Fedro Carlos Guillén une su pasión por la literatura, la historia y la ciencia en su nueva novela que hoy publica su nueva entrega

TREINTAYOCHO.- Ana permaneció dos semanas en el hospital, el daño físico no era de consideración, pero la chica se encontraba muy mal anímicamente. Cuando la rescataron se mantuvo en un estado de mutismo total. La psicóloga particular que la atendió, le explicó a Gabriela que era una respuesta normal a un caso tan extremo.

No habló los tres primeros días, el diagnóstico médico descartaba algo grave, las pruebas de enfermedades de transmisión sexual resultaron negativas y solo tenía una pérdida de peso algo ligera. Sin embargo, la psicóloga estaba preocupada por el estado mental de la víctima. Las reacciones a la violación son siempre diversas y variables y el protocolo de atención suponía hablar con claridad de lo ocurrido, Ana simplemente no respondía. Martina y Alonso la acompañaban todas las tardes, le contaban historias o leían un libro para reanimarla, pero nada, aparentemente la pesadilla vivida la había bloqueado por completo, la mirada vacía estaba perdida en el techo del cuarto hospitalario. El cuarto día, exactamente a las once la enfermera entró a la habitación a revisar el suero. Ana la miró fijamente y dijo:

–¿Dónde estoy? Tengo hambre.

Le llevaron alimento y dieron aviso de inmediato a su madre, quien descansaba en casa. Junto con la psicóloga llegaron al hospital. Gabriela le explicó que su hija no sabía dónde estaba y la especialista descartó un período amnésico:

–La amnesia en casos de violación se presenta básicamente en niños abusados durante el período infantil que en algunos casos, al llegar a la edad adulta, recuerdan el ataque. Dudo mucho que sea el caso de Ana, aunque es razonable que se encuentre desconcertada. Hay muchas consecuencias de una violación sistemática, como el desarrollo de conductas adictivas o autodestructivas, sentimientos de culpa y un desprecio a la imagen propia. Trataremos de atajar todo esto. Mi recomendación es que entres, hables con ella, la abraces y le expliques que vivió algo muy fuerte, por lo que me pediste ayuda, dile por favor que quiero hablar con ella, ¿te parece?

Gabriela asintió y entró a la habitación, cuando le dieron la noticia de que su hija estaba viva no podía creerlo, sin embargo, al enterarse del infierno por el que había atravesado, Ana se derrumbó por completo, una sensación de culpa la invadió sin darle tregua. Sería difícil superarlo. Miró a su hija en el lecho y sonrió con dulzura, la abrazó largamente y le dijo:

–Hola Anunziatta, me dijeron que tenías hambre, es una señal excelente.

–Fue Adolfo –la respuesta de la chica era algo que no esperaba, entonces le explicó que lo sabían, la forma en que Martina y sus amigos la rescataron, así como el suicidio de su atacante. Le dijo también que todos la querían ver y que había pedido ayuda psicológica.

–Odio a los psicólogos, no quiero verla.

Gabriela le acarició el pelo, la comprendía de alguna manera.

–Dale una oportunidad, es lo que te pido, si crees que no te puede ayudar buscaremos otra forma, pero es importante, Ana.

La chica concedió un poco.

–Primero quiero ver a mis amigos.

–¿Y luego a la psicóloga?

–Luego a la psicóloga.

Gabriela sonrió y salió a la sala de espera, le explicó a la especialista la reacción de Ana y ésta la entendió perfectamente, le pareció buena idea que entraran sus amigos a saludarla y fueron por Martina y Alonso que estaban comiendo un bocadillo en la cafetería. Cuando entraron, una sonrisa apagada se reflejó en el rostro de Ana.

–Mi heroína –le dijo a Martina mientras le daba un abrazo– ya me contaron que estuviste chidísima.

Martina estaba muy feliz de ver a su amiga.

–Los héroes son Alonso y los dos Toños, yo sólo tuve suerte de ver tu pulsera en la oficina de ése cabrón. ¿Cómo te sientes?

–Enojada, muy enojada, no entiendo por qué me pasó esto a mí.

Alonso intervino:

–Aparentemente aprovechó el hecho de que le contaras del pleito con tu mamá y ahí encontró una oportunidad, no sabes qué feo se murió.

–Me alegro, pinche enfermo.

Martina pensó que era mejor cambiar de tema.

–¿Qué quieres hacer ahora que salgas? ¿No quieres irte a Cocoyoc?

Ana negó con la cabeza:

–No, Martina, gracias. Quiero irme de viaje con mi mamá y tratar de olvidar un poco esta puta pesadilla, creo que me jodió la vida. Ya hasta psicóloga me consiguieron.

–Seguramente te puede ayudar –replicó Martina.

–No sé, lo que quiero es irme de aquí.

Gruesas lágrimas se derramaron por sus mejillas mientras sus amigos la tomaban de las manos.

TREINTA Y NUEVE

Transcurrieron un par de semanas y la normalidad se restableció paulatinamente. Muchas cosas habían ocurrido. Ana fue rescatada de la casa de Adolfo, estaba muy afectada y pasó varios días en el hospital con un intenso proceso de ayuda psicológica. Gabriela decidió llevarla de viaje por algunos meses, cuando se despidió de Pedro Pablo se notaba muy cansada y triste. Llevaba una colección de películas para Martina, se las entregó con un estrechísimo abrazo y ya en la puerta le dijo a San Juan:

–Quizás algún día esto funcione. Gracias, Pedro Pablo.

Y se fue.

El reporte indicaba que Adolfo había mordido una pastilla de cianuro, muy similar a la que el banquero Michael Marin tomó en pleno tribunal en Phoenix, Arizona, cuando enfrentaba un juicio por fraude. Los efectos eran casi inmediatos e invariablemente mortales. Se halló una libreta con evidencia de que era un violador y asesino serial que había operado durante varios años. Ana era la primera alumna que formaba parte de sus víctimas y la conclusión es que ella, al hablar con él de sus problemas familiares, ofreció una coartada que no dudó en aprovechar.

La noticia adquirió un carácter público; las discusiones acerca de la responsabilidad de una escuela al seleccionar a su personal crecieron de intensidad y el colegio de Martina se vio obligado a cerrar. Pedro Pablo se llevó a su hija a su casa de Morelos para alejarla de la nube de reporteros, que consideraba imbéciles y ávidos por una nota.

Preparó el desayuno y lo llevó a la terraza, donde Martina leía Vida y destino.

–¿Está bueno el libro? –preguntó mientras le apretaba una mejilla cariñosamente y servía los huevos y el jugo.

–Buenísimo, es la historia del sitio de Stalingrado y se narra casa por casa con historias personales, es como si estuvieras allí. Alonso me lo regaló y me contó que su autor murió en 1964 y el libro fue publicado hasta los ochenta en occidente, gracias a una red clandestina que lo sacó de Rusia.

–¿Cómo te sientes?

–Bastante mejor y con muchas ganas de entrar a la UNAM. ¿Tú cómo estás, Pá?

–Han sido tiempos muy convulsos Martina, la verdad un poco afectado, pero respirando porque todo se resolvió. Creo que fuiste muy irresponsable, pero Ana les debe la vida y eso es admirable.

–Sí, creo que, sí, ojalá se recupere, estaba súper mal. –Martina se acarició el estómago.

–No te he preguntado acerca de tu decisión si no hubiera pasado todo esto.

Martina lo miró a los ojos mientras tomaba un trago de jugo.

–Había decidido abortar, pensé que todo hubiera salido mal en caso de tenerlo. No era justo para él o ella tener una madre adolescente con muy poco futuro y de alguna manera creo que no era justo para mí pagar un error de esa manera, mucho menos para ti, ¿qué opinas?

Su padre dio un sorbo a su taza de café.

–Creo que tienes razón, el aborto siempre es una tragedia, pero también una alternativa que impide que muchas vidas se lastimen irremediablemente. Sabes que te hubiera apoyado, pero me alivia que te hayas tomado el tiempo para pensarlo y discutirlo con la apertura que lo hiciste..

–Aprendí la lección y además me dijo la doctora que todavía te puedo dar un nieto, pero no te preocupes, todo en su momento, ¿qué con Gabriela?

–Quizá algo prospere en el futuro, pero creo que por lo que hemos pasado ambos habrá que dejar correr un buen rato. Por lo pronto estamos tú y yo.

–Y el tío Luisito –recriminó Martina.

–También el tío Luisito. ¿No lo notas un poco raro?

–Sí, hace días

El sol se deslizaba generando un reflejo muy intenso en la pequeña alberca de la casa familiar.

Capítulo 1. 

(Capítulos 2, 3 y 4)

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior
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