El protagonista de la nueva novela del escritor nacido en Alejandría debe pagar un delito menor leyendo a domicilio y en voz alta

CIUDAD DE MÉXICO.- Eduardo es un lector distraído que paga un delito menor con un año de servicio comunitario que lo obliga a leer en voz alta y a domicilio en siete hogares distintos. Esto le permite librar el tedio de limpiar escusados en un hospital o en algún reclusorio, donde poco a poco descubre los alcances y la pasión por la lectura en voz alta, por la fuerza de la poesía y el uso de la lectura como poder curativo o como forma de acompañamiento en una Cuernavaca de nuestro tiempo, azotada por el crimen organizado. Así lo plantea Fabio Morábito (Alejandría, 1955) en El lector a domicilio, su más reciente novela.

«Imagino que frente a un lector en voz alta se forman distintos tipos de escuchas, como ese coronel que se duerme porque no le interesa nada, sino que utiliza esa lectura en voz alta como una especie de somnífero; o una familia fracturada por la sordera, una sordera fingida en algunos y obligada en otros; o el caso de una hermosa mujer madura, que no busca el acompañamiento desde la lectura”, comenta a Excélsior al también autor de Madres y perros y Delante de un prado una vaca.

¿Usted conoce algún lector a domicilio?, se le pregunta al también poeta y ensayista. “Nunca he conocido un lector a domicilio. No sé si existe algo así en realidad, aunque me pareció una posibilidad factible. Pero el momento en que el personaje me pareció interesante y digno de profundizar fue cuando descubrí la posibilidad de que podía ser un lector distraído, un lector que, pese a su hermosa voz, su buena lectura y buena dicción… no se involucra con lo que lee”.

¿Pero eso lo notan sus lectores? “Eso lo notan y se lo reprochan como si su deber no sólo fuera leer, sino hacerlo con pasión. Y eso, que podría ser una crítica bastante insignificante, termina por cuestionarle toda su vida”.

Esta historia, confiesa, nació como un cuento que se fue extendiendo, pues se dio cuenta de que “un lector a domicilio tenía muchas posibilidades de evolución, porque podía visitar distintas casas y conocer distintas personas”.

¿Por qué este lector es dueño de una mueblería y debe pagar la protección de la delincuencia organizada? “El personaje fue evolucionando porque, cuando escribe, no sabe lo que va a ocurrir; yo no lo sabía. Pero me pareció necesario que este hombre no estuviera desvinculado (de la realidad cotidiana); se debía mantener de algún modo.

«También está el hecho de que la novela transcurre en Cuernavaca, que pasó de ser una población semidiílica a una ciudad llena de problemas y de violencia. Eso me permitió situar al hombre dentro de un contexto criminal moderado, en la medida en que él no se enfrenta al crimen, sino que se suma a los tantos comerciantes estafados y obligados a pagar a la delincuencia, mientras no sabe qué será de su existencia, sintiéndose un poco mantenido, pues vive en casa de su padre, no tiene amigos y, en ese difícil momento, sólo puede confiar lo que piensa a las meseras de Sanborns”.

¿Qué opina de la lectura en voz alta? “Se ha mantenido pese a la preponderancia de la escritura en la vida diaria; hay muchas lecturas de poesía, no de prosa. Y a pesar de que estamos acostumbrados a leer poesía por escrito, pareciera que necesitamos escuchar la poesía, pues, igual que el cuento, se trata de un género oral. Y pese a la preferencia por la escritura, aún necesitamos la presencia del timbre que nos acerque a ese origen oral de la poesía”.

SÁBANAS DE ARENA

A lo largo de esas lecturas que selecciona Eduardo, quien también es dueño de una mueblería y corre un inminente peligro ante la delincuencia organizada, desfilan autores como Dostoievski, Julio Verne, Dino Buzzati, Agatha Christie, Daphne Du Maurier e Isabel Fraire.

Al respecto, Morábito afirma que ninguno de esos autores significa alguna guía sobre su biblioteca personal, sino que forma parte de un paisaje de lecturas que hace verosímil la historia.

«Hay un libro que siempre me gustó mucho, Mi prima Rachel, de Daphne Du Maurier, porque se conecta con la propia trama e introduce un elemento perturbador en la relación de Eduardo con la cantante de ópera”. Lo mismo sucede con Fraire, que releía mientras escribía El lector a domicilio, donde aparece ese poema de la piel: “Tu piel, como sábanas de arena y sábanas de agua en remolino/ tu piel, que tiene brillos de mandolina turbia/ tu piel, a donde llega mi piel como a su casa/ y enciende una lámpara callada/ tu piel, que alimenta mis ojos/ y me pone mi nombre como un vestido nuevo/ tu piel que es un espejo en donde mi piel me reconoce/ y mi mano perdida viene desde mi infancia y llega hasta /el momento presente y me saluda/ tu piel, en donde al fin/ yo estoy conmigo”.

¿Qué tanto cambia el rumbo del libro mientras escribe? “Cuando uno escribe está a merced de una serie de estímulos y accidentes que nos apartan la idea de que una novela está meditada con mucha antelación, a partir de ocurrencias y incidentes puntuales que llevan la historia hacia un camino u otro”.

¿Diría que la existencia de una librería de viejo en Cuernavaca es otro accidente en la novela? “Yo me di cuenta que no quería nombrar la ciudad por su nombre, sino por su sobrenombre, es decir, por ‘la ciudad de la eterna primavera’, para incrementar la carga irónica. Luego he descubierto que hay muchas ciudades que son llamadas ‘de la eterna primavera’”.

 

Esta nota originalmente se publicó en Excélsior

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