«Recobra el vigor». «Recupera tu mejor versión». «No sigas sintiéndote viejo». «Restaura tu vitalidad»…

Si eres hombre, rozas la mediana edad y ostentas un buen estatus económico, es muy posible que recientemente te hayas sentido interpelado por unos anuncios que, desde diferentes plataformas, te invitan de una forma más o menos velada a vivir una segunda juventud.

La publicidad sugiere que existe una especie de elixir antienvejecimiento que, por unos 800 euros, puede eliminar tu cansancio, restañar tu decaimiento y, sobre todo, resucitar el ímpetu sexual que tenías a los 20.

En realidad, lo que están ofreciendo es testosterona, una hormona que, aunque se venda como sinónimo de virilidad y fortaleza, no es, ni mucho menos, un remedio inocuo contra el paso del tiempo.

«Están proliferando los establecimientos que ponen testosterona a hombres que no tienen ningún problema diciéndoles que así mejorarán en la cama y potenciarán su vitalidad y energía», apunta Rafael Prieto, urólogo del Hospital Reina Sofía de Córdoba y ex presidente de la Sociedad Española de Andrología. «Pero la hormona, en esos casos, no sólo no provoca estos efectos, sino que les somete a riesgos innecesarios».

La testosterona, continúa el especialista, es una hormona clave para el desarrollo sexual que también contribuye al buen funcionamiento de la masa muscular o los huesos, entre otras funciones. Desde hace décadas, se usa en la práctica clínica para tratar patologías como el síndrome de Klinefelter, que impiden la producción de testosterona en los testículos y conllevan importantes alteraciones para quienes la sufren.

Sin embargo, en los últimos años se está multiplicando su uso fuera de esta indicación, bajo la premisa de que puede contrarrestar los efectos de la edad y mantener el vigor. Este planteamiento liga directamente la bajada de los niveles de testosterona que se produce con el paso de los años con los signos de envejecimiento -como la fatiga, el descenso de la líbido, o la pérdida de masa muscular- y propone que suplir esa caída permite retrasar la llegada de la tercera edad. Pero la hormona dista mucho de ser un milagro antiaging.

Si sus niveles de testosterona son normales, un varón no va a tener mejores erecciones aunque tome hormonas

R. Prieto, urólogo

La testosterona se segrega en grandes cantidades en la pubertad -cuando las concentraciones en sangre alcanzan entre 500 y 700 ng/dl-, explica Enrique Gavilanes, médico de Atención Primaria que ha estudiado a fondo el esplendor que está viviendo la testosterona. A partir de los 35, los niveles comienzan a decaer lentamente, «a razón de aproximadamente un 1% anual hasta niveles de unos 300 ng/dl en los varones ancianos. Pero no se trata de un descenso patológico. No hay por qué medicalizarlo», subraya.

«Es cierto que un varón no tiene los mismos niveles de testosterona a los 20 que a los 50, pero si sus niveles de la hormona se encuentran dentro de la normalidad, no va a tener mejores erecciones ni una mayor fuerza aunque tome hormonas», señala Prieto, al que le preocupa que la testosterona «se esté administrando alegremente», debido a sus posibles efectos secundarios.

Lejos de ser la panacea que se presenta, explica, esta hormona debe manejarse con precaución ya que, por ejemplo, puede incrementar el riesgo de crecimiento de la próstata (hiperplasia benigna) y favorecer la progresión de un cáncer prostático preexistente y que aún no hubiera dado la cara.

También se ha asociado su uso con un incremento del hematocrito (proporción de glóbulos rojos presentes en la sangre) y la tensión arterial, así como con problemas como los edemas o la aparición de signos de feminización corporal, entre otros.

«Además, la administración de testosterona también produce una infertilidadque no siempre es reversible, por lo que cualquier varón joven que fuera a recibir esta terapia debería conocer ese riesgo: si desea tener hijos, no se le debería indicar», apunta Juan Ignacio Martínez Salamanca, especialista en Urología y Salud Sexual del Hospital Universitario Puerta de Hierro-Majadahonda (Madrid).

«No puede ponerse a la ligera», coincide Enrique Lledó, responsable de la Unidad de Andrología y Cirugía Reconstructiva Uretro-Genital del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid, quien recuerda que en cualquier tratamiento con testosterona no sólo es necesario evaluar el historial clínico del paciente y las posibles contraindicaciones, sino también «hacer un estrecho seguimiento de su evolución», con análisis periódicos sobre sus niveles de colesterol, hematocrito y PSA, una prueba que se utiliza habitualmente para evaluar el estado de la próstata.

En Estados Unidos, donde el auge de la terapia con testosterona ha sido exponencial, la Agencia del Medicamento ha advertido en varias ocasiones sobre los riesgos del tratamiento. Así, en 2015, obligó a las farmacéuticas a incluir una alerta en su prospecto sobre un potencial incremento del riesgo de infarto e ictus en mayores de 65 años. Y hace apenas tres meses, tras la aprobación de un nuevo producto que se aplica en forma de gel, volvió a recordar que sólo está indicado en casos de hipogonadismo primario, «nunca para tratar a hombres con una disminución de la testosterona asociada a la edad».

La sociedad estadounidense de Endocrinología se ha pronunciado en el mismo sentido, aunque una revisión de la Agencia Europea del Medicamento concluyó que «no existe una evidencia consistente del incremento de problemas cardiovasculares asociados con la testosterona».

La administración de testosterona produce infertilidad. No debería administrarse a ningún varón que quiera tener hijos

J. I. Mtnez. Salamanca, urólogo

Martínez Salamanca apunta que la terapia con testosterona sí puede ser útil en hombres que, aunque no sufran problemas de hipogonadismo clásico, sí presenten un déficit objetivo de la hormona -«debido, por ejemplo a la obesidad»- acompañado de signos claros de trastorno, como disfunción sexual, regresión de las características masculinas o síntomas depresivos, entre otros. Pero en estos casos, añade, «no sirve con un simple análisis de sangre» -como proponen algunas clínicas- para saber cuáles son sus niveles de testosterona, sino que deben realizarse distintas mediciones en el tiempo, teniendo en cuenta diferentes parámetros, como la testosterona total y la testosterona libre. «Un valor aislado bajo no significa nada», señala.

Además, «siempre hay que hablar claramente con el paciente de los pros y contras y realizar un seguimiento estrecho».

La fotografía del mercado mundial de la testosterona muestra un auténtico boom. Según un estudio realizado por Global Industry Analysts, en 2012, estos productos movieron unos 2.000 millones de dólares, una cifra que se espera que aumente a los 3.800 millones en 2022. En nuestro país, el incremento también ha sido notable. Fuentes de la Dirección de Farmacia del Ministerio de Sanidad confirman que las recetas de productos con testosterona pasaron de 158.217 en 2009 a 365.872 en 2018; un incremento del 131%.

Para Enrique Gavilanes, lo que está ocurriendo con la testosterona «es un ejemplo paradigmático de disease mongering», el término que en la jerga médica se emplea para hablar de la medicalización interesada de procesos fisiológicos como el envejecimiento.

«La expansión del tratamiento arrancó tras la aprobación por la Agencia Estadounidense del Medicamento en 2000 de la primera testosterona en forma de gel», comenta. A partir de ahí, se produjo una intensa campaña de propaganda, que animaba directamente a los varones «a recuperar la masculinidad perdida». Y la mecha no tardó en prender «en una sociedad competitiva como la estadounidense», que recibió con los brazos abiertos «un nuevo tratamiento que decía poder revertir la decrepitud».

Sin embargo, añade, la hormona no es ese bálsamo milagroso que prometen. «Pese a estas cifras de ventas, la terapia con testosterona no ha demostrado ningún beneficio clínicamente significativo en estos pacientes, se ha asociado a importantes eventos adversos y se desconoce la seguridad a largo plazo del tratamiento».

Envejecer no sólo es cuestión de testosterona, pero, si te preocupan tus niveles de esta hormona, la buena noticia es que no hace falta recurrir a un fármaco para hacer que suban. La Fundación Española del Corazón te da la receta: duerme bien, reduce el estrés y haz ejercicio de alta intensidad media hora al día.

Las mujeres también recurren a la hormona

El auge de la testosterona también ha tenido su eco particular en el público femenino. Aunque en menor medida que los varones, las mujeres también han recurrido a la hormona para mejorar el deseo sexual, entre otros problemas.

Sin embargo, la práctica tampoco está exenta de riesgo. El tratamiento, señalan los expertos, puede generar complicaciones en mujeres con niveles bajos de estrógenos y no hay datos de la seguridad a largo plazo de estas terapias en mujeres posmenopáusicas con antecedentes de cáncer de mama o útero, así como en aquellas que han padecido problemas hepáticos y cardiacos. A día de hoy, los productos que están en el mercado no están aprobados para su uso en mujeres.

Esta nota originalmente se publicó en El Mundo

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