A seis años de que se proyectara la nueva sede, aún no hay fecha para iniciar las obras, y el INAH ha solicitado una tercera etapa de excavación

CIUDAD DE MÉXICO.- Detenida y sin recursos. El inicio de la construcción de la nueva sede de la Academia Mexicana de la Lengua (AML), en Francisco Sosa 440, Coyoacán, se percibe cada vez más lejano. Tras liberar al predio hace una semana de los sellos de clausura impuestos por la alcaldía, “debido a una confusión”, el equipo que dirige el organismo descarta que los trabajos arranquen este año.

Después de seis años de tramitar y conseguir más de una veintena de permisos, la AML aún no ha obtenido la Manifestación de Construcción.

Y ahora necesita luz verde del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), debido a que en 2017 se descubrieron en el terreno los vestigios de un Tecpan o palacio de gobernanza que data del 1300 de nuestra era.

Este hallazgo, que para la asociación académica significa retrasar la edificación de su sede definitiva, ha resultado una buena noticia para la arqueología.

Tras dos temporadas de exploración, detalla el arqueólogo Juan Cervantes Rosado, se han encontrado 15 cuartos distribuidos en toda la zona, dos grandes plataformas –algunas con su piso de estuco–, un pórtico con tres bases de columnas y unas 15 mil bolsas de material arqueológico (figurillas, cerámica y tepalcates). Por lo que recomienda una tercera etapa de investigación.

«Ha sido una novela kafkiana”, afirma el escritor Gonzalo Celorio, quien dirige la Academia desde hace cuatro meses. “Han solicitado muchos requisitos. Han sido engorrosos, difíciles. Y con el hallazgo del yacimiento prehispánico todo se complicó. La verdad es que no tengo más que interrogantes al respecto. Ojalá que este proyecto, en el que ya se invirtieron tantos esfuerzos y recursos, pueda prosperar”, comenta en entrevista.

«Pero si he de ser sincero”, agrega el ensayista y editor, “en las negociaciones con la Secretaría de Educación Pública (SEP) para que nos asigne el presupuesto he tratado de separar el asunto del gasto corriente de la Academia de la inversión que se necesitaría para construir la nueva sede, porque no quisiera que este monto lastrara el primero. Aunque tenemos una respuesta sensible, aún no hay nada seguro. Esperamos que el panorama sea venturoso”.

Antonio Crestani, el nuevo gerente de la Academia, coincide en que, en este proyecto, les toca dar continuidad a la labor “monumental y fundamental” que realizó la administración anterior.

«No podría aventurar una fecha para la colocación de la primera piedra, pues falta la Manifestación de Construcción. Estamos en una etapa de negociación con la SEP para ver los apoyos que podemos recibir”, dijo.

La historia comenzó el 23 de octubre de 2012, cuando el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (actual Secretaría de Cultura federal) donó a la AML el predio de 11 mil metros cuadrados, cuyo propietario original fue el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo (1859-1946), tras adquirirlo en 100 millones de pesos.

Jaime Labastida, el director anterior, logró el cambio de uso del suelo, que los vecinos estuvieran de acuerdo con el proyecto, que la UNAM estudiara y clasificara los 510 árboles de 40 especies que se encuentran en el terreno, unificar los cuatro predios que integraban el conjunto a nombre de la Academia y realizar la sucesión testamentaria a través de tres generaciones de la familia heredera, Aguilar Zínser, entre otros requisitos.

El INAH comenzó las labores de salvamento y rescate en mayo de 2017. La primera temporada terminó en febrero de 2018, más una adenda de tres meses; y la segunda intervención arrancó en octubre del año pasado y finalizó el 8 de abril del presente. Estos trabajos le han costado a la AML un millón 200 mil pesos.

Y, para colmo de males, detalla Crestani, a finales de abril la alcaldía de Coyoacán colocó unos sellos de clausura que, tras la aclaración pertinente, fueron retirados hace una semana. “El supervisor pensó que estábamos trabajando en la obra sin el permiso adecuado, cuando en realidad eran las labores de salvamento del INAH. Fue una confusión que ya se aclaró con otra inspección”.

Obras detenidas

En un recorrido realizado por Excélsior el viernes pasado por el predio de Francisco Sosa 440, se observó que continúan marcados con retícula los mil 800 metros cuadrados en los que el INAH realiza labores de rescate. Se ha excavado alrededor de un metro 20 centímetros de profundidad.

«La segunda temporada duró seis meses. Profundizamos en distintas etapas constructivas, pues nos habíamos quedado en las capas superficiales para analizar los componentes más antiguos. El 90% del área mencionada es construcción prehispánica”, narra en entrevista Juan Cervantes, de la Dirección de Salvamento Arqueológico.

Detalla que, a la fecha, han encontrado 15 cuartos de lo que fue el palacio de gobernanza, entre los que destaca uno de 30 metros cuadrados que tiene un pórtico y tres bases de columna. “No hemos hallado enterramientos humanos ni existe evidencia de uso doméstico, como fogones o basureros; es decir, se confirma el carácter cívico del lugar”.

El arqueólogo destaca el descubrimiento, al lado del Tecpan, de un área habitada, con una serie de rellenos que datan del año 600 de nuestra era, es decir, más antigua que el palacio. “Se tiene que continuar la exploración, pues hay partes que no hemos intervenido”.

Dice que llevan un avance del 60 por ciento y que mínimo se necesitaría una tercera temporada de cuatro meses.

Celorio y Crestani admiten que es importante que continúen los estudios en el predio.

«Esperamos a que el INAH nos entregue un dictamen y un plan de trabajo. Se necesita renovar un convenio, pero para eso hacen falta recursos. Todo dependerá del apoyo del gobierno federal. Soy consciente de la austeridad que rige los destinos de este país, pero espero que nos apoyen a cumplir con nuestra función pública. La lengua es el patrimonio intangible más importante de una nación”, concluye Gonzalo Celorio.

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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