CIUDAD DE MÉXICO.

México, el país donde no se utilizan los imperativos ni la negación, donde existe un uso “masivo y extensivo de diminutivos”, una nación de cortesías en la que el “no” se transforma en algo positivo, donde se vive a diario el mestizaje del léxico latino con el indígena, enamoró a la investigadora española Concepción Company Company (1954) desde 1975, cuando llegó becada por la Universidad Complutense.

Por esta razón y por otra, “igualmente valiosa: la aparición de un mexicano que sigue siendo mi compañero de vida”, es que la filóloga decidió quedarse en tierras aztecas y especializarse en la sintaxis histórica del español, en busca de la identidad lingüística de los mexicanos.

«Es un país generoso que permite investigar, entrar a mundos nuevos; es inagotable en cuestiones culturales y antropológicas. Me ha dado mucho, una familia, mis hijos y mi nieta son mexicanos. Eso me ancla aquí”, confiesa la investigadora y académica en entrevista con Excélsior.

Quien obtuvo el martes pasado el Premio Nacional de Artes y Literatura 2019, en el campo de Lingüística y Literatura, “por sus aportes en la construcción de una identidad lingüística en los planos nacional e internacional”, según apuntó el jurado, aclara que no se siente una celebridad ni la sintactóloga más destacada de México, como se la considera.

«No, por favor. Sé que salen esas frases. Pero yo me sigo creyendo una obrera de la lengua, una profesional de su trabajo. La sintaxis y la historia de la lengua es mi mundo. Pero soy absolutamente macehual de la lengua. Este premio es un honor y una responsabilidad para seguir”, agrega.

Naturalizada mexicana desde 1978, Company hizo la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas, y la maestría y el doctorado en Lingüística Hispánica en la UNAM. “Llevo muchos años investigando en qué momento el español de México se distancia del español que llegó hace 500 años y cuál ha sido el papel de las lenguas indígenas en esta construcción identitaria del español de este país”.

Aclara que ha estudiado sobre todo el español del Altiplano, el que se habla en la Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, Oaxaca. “Hemos sustituido el léxico latino de la lengua madre por el léxico indígena. Decimos apapachar y no mimar, molcajete y no mortero. Es un proceso de sustitución del léxico patrimonial latino por el indígena. Esto es consecuencia de los contactos complejos entre ambas culturas.

«Hemos hecho mestizajes interesantes, integramos dos lenguas. Construimos la actividad con lengua española y el objeto de comparación, con la indígena: ‘A darle que es mole de olla’, ‘Buena pal petate, mala pal metate’ o ‘Moverse como chinicuil en comal’”, explica.

La integrante de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio Nacional detalla que el español se caracteriza por el uso de diminutivos y la disminución de categorías cognitivas como el tiempo (“un segundito”, “ahorita”), las cantidades (“qué tanto es tantito”), y las acciones (“llegandito”).

«Desde el siglo XVIII empieza a construirse esta identidad. Disminuimos porque estamos acercándonos al otro, pero también cuidándonos del otro. Los diminutivos no sirven para disminuir nada, sino para aminorar el efecto comunicativo. México es un país sumamente respetuoso en las formas, un país de cortesías”.

La investigadora emérita de la UNAM destaca que “los mexicanos no damos órdenes, no usamos imperativos; usamos el no como algo positivo, ‘no cantas mal las rancheras’; y abusamos de los posesivos. Es de tal singularidad el español de México que siempre regreso a él con nuevos datos y dudas”.

Prepara dos libros

La autora de Documentos lingüísticos de la Nueva España admite que México le resultó atractivo porque enfrenta flujos migratorios complejos, motivados por la llegada de indígenas a las urbes, además de la inmigración que ha habido de españoles, libaneses y judíos. “Esto genera una actividad alta de intercambios lingüísticos, cambios muy dinámicos”. Y parte de la premisa de que “no hay lengua estática, ni pobre ni rica; en cualquier parte el habla es rica. Es un principio de cualquier gramática. Todas las lenguas tienen todas las herramientas para expresar sus necesidades comunicativas y su visión del mundo”.

Quien dirigió la edición del Diccionario de mexicanismos adelanta que espera la publicación de dos libros. Uno es Hablar y vivir en América, que está en imprenta en El Colegio Nacional y espera que vea la luz el próximo año.

«La idea es mostrar la vida cotidiana de hace 500 años desde los barcos, qué hablaban ahí, cómo se saludaban y despedían. Esos hombres estuvieron tres meses en espacios mínimos, unos hablaban el castellano, pero otros catalán, francés, flamenco y alemán. Busco mostrar cómo la lengua ha sido determinante para la construcción de nuestra identidad”, añade.

Y el segundo es un título colectivo y complejo. “Es la cuarta parte de la Sintaxis histórica de la lengua española. No hay lengua romance que tenga una sintaxis de tal envergadura. Hemos publicado en varios volúmenes casi ocho mil páginas. Y están en proceso otros tres volúmenes, en los que analizamos cómo cambiaron las estrategias de hacer discurso de hace mil años a la fecha. Espero que esté listo en 2022”, concluye.

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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