Considerado como una de las voces fundamentales de la poesía actual mexicana, David Huerta es poeta, narrador, ensayista y traductor y ha desempeñado su labor profesional siempre alrededor de los libros; ha reconocido que la poesía le llega “por la vía genética” y que su padre, el también poeta Efraín Huerta, tuvo un peso específico en sus inicios literarios.

Autor de una vasta obra poética, su libro Incurable (1987), es considerado uno de los mejores de la poesía en lengua española.

Merecedor de infinidad de premios y reconocimientos, el próximo 30 de noviembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, recibirá el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, por el «ímpetu, la pasión y la fraterna inteligencia» de su obra.

Existe la hipótesis de que la poesía en México se encuentra muy débil, que fuera del circuito intelectual poco es lo que permea hacia la sociedad en general, que ni en las escuelas se lee… ¿Es correcta esta visión de que la poesía en México está muy olvidada?

No estoy de acuerdo con esa visión por razones que trataré de exponer tan claramente como pueda. Antes debo hacer una serie de precisiones sobre la palabra “poesía”, según el contexto en el que aparece. Cuando la utilizamos como en estas preguntas, debemos entender “poesía culta”, es decir, la de los autores que están consagrados canónicamente en los libros de historia literaria, comenzando con los poetas anteriores a la Conquista en el siglo XVI, que el llorado maestro Miguel León-Portilla compiló en antologías beneméritas publicadas en los años sesentas del siglo pasado. Luego vienen los poetas de los tres largos siglos del México virreinal, con la figura de sor Juana Inés de la Cruz, en la segunda mitad del siglo XVII, en el centro; una manera muy injusta de ver ese periodo de nuestra historia y de nuestra cultura, injusticia que le debemos a la generación liberal, tan admirable, pero con opiniones muy discutibles en el terreno de la cultura y de la poesía en particular.

Más tarde vienen los poetas neoclásicos y románticos de los siglos XVIII y XIX; para terminar con las generaciones modernas, a partir de López Velarde y los discípulos y seguidores de Rubén Darío en México. Eso no es ni siquiera un apunte histórico de la “poesía culta” en México sino una serie de toscos brochazos para que tengamos una idea general. Pero esa es solamente la poesía culta, de los autores consagrados; no considero aquí la poesía popular que Gabriel Zaid tuvo el acierto de compilar, selectivamente, en un libro muy valioso que se llama Ómnibus de poesía mexicana, en el que caben desde los letreros en los baños públicos hasta el monumental poema Muerte sin fin de José Gorostiza, pasando por canciones, albures, dichos, canciones infantiles, proverbios, es decir, toda una serie de expresiones en las que el lenguaje intencionado tiene un papel cardinal: no el lenguaje instrumental (“pásame el salero”, “dígame cuánto cuesta el boleto del Metro”…), sino una forma de organizar, de disponer las palabras con una intención, una voluntad específicamente expresiva. Es un arco muy amplio. Se ha dicho que los mexicanos hacemos juegos de palabras hasta en la sopa, literalmente, cuando nos sirven precisamente sopa de letras. Es verdad. El ingenio verbal del mexicano está documentado en ese libro de Armando Jiménez que se llama Picardía mexicana, un clásico en el que pueden leer muchísimos versos que son expresión popular de ese lenguaje intencionado que por muchos lados colinda con la poesía.

¿Las editoriales la promueven?

No, por las peores razones. Razones enteramente mercantiles: la profunda estupidez que relaciona el dinero con el valor de las cosas. Pero eso puede decirse de la mayoría de las editoriales comerciales, no del puñado de magníficas editoriales de nuestro país que publican poesía y lo hacen del modo más digno imaginable, como Era y hasta hace un par de años el Fondo de Cultura Económica.

Es un círculo vicioso: las editoriales comerciales dicen que la poesía no se vende, pero si uno observa la situación con cuidado, verá que no se vende porque no la mueven o no la promueven: ellos mismos han creado ese mito y lo repiten y lo obedecen ciegamente. Han vendido una cantidad enorme de libros que no valen nada y tan campantes; pero eso sí, “la poesía no se vende”: ellos, esos editores, son en buena parte responsables del estado desastroso en que se encuentra la lectura en México.

¿Dejan dinero a editores y poetas las ediciones de libros del género?

No sé ni le he prestado atención a ese fenómeno comercial, si así se le puede llamar; en realidad es la consecuencia de un descuido descomunal alimentado por la ignorancia de todos esos empresarios y gerentes, metidos en ese círculo vicioso del que acabo de hablar. A propósito del premio de la FIL, me ofrecieron publicar un libro de poemas míos, una antología,en una de esas editoriales trasnacionales, hacerlo muy rápido, y me negué en redondo: me pareció oportunista, poco profesional y muy desagradable; en cambio, cuando en Era me pidieron un libro de poemas, inmediatamente (o casi) se los entregué con gran gusto. Lo mismo con mis ensayos, que van a aparecer en la extraordinaria editorial, más o menos nueva, dirigida por Tomás Granados Salinas: las ediciones de Grano de Sal. Lo mismo debo decir de otra editorial llamada Cataria, cuyo segundo título será un libro mío de ensayos cuyo subtítulo es sencillamente Sobre poesía. En la FIL van a publicar en un buen tiraje (10,000 ejemplares) una pequeña selección de mi poesía que se va a distribuir gratuitamente, lo cual me llena de alegría. Una observación que me importa hacer: la poesía no es un “género literario”. Es la literatura misma, su sangre y su sentido.

¿Qué hacer para incrementar su consumo? ¿Se puede “poetizar” al país por decreto?

Desde luego que no, esos decretos nunca funcionan. La sola idea de “poetizar al país” me parece extraña. No somos Rusia, donde la lectura de poesía forma parte de los hábitos nacionales; somos un país muy atrasado en muchos terrenos, incluido éste, sin la menor duda. Alguna vez en México la poesía estuvo en auge, pero ya no: uno de los efectos devastadores y estupidizadores del capitalismo rampante. ¿Qué puede hacer un librito de poemas, tan desarmado él, tan poco “espectacular”, junto a la televisión comercial o las tabletas electrónicas o los teléfonos celulares? Pero se sigue pensando que la culpa es de los poetas y de los poemas. Todo mundo piensa así, pero en realidad es una exageración decir que “piensan”; en realidad responden, reproduciéndolos, a una serie de prejuicios y tonterías que circulan incesantemente. En México se sigue leyendo poesía como se ha hecho durante generaciones. Pero seguimos pensando que si no se venden libros de poesía eso significa que no se leen poemas. Me consta que en multitud de familias mexicanas hay libros de poesía que se han conservado en las casas durante varias generaciones y que se leen aún. Por eso digo que se sigue leyendo poesía; decir que no se hace es una opinión indocumentada que nada más le ha prestado atención a lo que se vende ahora, o no se vende: una visión estrecha, enfocada en el dinero, en el comercio.

Algo me llamó la atención en torno al centenario de la muerte de Amado Nervo. En las conmemoraciones por ese aniversario, el presidente López Obrador dijo que Carlos Pellicer, tabasqueño como él, quiso enseñarle el valor de Nervo pero que él prefiere poetas “comprometidos con las causas populares” (creo que fueron sus palabras; sin duda era la idea), dejando ver que consideraba a Nervo un poeta aristocratizante o, como le gusta decir, fifí; ignora o hace como que ignora (no sé qué es peor) que Amado Nervo es el poeta más popular de nuestro país: pertenece al pueblo hace ya muchos años, y hace más de un siglo, tuvo una celebridad inmensa, una popularidad extraordinaria y el pueblo lo ha hecho suyo. Quién sabe la razón de que López Obrador renunciara a aprender de Pellicer algo tan sustancioso, tan valioso, tan importante.

¿Los medios de comunicación influyen en esta falta de difusión?

Los medios de comunicación no tienen el menor interés en la inteligencia: están concentrados en el rating. He oído decir que no hay nada más viejo que el periódico de ayer y yo suelo complementar esta afirmación con otra: no hay noticias más frescas que las que nos dan los buenos poemas.

¿Es el gobierno quien debe promover su consumo vía campañas oficiales de propaganda y difusión de libros?

Evidentemente, sí. Pero los gobiernos mexicanos no tienen un especial interés en que la población entienda, piense, analice, discierna, sea capaz de criticar, es decir: todas esas recompensas de orden intelectual que da la lectura. No: mejor que los votantes vivan atarantados por el discurso oficial, por la publicidad, por la estridencia del comercialismo, antes de que se enfrenten, ¡Dios no lo quiera, ni el señor presidente!, a un libro bien pensado y bien escrito, como hay tantos, por fortuna, en nuestra literatura.

¿Qué ha dicho la 4T (el gobierno de AMLO) al respecto? ¿Promoverán la cultura?

Lo que hay que decir es desolador y está a la vista de quien quiera verlo; parte del final de mi respuesta anterior tiene relación con el gobierno actual. La Secretaría de Cultura sobrevive de milagro y hay que defenderla con todos los medios legales y legítimos a nuestro alcance; por otra parte, la Secretaría de Cultura del gobierno de nuestra capital (CdMx) ha tenido grandes problemas para cumplir con sus compromisos: la prueba está a la mano con la parálisis del apoyo económico a centros culturales como la Casa Elena Poniatowska y la Casa del Poeta Ramón López Velarde.

Los funcionarios altos y medios dicen o sugieren “acudan a la iniciativa privada”; pero eso no es fácil. Un panorama muy desolador en el que parece valorarse algo tan extraño como el “rap en otomí” pero se deja morir o agonizar centros culturales como los que he mencionado. Nunca he escuchado un rap en otomí y quizá sea interesantísimo; pero es tan extraño como un artículo sobre física cuántica redactado en falisco. Vaya, hay mucha demagogia. Me gustaría saber si los jilgueros y aduladores del gobierno actual, y los propios altos funcionarios, pueden recitar medio poema de Netzahualcóyotl o un tocotín de sor Juana en lengua mexicana; si no saben, entonces su defensa de las “culturas originarias” es pura demagogia, politiquería barata, hipocresía pura y dura. Ah, y además conservadurismo paternalista disfrazado de un progresismo chirle.

Además de tu caso, ¿quiénes son los poetas mexicanos más destacados de la actualidad?

Hay poetas extraordinarios en México. Coral Bracho y Elsa Cross son nombres que me vienen de inmediato a la mente. Pero hay otros, muchos otros, desde luego: Francisco Segovia, Antonio Deltoro, Javier Sicilia, José Luis Rivas, Luis Cortés Bargalló, Luis Vicente de Aguinaga, Víctor Cabrera, Paula Abramo, Maricela Guerrero, Elisa Díaz Castelo, Pedro Martín Aguilar, Lázaro Tello, Jorge Ortega, Óscar de Pablo, Emiliano Álvarez, Sara Uribe, entre otros. Javier Sicilia vivió una tragedia familiar y personal realmente espantosa y para mí representa una porción importante de lo que mi amigo y camarada Federico Campbell llamaba “la reserva moral de la sociedad”, además de que es un poeta muy bueno, muy profundo, que como protesta por la violencia en que los gobiernos sucesivos (incluido el actual, en 2019) han permitido que se hunda el país, abandonó la poesía; sus amigos le hemos pedido que vuelva y ojala escriba más poemas, que mucha falta nos hacen.

En el mundo, ¿cuáles autores están marcando la pauta en este género?

Pienso en el chileno Raúl Zurita, en el norteamericano Mark Doty. Ya murieron tres de los más grandes: el irlandés Seamus Heaney, el santalucí Derek Walcott, el ruso Joseph Brodsky. Dejaron un legado formidable. En México, sus traductores son ilustres: de Walcott, José Luis Rivas; de Heaney, Pura López Colomé.

Dos palabras sobre Raúl Zurita. Es un poeta visionario y político: su política es visionaria y sus visiones tienen un trasfondo histórico de enorme valor. El primer poema que de él conocí se titula El desierto de Atacama y es un canto trágico a la naturaleza y a los heroicos chilenos que se opusieron a la dictadura que atormentó su país desde 1973. Zurita nunca ha abandonado su forma de pensar y de hacer poesía; para mí es un ejemplo de cómo debe comportarse un poeta: sin compromisos sino radicalmente, sin concesiones, con una atención suprema al mundo, a la realidad, a los sueños, a todo. Lo admiro enormemente y ha sido un maestro a la vez distante y cercano, pues atesoro sus libros con mucho amor.

¿Qué les diría a los jóvenes interesados en hacer y difundir poesía, para animarlos a seguir… o a lo mejor para desanimarlos?

Les diría, primero que nada, que lean poesía. Si no lo hacen, no pasa nada, desde luego; pero inevitablemente vivirán una vida pobre, limitada, gris, desabrida. La verdad, los grandes lectores son grandes vivientes, como diría Nieztsche. No leer, pudiendo hacerlo, es como aceptar mansamente la ceguera, pues quienes no leen están como ciegos.

Esta nota se publicó en El sol de México

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