Ciudad de México. El trato a las ‘‘dos mujeres más importantes en la vida de Amado Nervo” desmiente el aura de bondad del escritor, explica Hernán González, autor de Vida ¿nada me debes?, biografía novelada inédita.

El texto explora la existencia de Ana Cecilia Luisa Dailliez y su hija, Margarita Elisa, quienes cuentan algo de su ignorada vida, por el machismo que ha prevalecido siempre en torno a las mujeres de los escritores. Traté de sacar a la luz unas existencias dramáticas, interesantes, de muchos desafíos, imposición masculina y cómo sobrellevan a estos místicos, a estos hombres de cultura, refiere González en entrevista con La Jornada.

Sin embargo, el colaborador de este diario aclara que ‘‘no se está cuestionando la importancia literaria de Nervo: es un gran prosista, cronista y ensayista’’.

Los capítulos de la novela breve, con frases del poema ‘‘En paz”, ‘‘contradicen el espíritu nerviano de que si estoy bien con Dios, todo está bien con el mundo”.

El libro nació, revela el periodista, a partir de ‘‘una profunda curiosidad por quién fue la amada inmóvil, qué hizo y qué no, por qué lo hizo, y quién fue la hija de Ana Cecilia, que se refugió con el ahijado de Nervo”.

La fuente para la narración, que reúne un ‘‘porcentaje muy equilibrado entre ficción y datos duros”, son las nietas de Margarita Elisa, así como un diario de viaje de un nieto de Ana Cecilia y el acceso a la casa de Venecia 11, colonia Juárez, donde vivió con Amado Nervo en 1905, ddemás de investigar en otras bibliotecas.

Culpas pavorosas y arrepentimiento inútil

Hernán González recuerda que conoció a Margarita Elisa en 1966. ‘‘Tenía unos ojos azulísimos, muy bellos, que nunca miraban directamente a la persona. En 1976 volví a encontrarme con la familia Padilla Páez. Vi fotografías, filmaciones, colecciones de la obra completa de Nervo y tuve acceso a su estudio. Retomé el asunto y en 2004 comencé a tomar apuntes, a investigar”, relata.

Sostiene que Nervo conoció a Ana Cecilia en 1901, en París, y la trajo a vivir a México como su concubina por una década hasta que ella murió. Entonces se hizo cargo de la hija, Margarita, a quien intentó convertir en su compañera y fue rechazado. A estos vínculos se refiere en La amada inmóvil y El arquero divino.

En Vida ¿nada me debes?, añade González, reúne cuatro versiones del primer encuentro entre Nervo y ‘‘la amada inmóvil’’: de Ana Cecilia, de su hermana Helena, la del escritor nayarita y la de Rubén Darío.

El periodista menciona que luego de invitarla a México, Nervo ocultó a Ana Cecilia, con argumentos ‘‘fundamentados pero no justificados, de la grilla que se daba en el porfiriato en los periódicos y en las revistas culturales. ‘Yo tengo enemigos por todos lados y nomás falta que me vean que tengo de concubina a una joven francesa, madre de una hija…’ Eso contó Ana Cecilia a su hija, quien transmitió a sus nueras, su hijo mayor y algunas de las nietas”.

Nervo invisibilizó a Ana Cecilia por razones profesionales, laborales, literarias, diplomáticas y morales. A él le convenía, lo digo en la novela, fortalecer un retrato de místico, solitario, meditabundo y agobiado.

En esa obra, prosigue Hernán González, ‘‘no hay pretensiones literarias sino informativas. A la muerte de Ana Cecilia, Nervo sufre unas culpas pavorosas y un arrepentimiento inútil. Le juró que se iba a encargar de su hija Margarita Elisa, quien era menor de edad y había perdido a la abuela y la tía maternas con las que vivía en París.

‘‘Margarita Elisa ya no podrá escapar nunca del control nerviano. De Amado pasó a las hermanas solteras de Nervo y de ahí al sobrino y ahijado, Rafael Padilla Nervo, con el que se casó y tuvo cuatro hijos.’’

Según el autor, ‘‘Alfonso Reyes justificó la manera de amar de Nervo a Ana Cecilia. Alfonso Méndez Plancarte, sacerdote, habló con pinzas de un ingenuo amor de Nervo por su hija adoptiva. Ella vivió un acoso verbal, sistemático, que terminó perturbándola.

‘‘Margarita tenía la conciencia en el fondo de que Nervo la había separado de su madre a sus tres años. Por otro lado, en El arquero divino él la responsabiliza de sus tristezas y agobios, de sus soledades y martirios de la carne, porque ella no le hacía caso a sus 15 años.”

Nervo fue enviado a Sudamérica como diplomático en 1919. En Argentina, en los círculos intelectuales, halló a quien sería su último amor platónico: Carmen de la Serna, quien fue tía del Che Guevara. El autor murió en mayo de ese año.

 

Esta nota originalmente se publicó en La Jornada

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