CIUDAD DE MÉXICO.- En una frase se resume el destino del cubano Carlos Acosta: “si no fuera por mi padre, no sé dónde hubiera acabado”. El gran bailarín —considerado en su día el mejor del mundo—, encontró el sentido de su existencia a través de un periplo de dificultades donde su peor enemigo era él mismo.

Carlos –Yuli— quería hacer cualquier cosa: jugar futbol, hacer breakdance, andar de vago. Todo menos dedicarse a bailar, aun menos en un barrio donde hacerlo era convertirse en blanco de insultos, porque a pesar del innegable desarrollo cultural que existe en Cuba, los niños a veces son crueles y acusan de “maricón” a aquellos varones que se ponen mallas y se dedican al ballet.

El film español de Icíar Bollaín fue estrenado en diciembre de 2018 en España, con la actuación del propio Acosta que estuvo nominado como Mejor Actor en los Premios Goya junto con Paul Laverty al Mejor Guion. Esas nominaciones se sumaron la de Mejor Sonido y Mejor Música Original. Otras más se dieron en los Premios Platino y  fue en el de San Sebastián donde Laverty se llevó la presea.

La  producción es espectacular e incluye la participación de Cuba, Alemania y Reino Unido. Por lo mismo, y al no estar en el circuito comercial, su proyección en México suena como un imposible, aunque por su trama le abriría un poco la puerta del entendimiento a la sociedad convencional mexicana, que sigue pensando que las niñas deben de ir al ballet y los niños al karate.

El miedo atávico a que los niños “se vuelvan” homosexuales permea el pensamiento de madres y padres en todo el mundo y convertirse en un primer bailarín es una saga que grandes artistas de todo el mundo han tenido que emprender a costa del rechazo familiar y el sospechosismo social.

El caso de Acosta, director del Birmingham Royal Ballet, es aún más complejo, porque en la propia Cuba, al ser de raza negra, muchos de sus profesores y compañeros lo discriminaban y daban por un hecho que él no era apropiado para ciertos papeles en los que los bailarines suelen de tipo europeo o simplemente de raza aria.

Yuli es un melodrama predecible para aquellos que hemos seguido de cerca la carrera de Acosta. Pero a quienes lo desconocen quizá les resulte una película reveladora, en tanto que dibuja el drama de un padre que busca de forma desesperada salvar a su hijo, y viéndolo imitar a Michael Jackson decide llevarlo a la principal escuela de ballet de Cuba, donde el niño es aceptado por poseer facultades sobresalientes para el ballet.

Pero la historia de Acosta no es una suerte de Billy Elliot, no: es resultado del libro autobiográfico No way back (No hay vuelta atrás) que escribió para contar lo que implica ser el mejor bailarín del mundo, triunfar en todos los foros y, al mismo tiempo, vivir con la nostalgia del mar, la vida social y familiar que dejó en Cuba.

Para los que conocen la isla y han estado cerca del tema artístico, el trasfondo de la historia incluye pasear por Cubanacan, antiguo club de golf de Fulgencio Batista, cuyas instalaciones fueron espectaculares para el arte cubano en los 80 y posteriormente se abandonaron.

También se muestran aspectos del “periodo especial” por el que pasaron los cubanos durante el cual se vivía sin luz, sin agua y muchas veces sin comida. Y la crisis de los balseros, en la cual miles de cubanos se inventaron todo tipo de botes para tratar de salir de la isla para llegar a EU y en la que murieron muchos cubanos tratando de hacerse de un futuro mejor. Paradójicamente, Carlos

—Yuli—, siempre buscó regresar a su isla, sus amigos, sus fiestas, sus pachangas llenas de rumba, ron y son.

También aparece Ramona de Sáa, la famosísima maestra de ballet y directora de la principal escuela de ballet de Cuba. Jamás ha sido un secreto que el mayor orgullo de la heredera de las enseñanzas del padre del ballet Cuba, Fernando Alonso, es Carlos Acosta, a quien consiente y quiere como si fuese su hijo.

En el film es ella quien reconviene y exige al notable bailarín que asuma la responsabilidad de haber tenido la mejor educación posible y la posición que ha logrado obtener en el ballet mundial.

Yuli cuenta además con la participación de la compañía que Acosta preside en Cuba y a un grupo de niños que bailan enardecidamente como siempre lo ha hecho Acosta.

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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