A cinco años de la muerte del escritor tijuanense, aparece un libro que reúne 37 de sus textos más personales

CIUDAD DE MÉXICO.- A Federico Campbell (1941-2014) le gustaba recorrer las calles de la colonia Condesa y admirar los árboles de jacaranda que teñían de morado los parques. Leía los periódicos todas las mañanas con tijeras en mano, para recortar las noticias que le sorprendían y así nutrir su archivo, que consideraba “vital”. Era de los hombres que visitaba con frecuencia al sastre, al zapatero y al relojero, “pues tenía la cultura del componer, nada era desechable”.

Los recuerdos que guarda Vicente Alfonso (1977) del escritor y periodista, con quien convivió de manera cercana los últimos años de su vida, lo guiaron para confeccionar la antología “más personal” del tijuanense, a quien considera su maestro y amigo.

“Le fascinaba preguntar por cosas aparentemente intrascendentes. Siempre me sorprendió su capacidad de ir más allá de lo superficial, de conservar esa mirada del niño que desarma los juguetes para ver cómo funcionan. Así era él”, comenta Alfonso en entrevista con Excélsior.

Como “ligeros e íntimos” define el antologador los temas de los 37 artículos que reúne el nuevo libro del narrador tijuanense, quien dedicó 40 años a desentrañar las difíciles relaciones entre el crimen y el poder desde sus columnas Máscara Negra y La hora del lobo.

Dados a conocer originalmente como colaboraciones periodísticas, los textos breves de La hora del lobo —la antología retoma el nombre de la columna— integran “una auténtica constelación de asombros”, dice el también escritor y periodista que visitó al autor de Pretexta la tarde de cada viernes durante siete años.

Detalla que el título será publicado por El Equilibrista y la Universidad Autónoma de Nuevo León, en el marco del quinto aniversario luctuoso del novelista, que se conmemora este año.

A pesar de ser pionero en México en abordar conceptos como mafia y crimen organizado, agrega Alfonso, existía un Campbell “que sabía apreciar la vida y la amistad, que hurgaba en la cotidianidad, en las minucias, hasta encontrar buenas historias, y que tenía esperanza”.

Los nuevos lectores podrán redescubrir temas en apariencia tan dispares como el arte de insultar en público, la técnica para contar ganado en el desierto sonorense o el papel que jugó la literatura mexicana en la detención del gobernante iraquí Saddam Hussein, explica.

Desfilan nombres como Manuel Vázquez Montalbán, Sergio Pitol y Juan Marsé. “Quien lea estas páginas se enterará de cómo el primer libro de Campbell —publicado en Barcelona durante la dictadura franquista— sufrió los efectos de la censura, de cómo el autor trabó amistad con Juan Gelman una madrugada de 1994 en los campamentos zapatistas en Chiapas y de cómo el hallazgo de un recorte de periódico en una banqueta convirtió al tijuanense en discípulo y amigo de Juan José Arreola. Una apasionante bitácora y una muestra viva de cómo en el ejercicio del periodismo puede forjarse la mejor literatura”, apunta Alfonso en la cuarta de forros.

El coahuilense cuenta que este volumen fue concebido tras una conversación con Carmen Gaitán Rojo, viuda del autor de Traspeninsular. “Nos dimos cuenta de que ya se había publicado todo lo que tiene que ver con el crimen, el poder, con el padre, la memoria o la conformación de la identidad; faltaba el Campbell más personal.

“Así que me eché un clavado para seleccionar artículos de esa naturaleza y los ordené con la idea de recrear el efecto que procuraba el maestro cuando hablaba de su diario en público”, añade.

IDA Y VUELTA

Campbell estructuraba sus libros como un tejido, tratando de hacer una conversación de ida y vuelta. “Retoma del lector ciertas reflexiones que luego vuelven en el libro y traté de hacer algo parecido”, indica Alfonso.

Por eso, señala, la antología empieza con La búsqueda del interlocutor. “Creía que la gente de los pueblos en Chihuahua, Coahuila o Baja California te leía con otra disposición. Que la vida en la capital era demasiado frenética y hay tantas voces que uno está obligado a decir cosas absolutamente relevantes.

“Pero lo que se escribe para varios diarios de los estados le gustaba más, por su sencillez. Era una especie de nostalgia por su tierra. Decía que escribir una columna es lanzar una botella al mar y no sabes quién la leerá y en qué momento continuará esa conversación. Decía que hacer periodismo es trazar rayas en el agua”, asegura.

La hora del lobo cierra con el texto No le puede caer uno mal a todo el mundo. “Estaba convencido de que siempre habrá un despistado que lo quiera. Se trata de un Campbell muy en el tono que usaba con sus amigos”.

El autor de las novelas Huesos de San Lorenzo y Partitura para mujer muertaespecifica que los artículos no tienen un orden cronológico, sino temático. “Aún hay mucho qué descubrir en el archivo de Campbell. Guardaba papelitos y recortes, y tenía grandes filas de libros asociados por varias razones. Su biblioteca era un reflejo fiel de sus ideas”.

Apunta que está pendiente revisar las misivas de Campbell a varios escritores. “Federico, su hijo, me mostró unas cartas que el maestro le envió toda la vida. Le escribió mucho y es apasionante la correspondencia que sostuvieron estos dos periodistas. Falta publicar esto”.

 

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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