La guerra perdida (Alfaguara), de Jordi Soler (1963), es el nombre de la trilogía que incluye Los rojos de ultramar, La última hora del último día y La fiesta del oso, cuyo leitmotiv es la fundación, en el caso de ese volumen narrativo, de una plantación cafetalera; aunque también es la repercusión de una derrota en el campo de batalla, la cual ha marcado a las generaciones de una familia.

«Lo que produjo esa guerra que perdió mi abuelo fue una familia afectada por todos los costados. Cada miembro de mi familia es lo que es por esa batalla que Arcadi perdió; de ahí que el libro se llame La guerra perdida, porque es el gran accidente que nos define. Compartir esa idea es una forma de decir: ‘lo que voy a contarle son las secuelas de la guerra’.

«Siempre he pensado que es mi destino. Nací en las circunstancias en las que nací porque alguien perdió una guerra. Si mi abuelo no la hubiera perdido, entonces mi destino hubiera sido otro; pensando en términos literarios, por supuesto. Ese tema se repite en cada uno de los libros que componen este volumen”, reconoce el autor.

La indagación de acontecimientos históricos, la búsqueda de una identidad y el exilio de una familia se entrecruzan en estas tres obras, para dar un perfil casi antropológico.

«Hice un ejercicio de arqueología interior, cuando me puse a recordar lo que había sucedido en mi infancia, en la selva de Veracruz, en el cafetal; todo fue muy deslumbrante y, por eso, permaneció en mi memoria de manera exacta.

Y puedo decir que, además de la guerra perdida, la historia de estos libros es la fundacional, el esfuerzo que hace una familia que va de Barcelona a México para instalarse en una tierra que es para ellos radicalmente desconocida; no sólo porque se trata de otra latitud, sino también porque el fundador, Arcadi, un chico que estudiaba en Barcelona para ser abogado, de pronto se enrola y pierde la guerra, tiene que pasar por un campo de concentración. Existen la ruptura dolorosa y el esfuerzo por establecerse; y una vez lograda la etapa fundacional, como aparece en estos libros, comienza la vida de verdad”, afirma Soler.

El juego de voces narrativas es un continuo ejercicio en este laboratorio que es la novela. En el caso de esta trilogía, se ve reflejado en el salto de la primera persona al narrador omnisciente, en el tándem de voces y perspectivas. Al inquirir al novelista sobre esto, reconoce su interés por situar su obra en este siglo. “Hay un empeño porque mis novelas suenen y queden inscritas en los principios del siglo XXI. La prosa debe tener una dinámica que consuene con la forma en la que se habla en el siglo XXI, con la forma en que se recibe la información. Todo el tiempo estamos inmersos en una realidad poliédrica, tenemos información de todos lados. Entonces, mi empeño es que esa manera poliédrica que tenemos de conocer el mundo se traspase a la prosa de estas obras. Digamos que esa es la teoría, después viene la ejecución de esa teoría y después lo que sigue es el juicio del lector, quien siempre tiene la razón”.

En Los rojos de ultramar, por ejemplo, fue una decisión alternar la primera voz y el omnisciente, después de ensayar diversas maneras de escribir esta historia; porque, para ser una historia donde los personajes se parecen a mi familia, donde el narrador se parece a mí, tenía ciertos problemas para distanciarme de lo que estaba escribiendo; lo que yo quería era escribir una novela, no unas memorias.

«Entonces, reitero, llegué a un acuerdo conmigo mismo, que tiene que ver con la forma; y me parece que la prosa de mis novelas debe tener una dinámica en la que se habla en el siglo XXI”, destaca.

 

 

EXILIO Y MIGRACIÓN

 

Al ser La guerra perdida una trilogía sobre la fundación; es decir, sobre una suerte de exilio y migración, se le cuestionó a Jordi Soler sobre los actuales problemas que atraviesa nuestro país en este tema. “He sentido una profunda tristeza y vergüenza, precisamente porque vengo de una familia que fue expulsada de su país y tuvo que buscar otra vida en otro territorio; y que, en los años 40, mi familia tuvo la fortuna de la generosidad del gobierno mexicano, que aceptó a todos los salidos de España.

«En México, siempre habíamos visto por encima del hombro a algunos países europeos donde hay una ultraderecha que es hostil con los inmigrantes, que tiene un discurso destructivo contra todas las personas que quieren venir de otro país, sobre todo cuando se es pobre; porque hay una cosa en la xenofobia, y no es precisamente el miedo al otro, sino al pobre.

También me da pena esa actitud hospitalaria de México, tan famosa en el mundo, pero que ahora la están tirando por los suelos con esta manera miope de ver a la gente que quiere cruzar nuestro país para llegar a EU”, indica el también poeta.

El autor de las novelas Diles que son cadáveres y La mujer que tenía los pies feosasegura que tiene nuevos proyectos en puerta.

«En septiembre sale en España Mapa secreto del bosque, un largo ensayo que pronto llegará a México. También trabajo en una novela que está casi terminada, de la que prefiero no decir nada, por superstición”, concluye.

 

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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