Celestina Zudaire no sabía lo que era un gimnasio hasta que llegó al hospital en julio aquejada de una neumonía. Entonces un chico muy majo, dice, la sentó, “me hizo apoyar los pies enfrente, en un sitio, y respirar, a tirar todo lo que pudiera”.

La centenaria navarra, campesina durante muchos años, ilustra el consenso científico sobre el medicamento perfecto para mantener la calidad de vida hasta la muerte: el ejercicio. Lo que tiene de especial es que ella hizo las primeras sentadillas de su vida, con el oxígeno puesto, levantándose y sentándose de una silla, en el Complejo Hospitalario de Navarra, en Pamplona. La mujer ha participado en un estudio publicado en JAMA Internal Medicine en noviembre. Enfermos hospitalizados por infecciones o cuadros agudos similares, como ella, todos muy mayores (con una media de 87 años) hicieron ejercicios de fuerza y equilibrio durante cinco días. No solo no perdieron funcionalidad, sino que ganaron en fortaleza y en capacidad mental.

Tanto estos hallazgos como experiencias similares son de vital importancia en una sociedad en plena explosión demográfica senescente. En el estudio, de tres años de duración participaron 370 pacientes, mujeres la mayoría (209), que ingresaron en el hospital durante ocho días de media. La mitad de los enfermos estuvieron en la cama y sentados algún rato. Lo habitual. Los integrantes del otro grupo, entre ellos Celestina, pese a la enfermedad que tuviesen, realizaron ejercicio de baja intensidad por la mañana y por la tarde durante 20 minutos. Sentadillas, rutinas de equilibrio, caminar y prensa de piernas, especialmente valiosa para fortalecer la zona del cuerpo que sostiene la marcha.

Los encamados salieron peor de lo que entraron en términos de funcionalidad. Uno de los investigadores, el catedrático de Fisiología de la Universidad Pública de Navarra Mikel Izquierdo, explica: “Eso es devastador. Suelen salir con una nueva discapacidad”. “Pierden el 10% de la masa muscular cada tres días”, observa Leocadio Rodríguez Mañas, jefe de Geriatría del hospital de Getafe de Madrid y también firmante del estudio, “entran andando y se van en silla de ruedas”.

Los que visitaron el gimnasio mejoraron significativamente en dos índices que miden por un lado el equilibrio, velocidad de marcha y fuerza de las piernas y por otro en capacidad para ser independientes en las actividades de la vida diaria. El estudio halló mejoras cognitivas. y de calidad de vida. “Cinco días bastaron para paliar la pérdida muscular y evitar la discapacidad. Salieron en mejor forma. Eso es lo novedoso”, dice el geriatra.

Se trató de ir más allá de la práctica recomendada de deambular por el pasillo o incorporarse. “Tensionar el músculo para que, con ese estímulo, crezca. En los mayores es el mejor regalo”, sostiene Izquierdo.

Caerse, romperse la cadera… Miedos y realidades de los ancianos. Alrededor del 30% han sufrido una caída en el último año. Con consecuencias a veces incapacitantes o mortales. Muchos son lo que los expertos llaman mayores frágiles, “todavía autónomos pero en situación de prediscapacidad”, explica Rodríguez Mañas. La causa fundamental es la pérdida de músculo.

Varios estudios han hallado mejoras notables en la marcha, la fuerza, el equilibrio y la reducción de caídas en mayores. Una investigación de Rodríguez Mañas e Izquierdo halló progresos relevantes en nonagenarios tras someterles a una rutina compleja (desde pesas hasta ejercicios de equilibrio o aeróbicos) durante 12 semanas. Mientras los que realizaban tablas de movilidad convencionales perdían capacidad funcional y muscular, quienes sudaban más la camiseta (sesiones de 40 minutos, 20 de ellos de ejercicios de fuerza, dos veces a la semana) mejoraron en todos los indicadores, incluyendo la génesis de músculo (medida por TAC), y por tanto su fuerza.

Rutinas así se adoptan en centros sanitarios. “En cuanto se pueden levantar, les llevamos a Isla Mágica, es decir, al gimnasio”, dice el geriatra en formación Mario Salas, del hospital Clínico de Madrid, “es crucial para todo, incluido el deterioro cognitivo”. Incluso se consigue retirar medicación. “Duermen mejor, así pueden dejar las benzodiacepinas”.

Otro punto importante es la adecuación a cada uno. “Hay que prescribir ejercicio siendo muy concretos. Decirle a alguien, muévase, sería el equivalente a recetarle pastillas, así en genérico. El paciente preguntaría: ¿cuáles? ¿qué dosis?”, observa Rodríguez Mañas. “Igual que se revisan las medicaciones, hay que hacer seguimiento”.

“Acabo de hacer los ejercicios”, cuenta Celestina desde su casa, en una población cercana a Pamplona. Hasta julio, cuando enfermó, vivió sola y salía todos los días. “No se ha recuperado totalmente, pero va al banco y a misa los domingos”, dice su nieta Edurne. “Estiro las piernas estando sentada y apoyo los brazos en la mesa, me levanto y me agacho”, continúa la mujer.

¿Y cómo se siente después? “Me parece que estoy más airosa”. Al teléfono, su risa suena así.

Autónomos hasta 5 minutos antes de morir

El proyecto Vivifrail, coordinado por el catedrático de Fisiología Mikel Izquierdo, y en el que han participado cinco países europeos, ha diseñado herramientas de libre acceso, incluida una app, para clasificar la forma física de los mayores de 70 años y entrenarles en consonancia a su estado (incluidos los que no se pueden levantar de una silla) combinando ejercicios aeróbicos, de fuerza, equilibrio y flexibilidad de la forma más individualizada posible. Así se evita y revierte la prediscapacidad de los ancianos frágiles, como Celestina. Con Vivifrail, que se ha utilizado en el estudio, se está formando a médicos y cuidadores. El objetivo es que vivan con autonomía, “hasta cinco minutos antes de morirse”, concluye el geriatra Leocadio Rodríguez Mañas.

 

Esta nota originalmente se publicó en El País

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