Muestran en Madrid la mirada de Tetsuya Ishida

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Madrid. Era el artífice de las simas de la desesperación, hombre atrapado en un tiempo y en un espacio opresivo, asfixiante, con una honda melancolía que en lugar de paralizar o cimbrar invitaba a la reflexión, a la pregunta: Tetsuya Ishida.

Ese artista de culto en Asia, sobre todo en su natal Japón, donde en su breve y prolífica vida se convirtió en un pintor que desde una técnica alejada de los artificios tecnológicos –anacrónica, califican algunos– forjó mediante figuras híbridas de inspiración kafkiana una crítica implacable, fría y certera a la producción en cadena, a la educación en serie, a la economía de mercado que convierte a los individuos en figuras repetidas e iguales hasta el infinito. El Museo Reina Sofía expone por primera vez en Europa una gran retrospectiva del artista que murió con tan sólo 32 años, de los que dedicó 10 a la creación.

La figura de Ishida en Asia se ha convertido en símbolo de la destrucción del sistema. De la melancolía que deviene impotencia reflexiva de un artista que testificó con sus creaciones todo cuanto le rodeaba en sus años de creación estética.

Ishida nació en 1973 y con algo más de 20 años decidió dedicarse a la pintura.

Siempre con su lienzo, pincel y sus cuadernos en los que tomaba apuntes, hacía bocetos, escribía sus reflexiones o simplemente vomitaba su hastío. Murió en 2005, quizá suicidándose, algo que ni médicos ni familia jamás confirmaron.

Denuncia sin tapujos

El director del Museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, explicó que la primera vez que vio una obra de Ishida fue en la Bienal de Venecia de 2005, cuando descubrió Toyota Ipsum (1996), demoledor retrato de las condiciones laborales de los trabajadores de esta empresa cuyas extremidades se han convertido en automóviles y sus orejas en neumáticos, en clara alusión a personajes kafkianos. O de figuras híbridas o máquinas antropomorfas.

Borja-Villel ahondó más en la obra del artista y se empeñó en perfilar una buena iniciativa.

La muestra reúne 70 pinturas y dibujos creados entre 1996 y 2004, en los que se documentan sus principales inquietudes: la alienación de los individuos en una sociedad mercantilizada, presa de la industria del trabajo y de la dictadura de la tecnología; también la opresión de un sistema educativo que expulsa de las aulas a personas idénticas, cada vez más acríticas y dóciles para mantener engrasada la maquinaria del consumo y la dependencia. Es una denuncia sin tapujos de la deshumanización y testimonio excepcional del malestar de nuestra era.

Las obra de Ishida sólo se ha visto en Japón y algunas ciudades asiáticas, como Hong Kong; también se exhibió en la Bienal de Venecia y tuvo una pequeña exposición en San Francisco, California, hace un lustro. Una rareza, sobre todo porque con los años se ha convertido de manera paulatina en un ícono de la fragilidad, de la tristeza y de la resignación del individuo frente a la frialdad de un mundo mecanizado e implacable.

En las obras de Ishida todos los personajes son el mismo. El mismo rostro, la misma mirada, casi siempre triste, llorosa. Un personaje anónimo que encarna a todo el que se sabe sin futuro. Y lo hace mediante retratos creados con minuciosidad, con una obsesión por el detalle para construir figuras que se metamorfosean con insectos, máquinas, medios de comunicación, seres antropomorfos que dan vida a una de sus aseveraciones más nítidas. ‘‘La dominación de las tecnologías y la subordinación sin límites a una nueva e inescapable forma de esclavitud que no distingue entre trabajo y consumo”, según explicó la curadora de la exposición, Teresa Velázquez.

La exposición Tetsuya Ishida: autorretrato de otro se abre hoy al público en el Palacio Velázquez de Madrid y concluirá el 8 de septiembre; después se verá en Chicago, en un nuevo centro cultural diseñado por el arquitecto Tadao Ando.

Esta nota originalmente se publicó en La Jornada

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