 de la Plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma, esta casona porfiriana diseñada por el arquitecto Daniel Ruiz a principios del siglo XX abrió ayer sus puertas transformada en un espacio “lúdico e informal” que “juega con la fantasía” conservando los vínculos con su época.

«Cada pieza es una historia”, comenta el coleccionista Daniel Liebsohn, quien diseñó los espacios del inmueble, tras haber sido restaurado, para albergar su acervo conformado por 150 piezas que datan de 1880 a 1915; una colección que reúne tanto obras de arte como objetos de uso cotidiano y de charrería.

«Las antigüedades son objetos que nunca nos pertenecen, ya estaban aquí antes de que llegáramos y seguramente seguirán viajando cuando ya no estemos”, afirma el autor de la novela Filomeno, cuyo personaje inspiró el mundo que recrea la casa.

«Las piezas han ido apareciendo en función de la historia que se quiere narrar. Ha sido un proceso vivo que ha motivado una reflexión sobre qué es cada una. La intención es compartir. Las colecciones vivas nunca paran”, agrega.

El edificio, explica Juan Manuel Corrales, quien hizo la investigación sobre la casa y el barrio, siempre ha estado vinculado al arte y la cultura, a pesar de que en sus inicios fue una casa-habitación.

«Aquí estuvieron las primeras oficinas de El Colegio de México y el despacho de su presidente Alfonso Reyes; posteriormente, fue lugar de trabajo del poeta y Nobel de Literatura Octavio Paz; años después se convirtió en un colegio de señoritas y, de 1983 a 2015, fue sede de la Galería OMR”, detalla.

En su nueva vocación, la Casa Filomeno evoca el mundo del personaje concebido por Liebsohn, un joven charro que vive en el México de finales del siglo XIX. “Los objetos y la decoración nos trasladan a épocas pasadas, junto a la nostalgia de las antiguas cantinas, bares y restaurantes decimonónicos, donde transcurren algunos pasajes de mi novela”, dice el autor.

«Este museo es como un túnel del tiempo que te lleva a otro momento. Quisimos quitarle toda la seriedad a la historia y romper el mito de lo frágil y delicado de las piezas, que siguen vivas a pesar de sus viajes y movimientos”, destaca Liebsohn.

Indica que el espacio es un homenaje a los boticarios y a los artesanos, a la tradición de hacer los productos a mano, a esos oficios que se están perdiendo.

«Los vitrales son los originales, pero hay una réplica, la idea es que la gente conozca la maestría de los maestros actuales. El mayor reto era no limitar la imaginación, pero respetando las referencias históricas”.

El promotor cultural señala que la casa apuesta por el concepto de colección. “Más que la pieza, es el conjunto. Somos un grupo, detrás hay un trabajo de equipo intenso. Esto es el resultado de un esfuerzo de amigos y socios apasionados por el rescate de la ciudad”.

Sin especificar el monto de la inversión, “fue demasiada”, Liebsohn aclara que Casa Filomeno está dirigida a todo público. “Así como el estilo ecléctico de la arquitectura y de la colección, deseamos que nos visiten niños, jóvenes, mujeres, adultos mayores, intelectuales e integrantes de los sectores populares. Es un homenaje a la cultura popular que convive con espacios bellos”.

La apertura de este centro se da en el marco de la feria de arte contemporáneo ZONAMACO –la más grande en Latinoamérica–que incluye al diseño y a las antigüedades como “un arte sin tiempo”. Pero, además de la casa, los promotores invitan a redescubrir la Plaza Río de Janeiro, que primero se llamó Parque Roma y después Parque Orizaba.

«En 1922, a iniciativa de José Vasconcelos, entonces titular de la Secretaría de Educación Pública, fue nombrada Plaza Río de Janeiro, presumiblemente en reciprocidad a la invitación de Brasil para que México asistiera al centenario de su Independencia”, explica Manuel Corrales.

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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