Una amiga mía es profesora y, a menudo, me cuenta los quebraderos de cabeza propios de su oficio. Hace unos meses me platicó que una madre de familia se había indignado mucho al hojear uno de los libros que se leerían durante el ciclo escolar: le parecía que la novela en cuestión era “inadecuada” y que pondría a los papás “en problemas”. No es inusual que los papás y las mamás se quejen de tanto en tanto.

Eso, en sí mismo, no es sorprendente: la escena se repite aquí y allá, con variaciones, pero en esencia igual: una persona adulta se queja de que ciertos libros exponen a la infancia a temas “difíciles” o “impropios” y, dependiendo de su capacidad de influencia (y, por supuesto, de la razón que pudiera o no tener la queja), involucra a otras personas en la cuestión.

Los resultados, esos sí, varían: desde que otros padres de familia le digan al quejoso que mejor ya se siente, hasta que la discusión se expanda más allá de esa comunidad escolar específica, a redes sociales y fuera de ellas, y acabe, por ejemplo, en una nota como ésta.

Pero lo que me sorprendió en este caso específico fue que, contra lo que yo me esperaba, no era una novela sobre adolescentes que descubren el sexo o las drogas.

En cambio, era un libro sobre unas niñas que organizan a toda su escuela para evitar que talen los árboles de un parque (el libro, por cierto, es Polvo de estrellas, de Norma Muñoz Ledo, y es muy bueno: además de la trama relacionada con la tala, tiene un misterio, una traición, algo de romance y buena música).

El razonamiento de la mamá quejosa era que el mundo no funciona así: que cuando una empresa decide talar un parque para poner un centro comercial, ni todo el idealismo puede con eso y que más bien hay que enseñarles a los niños a ser “realistas”.

Que, de otro modo, solo se les pavimenta el camino a la desilusión y, tarde o temprano, al cinismo. O que, influidos por la novela en cuestión, los niños van a querer abusar y a organizarse para reclamar por todo.

Entiendo que los temas que los adultos podemos considerar “no aptos” pueden ser de lo más variados y que detrás de estas quejas puede haber un deseo sincero de evitarles problemas y sufrimiento a las nuevas generaciones; pero hay al menos dos problemas evidentes en esa actitud: primero, que lo que nosotros consideramos “inadecuado” tiene que ver con nuestros propios estándares, y que un tema difícil (digamos, una enfermedad terminal) puede abordarse de una manera sensible y hasta romántica en una novela como Bajo la misma estrella, de John Green, o incluso desde el desenfado y el humor de Yo, él y Raquel, de Jesse Andrews.

Ni siquiera la edad tiene que ser un obstáculo: si bien los dos ejemplos anteriores son de novelas para adolescentes, también hay libros como La flaca y el gordo, de José Luis Olaizola, dirigido a niños y niñas de siete años en adelante.

En segundo lugar, tendríamos que reflexionar acerca de que, por más que queramos proteger a los niños y adolescentes, es imposible aislarlos del mundo y sus peligros.

Quizá podemos evitar que lean un libro que aborde el calentamiento global, el cáncer o la violencia, pero ¿significa eso que no se enteren por otros medios? Más aún, los libros dan la oportunidad al joven lector de sentir que la situación está bajo su control: siempre puede elegir la dosis (prender la luz, poner música, cerrar el libro) o hacer una pausa para reflexionar acerca de qué haría en una situación similar a la que le plantea el autor o autora.

Y eso es muy importante, porque cuando una niña o un niño aprende a imaginar soluciones, incluso si son irrealizables “fantasiosas”, está aprendiendo a no conformarse con el mundo como es.

¿Será esto un motivo de frustración, como temía la mujer de la que me platicaba mi amiga la profesora? ¿O será un motor para tratar de mejorar el entorno político, económico, social y ecológico? Yo me inclino más hacia esta segunda idea, sobre todo en momentos como los que vivimos.

¿De verdad podríamos evitar que los niños y adolescentes se enteren de las crisis migratorias, del aumento en la intolerancia y el racismo, de los crímenes de odio y las guerras? ¿Vamos a apagar también los televisores y la radio, a evitar que vean los titulares de los periódicos en la calle, a impedir que escuchen las conversaciones a su alrededor? Y en un remoto e hipotético caso de que lo lográramos, ¿realmente sería lo mejor? Yo me atrevo a asegurar que no.

Todo lo anterior lo comento porque, este año, el pabellón infantil de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara tiene como tema central Todos los mundos posibles.

La descripción que hace al respecto la propia FIL dice: “Imaginemos a más de 50 mil niños proponiendo soluciones a los problemas más urgentes de nuestro planeta. Este año, la FIL Niños se convertirá en un laboratorio destilador de utopías.

Como en cada edición, los libros son coprotagonistas y los principales cómplices en este pabellón de cuatro mil metros cuadrados que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara destina al público infantil. Casi cien títulos servirán de combustible en el ejercicio de creación y creatividad.

Cada uno de los quince talleres tendrá la misión de plantear soluciones a problemas actuales que trastocan la realidad de los niños. El escenario de hoy, tan lleno de tensiones y sistemas en conflicto: desde la crisis climática hasta las tambaleantes democracias, modelos económicos caducos y el auge de totalitarismos, ha creado una sensación de desasosiego.

Pensar que es imposible cambiar de rumbo es claudicar a imaginar, por lo que la FIL Niños sabe que es oportuno un llamado a escuchar a la que posee el mayor talento en el ejercicio de la imaginación: la infancia. Esta puede ser una práctica que revierta el desencantamiento social; invocar a la utopía para crear todos los mundos posibles”.

Este año, las actividades en FIL Niños giran alrededor de las posibilidades de mejorar el mundo y están diseñadas con todo cuidado de acuerdo con los intereses y las habilidades de cada grupo de edades: desde “Nación canción”, un taller en el que los niños y niñas de 3 a 6 años podrán explorar la forma en que la música hace del mundo un mejor lugar, hasta “Robotrópolis”, donde preadolescentes de 10 a 12 años visitarán una ciudad imaginaria en la que se conjugan la filosofía y la inteligencia artificial; pasando por una experiencia de cambalache dirigida a los de 7 a 10 años.

Y si bien los talleres son exclusivamente para niños y niñas de esas edades, el resto del programa de FIL Niños sí está abierto para toda la familia y ofrece obras de teatro, música, cuentacuentos y cine (incluyendo una muestra de cortometrajes en stop motion realizados por niños y niñas de diferentes regiones del país), así como una sala de lectura donde se podrá descansar un rato y leer, entre otras obras, los libros utilizados para la creación de los talleres.

Y, por supuesto, habrá la posibilidad de asistir a presentaciones de libros y conocer en persona a algunos de los autores y autoras, nacionales y de fuera de México, que contribuyen a que la Literatura Infantil y Juvenil ofrezca la gran variedad y enorme calidad de la que goza hoy en día, haciendo que los niños y niñas sean más críticos. Aun si eso significa que, a los adultos, nos pongan “en problemas”.

Como cada año, la oferta literaria enla FIL Niños es variada y muy diversa.Una pequeña muestra:

-El domingo 1 de diciembre, el escritor y músico Luis Pescetti presentará un nuevo libro dentro de la serie de la inquieta y divertidísima Natacha: Fue Rafles, Natacha.

-El lunes 2 será el turno de Norma Muñoz Ledo con su más reciente novela, Cazadores del Big Bang, publicada por Loqueleo.

-El miércoles 4, en el pabellón de la India, invitado de honor, el científico Arvind C. Ranade impartirá el taller “Construir un telescopio”, dirigido a todo el público.

-El jueves 5, Mariana Palova presentará su novela La nación de las bestias. El señor del Sabbath.

-El domingo 8 estará el escritor Kevin Brooks en la premiación del concurso Cartas al Autor.

Esta nota originalmente se publicó en Milenio

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